Miguel Hernández: Luz en la sombra
Conocí la poesía de Miguel Hernández (Orihuela, 1910-1942) a través de las extraordinarias musicalizaciones del cantautor catalán Joan Manuel Serrat. Creo que fue durante los primeros años de la década del 70 del siglo pasado y a través de un disco que Amaury Pérez, el trovador cubano, trajo a alguna de las casas donde solíamos reunirnos un grupo de amigos, admiradores de la canción inteligente.
Desde entonces, el poeta pastor se convirtió en uno de mis autores de cabecera. Quizás Antonio Machado (también objeto de inspiración para Serrat) se comunicaba mejor con mi manera de concebir la poesía por su sencilla limpieza y su utilización dosificada de metonimias y metáforas.
Pero es indudable que el autor de “Menos tu vientre” era capaz de provocarme una ternura de naturaleza muy particular, pese a la dureza de sus asuntos que, como supe después, se relacionaban con una vida trágica y difícil, entregada a la causa de los humildes y alimentada por la vocación ecléctica del autodidacto.
Ahora que se cumplen cien años de su nacimiento he sabido que Serrat ha vuelto sobre la poesía de Hernández y ha editado en marzo pasado un disco titulado Hijo de la luz y de la sombra, como el poema homónimo que aquel a quien Dámaso Alonso calificó como un «genial epígono de la generación del 27», dedicara a su primer hijo, Manuel Ramón, nacido en 1937 y muerto solo unos meses después.
Dice Serrat que, en ocasión de este aniversario, revisitó la poesía de Miguel Hernández, pero a medida que los viejos versos le devolvían nuevas emociones y las ideas se iban materializando en canciones, fue creciendo su entusiasmo hasta que finalmente, a la vista del material resultante, apostó definitivamente por este trabajo.
Y es que, en efecto, el autor español es como «un rayo que no cesa». Releyéndolo, uno no puede más que redescubrirlo en esa fusión neoclásica, postmodernista y hasta zúrrela, que no puede competir con la esencia auténtica del hombre sin artificios, más allá de su aparente pirotecnia.
Defiendo para la eternidad, algunos poemas tremebundos como la estremecedora "Elegía", dedicada a Ramón Sijé, aquel amigo que estuvo entre los primeros con los que compartió su afición por las letras cuando aun no había conocido a Vicente Aleixandre ni a Pablo Neruda, dos de los paradigmas de su obra posterior.
Igualmente salvo contra el tiempo los sonetos amorosos de El Rayo que no cesa, según se dice inspirados por la pintora Maruja Mello, su gran pasión antes de que conociera a su esposa Josefina Manresa.
No recuerdo ahora a qué libro pertenece ese otro poema grandioso, musicalizado en los setenta por Serrat: "Umbrío por la pena".
Y estas son solo evocaciones revividas con la memoria, porque seguramente hay un Miguel Hernández que no puede ser separado de los trágicos acontecimientos de aquella guerra civil de la que es el mejor y más entregado testimonio lírico.
Muerto a los treinta y un años en una sórdida prisión, con un libro destruido por la ignorancia fascista del que solo se salvaron dos ejemplares (me refiero a El hombre acecha, finalmente publicado en 1981), el Pastor de Orihuela merece todos los homenajes que se están celebrando por sus primeros cien años de vida.
Con sus «huesos hechos a las penas» y sus cavilaciones, él continua y continuará siempre entre nosotros. Tal vez entre «pena y pena sonriendo».
