Dos escritores ante la Quinta perdida (I)
En 1938, cuando Lydia Cabrera, después de varios años de residencia parisina, retorna a La Habana, es ya la autora de los Cuentos negros de Cuba (Gallimard, París, 1936), inicialmente escritos para distraer los últimos días de la escritora venezolana Teresa de la Parra, quien agonizaba de tisis en Suiza. Traía con ella el ansia, que ya no volvería a extinguirse, de continuar sus investigaciones sobre el folclor negro en la Isla.
Un encuentro, por esos años, será decisivo en su existencia: María Teresa de Rojas. Vástago de una antigua familia habanera, mujer culta, emprendedora, resuelta, amante de las artes y apasionada de los estudios históricos, a ella se debe la primera restauración del Palacio Pedroso y de la iglesia de Santa María del Rosario, conocida como la «catedral de los campos». Titina, como la llamaban sus íntimos, decide restaurar una antigua propiedad de su familia, la Quinta San José, en las proximidades del barrio de Pogolotti, en Marianao. Se devuelve el esplendor a la vieja casona colonial, se la amuebla con piezas buscadas por todo el país. El ambiente es el de un museo, pero lleno de vida y abierto al mundo.
En el portal de sabor neoclásico de la casa se recibía lo mismo a un célebre babalawo que a Wifredo Lam. Los humildes informantes para los trabajos de Lydia, provenientes de las más sencillas casas marianenses, coincidían a veces con el marchand Pierre Loeb o con la millonaria mecenas Josefina Tarafa. «San José» llegó a convertirse en una leyenda dentro de ciertos círculos de la intelectualidad cubana. Allí Lydia pudo conformar buena parte de su obra mayor: El Monte (1954), Refranes de negros viejos (1955), Anagó… (1957), La sociedad secreta Abakuá (1958).
En 1960, Lydia y Titina decidieron salir del país. Residieron hasta su muerte en Estados Unidos, con un brevísimo intervalo en España. La Quinta, de manera inexplicable, fue vaciada de sus riquezas y prácticamente desapareció. Se convirtió definitivamente en un mito.
Dos textos, publicados con pocos años de diferencia, uno debido al poeta José Lezama Lima, y el otro, a la filósofa María Zambrano, ayudaron a perpetuar la memoria de aquel sitio, a la vez que este les sirvió de pretexto para reflexionar sobre el estilo cubano y el sentido vital de configurar una casa. Ambos son hitos en el discurrir intelectual sobre lo cubano, contemplado no desde los grandes hechos históricos, sino desde la vertiente, mucho más secreta, de la intimidad de la vida doméstica.
El texto de Lezama apareció en su sección «La Habana», del Diario de la Marina, a inicios de 1950, y luego entró, con el número 80, en la sección «Sucesiva o las coordenadas habaneras», en su libro Tratados en La Habana (1958).
Tener una casa es tener un estilo para combatir al tiempo. Combatir al tiempo sólo se logra si a un esencial sentido de la tradición se une la creación que todavía mantiene su espiral, que no ha dejado aún de transcurrir. El que tiene una casa tiene que ser bienquisto, pues la casa produce siempre la alegría de que es la casa de todos.
El inicio del artículo, más allá de su tono sentencioso, tiene un sabor de añoranza. En primer término, de la recepción que el poeta debió tener en aquel espacio, pero más allá, de una noción de pérdida personal. Recuérdese que Lezama nació en un campamento militar y que, hasta la muerte de su padre en 1919, la familia tuvo que peregrinar por los diferentes lugares a donde este era destinado; después, residió por una década en la casa de su abuela Celia Rosado, en Prado 9, que es la residencia de José Cemí en Paradiso, sitio decisivo en la formación de la personalidad del escritor. A la muerte de la abuela, en medio de una angustiosa división de los magros bienes, tuvieron que mudarse a una pequeña casa en Trocadero 162, angosta y húmeda, donde el escritor vivió el resto de su existencia. Es llamativo que uno de los autores cubanos que más enfatizó en el papel del hogar en la configuración de la personalidad y que mejor recogió en su obra el sentido de la unidad familiar frente a la dispersión y el caos del tiempo y los vendavales históricos, nunca pudiera tener casa a su medida.
A diferencia de la mayoría de las personas con recursos económicos por aquellos años, Lydia y Titina no quisieron residir en un chalet de estilo californiano, ni en un impersonal penthouse, ni rodearse de muebles diseñados en Estados Unidos, con el confort como objetivo último. Su acción de fundar un hogar estuvo cimentado en sus propias empresas intelectuales: rescatar un inmueble del pasado colonial y devolverle su sabor criollo. Apropiarse de la historia y cultura del país, para vivir conforme a su auténtico estilo:
Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas, han hecho y tienen una casa, son y tienen un estilo, agitan, traspasan con una gran elegancia el peso de una gran tradición. Cada una de las piezas, cada uno de los objetos situados inapelablemente donde tenían que estar, son claridades que tocamos y guardamos en la marcha por hacernos de un estilo. En ese estilo, las jarras y los lienzos, las esquinas asombrosas y los centros retadores, las gallinas de loza escocesa y los pájaros pinareños diseñados por Gundlach, han vuelto a irradiar agitándose en la segunda naturaleza de un estilo que se les prestaba para que no perdiesen su pertenencia o su exquisitez.
El poeta, tan aficionado a visitar anticuarios para hallar objetos curiosos ―recuérdese el capítulo XI de Paradiso, los objetos que descubre José Cemí en la sala de su casa, donde además de una Minerva de marmolina, un caballito chino, un cofre de plata peruana, hay dos tabaqueras con grabados: La granja y La sopimpa habanera de 1848―, pero limitado siempre en sus ansias de coleccionista por la parquedad de recursos, celebra las búsquedas de las amigas por todo el país, para hallar justamente lo deseado en materia de mobiliario para la Quinta, que luego, como en el perdido hogar de Doña Augusta, vienen a ganar una configuración mágica gracias a su precisa unidad en el estilo:
Mientras Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas, recorrían una provincia para buscar un canelón, un pomo de botica, una pileta o una colección de mosaicos con escenas portuarias del siglo XVIII. Una adivinación antológica, una precisión inaudita, señalaban la aparición de cada uno de esos objetos, señalaban también la gracia con que ocuparían un lugar en la casa. Así ellas han alcanzado un prodigio y una precisión en el estilo que todos nosotros nos tocará habitar y descubrir. Ellas han hecho, respetadlas, lo que habrá que llamar siempre: La Casa.
