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Poesía de Monika González Ortega

Tropos, 24 de noviembre de 2010

La poesía de Monika González Ortega, a pesar de su juventud, posee una envidiable precisión: la mano que escribe sabe copiar los raros estados psíquicos de quien se encuentra examinando su vivencia con esperanza y nostalgia. Puede traducir, con dignidad, lo que los ojos de su estado de ánimo logran ver en su interior: tarea enormemente difícil para un poeta, que comprende lo complejo de la naturaleza humana y lo insuficiente de los lenguajes conocidos. Sabemos que sabe, porque podemos acompañarla, movernos con lo que ella escribe, conmovernos. Si un texto alcanza esta capacidad locomotriz, más allá de todos los pelos y señales de que hablan los retóricos y los lugartenientes de las múltiples tendencias poéticas, entonces es un buen texto, desde luego, y tiene, entre otros valores, el supremo valor de comunicar su mundo interior con acendrada autenticidad. Lea el lector con detenimiento sus versos, imagine lo que se le cuenta con honradez y complicidad, y se asombrará de que escritora tan joven alcance tan finos niveles de expresión.

ROBERTO MANZANO

MONIKA GONZÁLEZ ORTEGA (San Antonio de los Baños, 1987). Poetisa. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Guionista de la Emisora Provincial  Radio Ariguanabo. Miembro del Taller Literario Municipal César Vallejo. Integrante del equipo de redacción de la revista literaria Cuadernos del Tábano (España). Participó en la V Cruzada Literaria Camagüeyana (2008).


HABLAN LOS USHER

I

Casa:
Iniciación gris,
estrecho rincón
donde enterrar recuerdos.
Domadora del viento
acentúa el fracaso de la piedra
sobre el tejado roto del vecino.
Antiguo mantel
manchado por el té.
Constante culpa de los panes,
filo de tristeza,
pulidor de esta cuchara
con que te acabarás
el postre de la muerte.
Apoteosis…
Séptima vida del polvo.
Aprendida cicatriz
la casa:
un no de rejas que nos defiendan,
ámbito pleno de libertades.

II

Ventana abierta:
después de ti
no existe país lícito
para los sueños.
Transformas el dolor de las ciruelas
en octubre,
                       último capítulo naranja.
Enmaderado desplome,
admite como pretexto del paisaje
esta lejanía
que se lleva el malva de los tilos.
Llagas de atardecer,
cristales bautizados por el polvo:
ahora que saltamos la cornisa,
resístanse a creer en el olvido.

III

Mesa:
degustas pétalos en penumbra.
Alejado de las horas queda un jarrón
dispuesto al juego efímero del agua.
Derramas sobre el almíbar nuestra hambre,
grito heredado
en la asonante rima del mantel,
arbitrario horizonte de madera que nos deshila
entre calambre y verso;
para no ser troncos clavados con tedio
en el último minuto del comején
corremos iguales riesgos…
Habrá que sostenerlo todo.
Ocupar cada silla
por enjambres de sombras,
sintiendo latir el corazón
como estómago vacío.

IV

Guarda un as como pronombre del ultraje
bajo la manga de la primavera.
Resume el júbilo sin mediodía aparente
para dosificar errores y esperanzas.
Acumula veletas al costado del viento.
Echa abajo:
                       cerrojos,
                       espuelas,
                       armas que retrasen la humedad.
Transita, consciente del estruendo
la curva con que amenazan los derribos,
dispuesto a escuchar
qué ofrece el silencio.


LAS SOLEDADES DEL ÁRBOL

I

Los niños apedrean la tarde. De sus bolsillos nacen gritos que desbancan al silencio, mientras los últimos rayos de sol cuelgan ajenos en las pupilas de la hierba, hacen del crepúsculo zapatos en las venas del polvo. Como buenos enemigos, desabrochan sus banderas y las agitan contra el viento. No necesitan para subir al cielo ningún pedazo de roca ni las suelas que tantas veces tronchara la sombra; basta ensartar la cuerda del deseo de la rama más próxima. A la tropa poco importa haber escalado la gloria, pues el peldaño más alto se encontraba en la edad de la semilla.

II

Manos cargadas de intenciones maduran impulsos, trituran las vértebras de mis hojas, sordas  quejas del aire espantan tallos y zumbidos, fracturan los huesos de la amnesia para dejar en mí la imperfección de los recuerdos como nutridas raíces de angustia. Hurgan en las intimidades de los nidos, alimentándose de cantos y pájaros. Manos que ignoran la tersura de los pétalos, invaden con sus dedos la virginidad de las corolas y se alejan después, manchadas de amarillo, exactas a los gritos de sus dueños.

III

Señor:

Quise un novio sólo mío, para no llegarlo a amar dos veces, pero usted no me dio un as de frutos como vientre y así no puedo engendrar dulces, olores, ni resina que funda los abrazos en masivos delirios vegetales.

No lo culpo. Me sueño novia que ostenta un copioso ramo de musgo sobre finos encajes de agua, corteza multiplicada en velos hacia la tarde. Mustia, coronada de polvo, termino entre los azahares como trampa que el viento deshace.

IV

Llevan en la corteza un cruel desprendimiento con olor a disculpa de piedra en medio del estallido, sólo les lustran el cuerpo cuando se hayan deshechos, sin otros honores que la autopsia de la pulpa.

Con qué grito gemirán entonces, comandados por los saltos del camino. Cómo administrará Dios los pedazos de mis hijos en la tierra, las cáscaras de una familia, cómo es que se reparten… lejos ya de las ramas, a quién reclama la tarde sus nombres. A quién culpan los muchachos del detrimento en que han caído sus mordidas, selladas sobre la hierba. A quiénes transportan los sarcófagos de vidrio, que no pueden esperarse las hormigas a que yo les dedique este lamento.

V

Arriban las raíces a su primer puerto, sobre el ramaje de mis hombros se mece el péndulo de las sombras y el polvo  me declara confianza.

Los puentes muestran la escasez de barandas frente a las aguas vencidas, alzan los escombros su inquietud y el sauce deja un cómputo de ausencias en la fuga.

Viejo bache, te han tapado con culpables que libaron el polen de la noche cuando nadie merecía la sombra. Sólo quedan óleos de mujeres con sombreros y parques completos, restos de una voraz desmemoria que abona el sentido a los infames.

Cómo aguantar la mirada de la tierra al contemplar mis raíces obstruyendo los recados de la angustia; será que también he d empuñar las ruinas, rajar en dos la historia de tanto tejado noble, ignorar el fruto que se oxida de cal bajo mis hojas.

Entonces no habrá sitio donde amarse, ni cines que proyecten exhaustas primaveras, ni estaciones sublimes que detengan la impiedad con que parten los trenes, llegado el tiempo de temerle a mi ciudad, adónde iré, intacto del regreso.

VI

Cuando vengan los hombres de manos afiladas, qué enfermedad fingiré para que no se lleven en la cáscara del miedo esta memoria, para que no reconozcan mis entrañas entre cuerpos débiles. Cómo espantar la voracidad de las hachas, el derrumbe es un himno que corre por las venas.

Si no me seco, encenderán las ciudades con mi nombre, volarán mis ancestros en las cenizas del fruto, prófugo ya de las envejecidas manos del niño.

VII

Si vas a llorar, que sea cierto el ánimo tardío con que explotan los frutos, la timidez de la pulpa sobre la hierba y la añoranza hecha leñas del gusano.

Concéntrate en las lágrimas de todos, que detrás de cada pétalo se amen los sollozos y la rabia en las señales del canario no traiga más noticias que tu nombre.


CORNUCOPIA

Una mujer se desnuda,
el crepúsculo viste piel de senos;
geranio despierto
que hará triunfar la noche.

Mujer desnuda
a las puertas del mundo,
elogios y pescadores
tendrá su carne de anzuelo.

Tras la ventana,
reza un hombre:
Es el vino presagio, delirio,
fuga inminente, desconcierto,
zozobra.

Mujer masticada por sombras
lanza su imperio de nervios
a los tilos.

Toda culpa es de Penélope,
las hebras con que bordaba instintos
le descubren la tortura de ser otra.


BOJEO

I

Las islas
heridas abiertas en la garganta del mar
manchan el horizonte
alimentándose de hombres
que heredan soledad en los crepúsculos.

II

En cada orilla de las islas
hunden sus manos los hombres
como la gloria de la sal
duran sólo el instante
concebido por las olas.

III

Mudos los hombres miran
al cielo de sus islas
demasiado alto queda el sol
ninguna balanza podría precisar
las libras de amargura contenidas.

IV

Dentro de las islas
más vale ser amable con el musgo
porque el otoño no disminuye riesgos
y los hombres se preguntan
a qué distancia la tierra
condena sus palabras
divididas por sílabas de abismo.

V

Sobre las penas de sus hombres
las islas se fortalecen
obligándoles a soportar
el látigo impostergable
con que las consignas de las redes
castigan desde el fondo.

Demencia en azul.
Cuatro y diez de la mañana:
todos se van de mí:
quedándome yo en ellos.
Veo sus rostros
aglutinados en mi retina.
Gestos:
derrumbe sentimental,
córnea sin techo.
Recuerdos,
                        pasos,
paso y recuerdo:
cuatro y diez de la mañana.
Ícaros empacando
azul dentro de azules,
nombres que se hacen olas,
cuerpos navegándose,
mente acuática.
Inventario: remos, brazos, alas
a la una
a las dos
a las…
Cuatro y diez de la mañana:
autodesterrarse del miedo,
quedar a la intemperie.
Volverse,
                  tener raíces en lo vulnerable del cielo.

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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