Poetisas cubanas en la pupila crítica de un joven investigador
«La inteligencia humana tiene dos principios
fundamentales: la investigación y el análisis».
JOSÉ MARTÍ
El laureado crítico, escritor e investigador Osmán Avilés obtuvo el Premio Luis Rogelio Nogueras 2010, en el género ensayo artístico-literario, con el texto Los extraños monzones, en el que —según dictamen del jurado constituido al efecto— el autor realiza un «notable [análisis] de la poesía, que implica comprender mejor la obra y [las] disímiles [proposiciones] que […] conformarían una especie de canon literal de la poesía femenina en Cuba».1
En Los extraños monzones, el también editor de Cubaliteraria incursiona en la obra poética de Nieves Xenes, María Villar Buceta, Cleva Solís, Serafina Núñez y Georgina Herrera, entre otras figuras relevantes de las letras caribeñas, quienes, cada una en su época socio-histórica, son hoy poco atendidas por la crítica especializada.
Por otra parte, Avilés revisita la lírica que identifica a esas destacadas poetisas cubanas, caracterizadas —en lo esencial— por su exquisita sensibilidad, para facilitarle al lector la herramienta básica indispensable que le permita captar —en toda su dimensión y magnitud— cómo la poesía les brota del intelecto y el espíritu, cual agua pura y cristalina que corre por los ríos subterráneos del alma humana.
Ahora bien, en el ensayo laureado en la XXII edición del Premio Luis Rogelio Nogueras, Avilés no se circunscribe —en modo alguno— a los hallazgos de la pesquisa crítico-literaria de que fuera objeto la obra poética de las autoras estudiadas, sino que penetra en el mundo interior de Xenes, Villar Buceta, Núñez y Herrera, para descubrir —entre otras cosas— la fuente inagotable de ética, humanismo, luz divina y energía positiva que irradia hacia el universo el componente espiritual del inconsciente freudiano de esas damas del verso.
El autor de Pilares de un reino y compilador de Sonetos escogidos de Serafina Núñez estaba consciente de que escribir es parir un mundo con palabras, y por ende, debía atrapar —al vuelo de una mariposa— tanto el sistema poético —concepto lezamiano— de esas mujeres únicas e irrepetibles, como el «universo mágico» que las rodeara (o rodea).
Después, debía dejar nacer y crecer las ideas o frases interiores que tenía encerradas en la mente y en el alma. Juntarlas, y cuando las tuviera bien apretadas, en formación cerrada, convencerlas para que se dejaran ordenar (u ordeñar). Las invitaba a ponerse en fila, para comenzar —entonces— lo más difícil: las tenía que dibujar letra a letra para ir exprimiéndolas, y al mismo tiempo acariciándolas para no lastimarlas, en el molino del intelecto y el espíritu, donde lo cognitivo y lo afectivo —según el Apóstol— integran una unidad indivisible.
Con golpes precisos, iba sacándoles el sudor —y hasta las lágrimas— gota a gota. Cuando creyó que había juntado lo suficiente, tenía que destilar y dejar que se llenaran de calor y color. Por último, filtrar el resultado; y en consecuencia, lograr una obra de arte, que fue —finalmente— en lo que se convirtió el laureado ensayo Los extraños monzones, para confirmar con creces el autorizado criterio del poeta y crítico Michael Tabanou: «el libro de artista no es un libro de arte o un libro sobre el arte; es una obra de arte».
De acuerdo con esa línea de pensamiento, lo más importante para quien cultiva el martiano ejercicio del criterio no es la calidad de la valoración objetivo-subjetiva de una obra artístico-literaria o el estilo utilizado para comunicarse con el lector, sino la carga ética, humana y espiritual que el investigador lleva en el centro mismo de su yo crítico y cómo la proyecta en la página en blanco.
Osmán Avilés ha interiorizado e incorporado ese aserto —sin dificultad alguna— a su ejercicio profesional en los más disímiles campos del conocimiento humano, en los que se mueve como «pez en el agua».
1 Sautié Rodríguez, Madeleine: Nuevos laureados con el Premio Luis Rogelio Nogueras, www.uneac.org.cu (Noticias).
