Poesía de Félix Pita Rodríguez
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La poesía de Félix Pita Rodríguez es flexible y fina, como un junco o un látigo. Puede ser lúdica y bélica, esotérica y llana, hímnica o juglaresca. Su estro era dócil, y lo manejaba con proverbial maestría. Tal vez sus mejores sonidos y sentidos los alcanzó dentro de las venas de los enigmas del universo y el misterio de vivir. En Cuba fue una de las gradas más altas del primer aluvión surrealista, como Lezama lo fue del aluvión segundo, ya decantado y luminosamente subido a torre de Alejandría. La gracia de su poesía cantábile es indiscutible, y en el siglo XX cubano pocos escribieron cancioncillas tan llenas de cristal y zarcillo, a pesar de que fue un tramo histórico rico en el uso de las formas menudas de la lírica. El itinerario creador de Félix Pita Rodríguez es decurso muy matizado, que lo mismo se abre a lo público como se cierra en lo íntimo, o registra tanto las resonancias de la tribuna como los timbres más azules de la melancolía, o se torna pintor de algunas vidas espléndidas en medio del resplandor nocturno. Sus libros de versos son orbes, y los poemas entran y se colocan en sus libros como las ventanas de una casa construida por su propio dueño al gusto de su voluntad más libre: no responden a simetrías pronosticables, pero son aberturas que dibujan con exactitud ciertas extensiones deseables por el arquitecto. Los lectores de mentalidad pictórica moderna encuentran en sus imágenes grandes acicates, pues toda lectura de poesía es una holografía dirigida por el poeta, y enriquecida por el propio lector, que se instala en el mundo interior del que lee. Las verdaderas entrañas de su ofrenda lírica no se han medido aún lo suficiente por la crítica. Cuando se realice este afán examinador con delicada sabiduría se verá que la obra poética de Félix Pita Rodríguez es de una riqueza artística envidiable.
ROBERTO MANZANO
FÉLIX PITA RODRÍGUEZ (Bejucal, Habana, 18. 2. 1909-La Habana, 1990). Premio Nacional de Literatura 1985. Algunos de sus libros de poesía son: Romance de América la bien guardada, Talleres Tipográficos Mirador Literario, La Habana, 1943; Corcel de fuego, prólogo de Ángel Augier, F. Ayón, La Habana, 1948; Las crónicas. Poesía bajo consigna, prólogo de Heberto Padilla, Ediciones La Tertulia, La Habana, 1961; Las noches, La Tertulia, La Habana, 1964; Historia tan natural, Ediciones UNIÓN, La Habana, 1971; Elogio de Marco Polo, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1974. Recién celebramos su centenario. La Editorial Letras Cubanas ha reimpreso su cuaderno Las noches, con prólogo de Ángela de Melo.
DAGUERROTIPO
Daguerrotipo, en tu nostalgia extraña
de Manitú cansado de los cielos,
fetiches perezosos, las arañas
por su tela de pluma hacia los hielos.
Anárquico cristal, la última puerta,
sobre un agua sin luz vende la entrada.
¿Es con los senos de la niña muerta
que han hecho esa linterna niquelada?
Un perro de platino, centinela,
jinete de baraja equivocado,
con sus balas de pólvora y canela
mató a la hermana del dragón dorado.
Ferrocarril partiendo de mi espejo
ausente de naranjas y rieles,
en la boca fugaz de tu reflejo
los osos especulan con sus pieles.
Rompiendo la consigna del astrólogo,
más bellos que los astros, tus cabellos,
son la primera página del prólogo
al oasis que inventaron los camellos.
Y tras la puerta que apresura el paso
crustáceos de cristal y porcelana
pintan de verde la pared de un vaso
y juegan al billar con avellanas.
La sinagoga de los barcos mudos,
iluminada de melocotones,
ve pasar, orgullosos y desnudos,
la peregrinación de los salmones.
Daguerrotipo, en tu nostalgia extraña,
ya pasada la puerta sin segundo,
subiendo por las cuerdas de la araña
en automóvil se escapaba el mundo.
(1929)
FALSA ODA A SALGARI
¡Garza o alcor!
Tus senos, Yolanda
y los cuervos se hacen heráldicos en el altiplano.
Tremal Naik tenía seis mujeres y una tigresa.
Yáñez de Gomara sentía el tabaco como las castañas el invierno,
con vino de maldiciones ya hechas cristal entre los pelos del bigote.
Nunca se sabrá el destino de la llave que perdió a Barba Azul.
Una sola herida, y la sangre helada de Sandokan llenó tres veces
las botas de Siete Leguas.
¡Ah, tu naufragio!
Más tiernos que las algas complicadas,
entre reverencias cortesanas, mil doce reyes de Abisinia
perdieron la vida.
Quince años después,
aún la carne de los salmones sabía a pipas
y juegos de barajas,
como la carne de los corsarios.
Las cartas geográficas
tenían un signo de interrogación en Oceanía.
Inquietante, pero en realidad, ¡nada!
En todo aquel mar sólo había entonces un gran signo de interrogación,
hecho de pólipos, algas y erizos de colores.
El punto era una estrella marina
desmesuradamente grande,
de una especie hoy extinguida.
(La última podía verse hace mil años,
suspendida a los pies de un crucifijo,
en la habitación que Sandokan hizo construir
con carapachos de tortugas enanas
para Yolanda).
Pero Salgari estaba en el secreto,
como los conspiradores.
Y en las cartas marinas había espacios señalados
como quien quiere salir de apuros,
con signos de interrogación.
Nadie sabrá jamás el destino de la llave que perdió a Barba Azul.
Los senos de Yolanda comenzaron a gemir en el altiplano.
Garza o alcor, ¿qué importa?
Tremal en adelante tendrá también seis mujeres y una tigresa.
¡Lástima que para ello habrá que destruir, a golpes de arcabuz,
el más bello signo de interrogación!
La Malasia tiene color de fuego y sabe a almendras,
Borneo es blanco,
la música de sus albatros es anterior a las sirenas.
Java es una oración, y un puñal,
y un vuelo de papel picado en el viento.
Verde, rojo y negro.
¡Un corsario de cada color!
Para siempre,
sal de los mares dulces,
Yolanda clavada en el recuerdo
entre los senos de una niña nunca vista!
(1930)
BALADA DE LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
Inmóvil, en un sueño de recuerdos de rosas encerrada,
y en un silencio helado de abandono sumergiendo palabras,
palabras ya sin color, sin nada
en sus alcobas finas de música, palabras
para salvar esos barrancos de niebla donde instala
su corredor la angustia y ese mainel de acero,
la mano que no sabe ya sostener jacintos.
Así sobre su sueño sosteniéndose ingrávida.
Dibujándose muertes para salir y viajes entre altas,
dobles, singulares rutas por tan áspera música aromadas,
la bella durmiente del bosque.
Duerme. Es un sopor inválido para los sueños
su dormir. La ciñe un penetrante olor a flor y llama
acre en su antigüedad. Ya no espera al guerrero ni a su orden
de despertar.
Duerme sólo. Sombras de crisantemos la protegen.
La bella durmiente del bosque, extrañamente pálida.
Raíces extraviadas le acarician la frente. Circundándola
vuela una escuadrilla de grises mariposas mutiladas.
Son las ahuyentadoras de los últimos sueños.
La bella durmiente del bosque ya no espera.
Se fuga y no se mueve.
Duerme sólo.
Dejadla.
LA NOCHE DE WILLIAM BLAKE
En el cabo de Buena Esperanza, las frutas tienen inscripciones mágicas en las semillas. Esto sucede sin interrupción, desde la noche en que William Blake vio sin asombro cómo de cada uno de sus zapatos fatigados brotaba un ángel, con la misma indiferencia que una flor, en una casa oscura de una calle de Londres.
Grababa un párpado el dulce obrero y toda la habitación se iba llenando progresivamente del maduro olor a trigo que se desprendía de aquel ojo naciente. La mirada sobre el dibujo sembraba algo tan tierno como un charol de rosas.
«¡Oh párpados incomparables! Nadie más que la noche y vosotros puede asegurarme el predominio de los cielos. Donde tiende al sol un párpado sus enredaderas tan frágiles, comienza sus gestiones la dinastía de las siemprevivas. Cuando de roca fría sobre los ojos quietos, oyen crecer la hierba y extenderse las raíces, los oídos de los hombres calladamente escondidos en la tierra como bulbos de miedos».
Agraz de las visiones. Junto a su propia destrucción, Blake sueña la reconstrucción de una especie de gnomos tan ágiles como vilanos. Artus gime sobre un aire de linos incandescentes y no hay consuelo posible para él, que ha perdido el imperio de los desvanes. El párpado terminado se cierra sobre el dibujo y las manos de Blake se oscurecen.
«Levanta, Artus, tu frente donde se han cuadrado marcialmente los huesos del vino. Muerde sin temor los graves filamentos de la noche. Los ojos de mis niños grabados abren un compás interrogante, y yo no tengo para darles otra cosa que este cinturón de consuelo que la noche ajusta sobre mis lomos entristecidos. Han de salir palomas de mis flancos humildes, Artus, de cada dedo una interrogante como un lampo, de la raíz de cada cabello solitario una joven tan dulce como Cordelia».
En un pedazo de papel minúsculo, Blake va inventando la figura de un dios. Bajo la mesa que cruje por el peso de sus codos, sus pies olvidados sienten cómo entre ellos y los zapatos, algo que tiene de plumas y de magnesios, de hojas verdes y de aliento, va saliendo sin remedio. Blake se ha dormido, pero Artus ve con sus ojos que la gran soledad mantiene abiertos dos ángeles que se levantan sacudiendo las alas.
El día llegó inmediatamente después, pero desde entonces en el cabo de Buena Esperanza las frutas tienen inscripciones mágicas en las semillas.
LA NOCHE DE NEFERTITE
Remontando un agua de tinieblas, por los más olvidados espejos de bronce escoltada, ella, la mensajera de sí misma, la doliente de no puede ya recordar qué pena, vuelve.
Nada le dice, nada significa su resplandor antiguo, su ambigua y fatigada manera de regresar volando, de vencerse a sí misma, de negarse tal vez a traspasar la puerta que nadie guarda, salvo el náufrago olvidado por la muerte bajo palabra.
El rencor cenagoso de Amón Ra, se trasvasa desde el corazón vencido y acongojado de Akenatón hasta su víscera más profunda, aquella que tiene por única función la de acendrar el aceite esencial de la esperanza.
«La muerte cicatriza el odio de los hombres —musita amargamente, acodada en el barandal desolado del aire de la noche—. El odio de los hombres tiene un último paso, una nota final en su melodía. Pero Amón Ra es un dios y el odio de los dioses nace de la misma simiente que la desdichada flor del papiro negro, cuyos pétalos se reproducen de sí mismos, eternamente».
Boga desbrozando el silencio inaudito que nada tiene fuerza bastante para romper, el silencio que no puede ser imaginado del gran mar sin orillas que comienza más allá de la Última Thulé.
LA NOCHE DE GIAN BATISTA PIRANESI
«No hay valladar para mis ojos, no encuentro el dulce muro de cortezas y pieles. Heme aquí, alucinado pájaro de sombras, viendo el hueso y la entraña, la ceñida, oscura semilla bajo la mejilla lozana del muérdago. Desde el balcón los veo, peces de plomo bajo el agua macilenta de los canales. Desciendo siempre, y mis ojos me siguen cosechando el juego funesto, la raigambre mínima y multiforme. ¡Oh escala de Jacob, tú gozaste el privilegio alto de ascender, hollando columnas de aire, arbotantes de esplendorosa promesa! Yo no pido el carro de Elías, su fuego celeste para escapar al conjuro. Bajo siempre, me pierdo».
Bebe Piranesi su café de amargura y se adormece con la frente errabunda en pugna con la noche. El párpado vencido no detiene el fragor, no esconde la agonía. Baja siempre. Del rincón más oscuro sale Giotto, agitando las alas de un color tan efímero como el vuelo agorero de la postrera golondrina celeste. Y el capitel de cólchicos le esmalta, le ciega, le conduce al trasmundo sin dueños, debajo de la piel lacerada de Job, tan iracundo como la flor estéril de la arena.
«¿Por qué me has hundido bajo la armadura torturada este afán imposible?». La mariposa trémula de un muerto que ha perdido su camino en la noche, azota la mano ya sin sangre de Gian Batista Pira¬nesi. Los ojos se le escapan rodando y Venecia no es más que un fuego de largas lenguas negras más allá de la ventana alarmada. Es la hora afilada, la hora siniestra en que se abren como los dulces higos del infierno las tenebrosas oquedades.
«¡Oh mi primer peldaño, la inicial vaguedad!». Piranesi ya sabe que la yedra feroz, la enemiga sin dueños, está levantando la arquitectura implacable en sus entrañas.
Y desciende. Bajo su mano trémula, aún con la huella del muerto displicente en las uñas, va surgiendo el dibujo, como una blasfemia en el robusto dialecto de la muerte.
Dialoga Gian Batista y el árido guerrero de la melancolía se siente desplazado por las brumas. «¿Quién construirá conmigo la fortaleza para la humilde, la remota, la evasiva doncella?».
Alguien que está muriendo sin testigos al otro lado del mundo intenta responder en su agonía. Pero el alba abre ya la puerta de la primera casa de Venecia. Y en su taller glacial Piranesi contempla entre lágrimas, que asombran a Giotto por su perfección geométrica, el dibujo jamás concluido.
«¡Otra noche perdida —gime Piranesi—, otra noche!».
Y Giotto observa con ojos de piedad sobrecogida que en el cartón inconcluso la escalera infinita se ha detenido justamente a siete peldaños de la estrella más pura.