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Dos escritores ante la Quinta perdida (II)

Roberto Méndez Martínez, 03 de diciembre de 2010

La «Sucesiva» (80) debe leerse en diálogo con otro artículo de Lezama: «El nombre de Lydia Cabrera», aparecido en el Diario de la Marina el 10 de marzo de 1956 e incluido también en Tratados en La Habana. Aunque el trabajo está motivado por la aparición del libro Refranes de negros viejos el año anterior, insiste en el tópico de la casa. Ahora el mundo referencial se ha ampliado y el ámbito de la Quinta no sólo paga tributo a la tradición criolla de la época colonial, sino que queda relacionado con el Iluminismo dieciochesco y labor del Barón de Humboldt. La residencia y las investigaciones que Cabrera realiza en la cultura afrocubana quedan totalizadas en un mundo cuya prosapia viene de la ars clasificatoria de la Ilustración:

El nombre de Lydia Cabrera está unido para mí a ciertas mágicas asociaciones del Iluminismo. A las comisiones de botánicos franceses clasificando en los jardines bogotanos. A los doce de la piedra cúbica, en los sellos del Cagliostro. A los egiptólogos del período napoleónico, estableciendo las variantes de la clave veintiuna del Tarot. Al barón de Humboldt, saboreando como filólogo y naturalista, la Diomedea glabrata, «flor de aquellas islas de corales, que sirven para fijar las arenas movibles enredándolas en sus raíces».

Esa ciencia debe manifestarse en el trato social a través de un ceremonial, la dama sabia recibe en su salón al erudito o artista viajero:

En aquella región donde el ceremonial se entrecruza con el misterio, desde el punto de vista de la morfología de las culturas, tiene la misma importancia, la reopción de Horace Walpole en casa de madame du Deffand, que la hecha en la «Villa San José» para recibir a don José de Calazán Herrera, el Moro, el gran babalawo abacuá.

Estas líneas son una secreta anticipación de las conferencias que al año siguiente conformarán el ciclo La expresión americana. Lezama se vale ya del «método mítico» para romper con el exclusivismo eurocéntrico para definir los grandes momentos de la cultura: si para ilustrar la plenitud del Siglo de las Luces y aun el anuncio del romanticismo temprano es útil ese encuentro del escritor inglés Horace Walpole con la célebre epistológrafa francesa Madame du Deffand, una importancia equivalente tiene para Cuba que Lydia Cabrera reciba en su casa a una figura prominente de los cultos de origen africano y que lo haga con el ánimo de investigar y aprender, rompiendo cualquier barrera racial o tensión cultural.

Este trabajo viene precisamente a demostrar que aquella Quinta no es simplemente una ficción o un decorado escogido por el esnobismo de sus habitantes, sino que es, primero que todo, una actitud ante la cultura: se escoge lo esencial y lleno de belleza en materia de muebles y obras de arte, pero a ello se une una actitud espiritual de apertura, muy ecuménica, a todo lo que resulta vital en la cultura insular. La Quinta no es un coto cerrado en las proximidades de la barriada obrera de Pogolotti, sino un sitio imantado que atrae todo lo que es sustancial sin diferenciar lo culto de lo popular.

El propio Lezama, que habitualmente ha permanecido anclado en esa región de la cultura cubana derivada de la tradición hispano-cristiana, recibe la fascinación del ancestro africano, algo que deja huellas, no abundantes pero sí imprescindibles, en su escritura, como la apología de la «sabiduría del taita» recogida en su ensayo «Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (siglos XVIII y XIX)», escrito una década después y recogido en La cantidad hechizada.

En el resto del trabajo el escritor repasa con morosidad y delectación algunos de los refranes del libro que comenta, para descubrir en ellos una sabiduría excepcional que liga lo mismo con los aforismos de William Blake que con Las leyes del Manú. Está en pleno fervor comparativo:

Un proverbio de La Rochefocauld es como un sello que aclara el gran siglo. El refrán por el contrario parece unir las bocas de los que lo entonan. «El que ve su defecto lo sabe disimular». ¿Es esa sentencia de un moralista del período de Luis XIV, de un mandarín letrado de la era de las recopilaciones, o un circunspecto recado de Goethe? Es tan solo una prudencia crítica de nuestro refranero negro. Incorporado a la cultura americana por la mágica y ceremoniosa curiosidad de Lydia Cabrera. Apegada a la tradición de los etnógrafos que afirman en las tribus americanas la obtención del fuego, no por dureza de pedernal, sino por la colaboración acompasada de la cola del zorro, las luciérnagas y la astilla del cedro.

El pasaje contiene en sí el núcleo de muchos momentos de La expresión americana: los paralelos entre eras que permiten aproximar sin angustias a La Rochefocauld y Goethe con los taitas y la leyenda americana del origen del fuego son el anuncio de «Mitos y cansancio clásico», así como el repaso de los refranes anticipa aquella página de «Nacimiento de la expresión criolla» donde se nos habla del «poeta malo de buen dejo», asociado a la juglaría popular, que deja su impronta en los estribillos que los negros cantaban en la festividad del Día de Reyes, en los pregones o en los lemas escritos en los carritos que expenden su mercancía por las calles. Sin decírnoslo, intuimos que la Quinta «San José» le dio una pista sensible para la imagen de ese «señor barroco» que describe tan profusamente en «La curiosidad barroca».

El 21 de mayo de 1952, María Zambrano publica en la revista Bohemia el artículo «El estilo en Cuba: la quinta de “San José”». No era la primera vez que dedicaba un texto a Lydia Cabrera. Dos años atrás había publicado, en el número 25 de Orígenes, el comentario «Lydia Cabrera, poeta de la metamorfosis», motivada por la publicación, en 1948, de ¿Por qué? Cuentos negros de Cuba, en la Colección del Chicherekú, fundada por la propia autora junto a Titina y que volvería a ver la luz en el París de 1954, traducido por Francis de Miomandre.

Tuvo que ir muy lejos porque ha tenido que adentrarse en su infancia. La raza de la piel oscura es la nodriza verdadera de la blanca, de todos los blancos en sentido legendario. Lo ha sido de hecho desde la esclavitud y verdadera libertad del liberto de esta Isla de Cuba donde las gentes de más clara estirpe fueron criados por la vieja aya de piel reluciente, cuyos dichos, relatos y canciones mecieron, despertando y adurmiendo a un tiempo, su infancia. Y así la venturosa «edad de oro» de la vida de cada uno se confunde en la misma lejanía con «el tiempo aquel» de la fábula ¡felices los que tuvieron pedagogía fabulosa!

Las relaciones entre la filósofa andaluza y la etnóloga cubana parecen haberse estrechado en el período 1949-1953, último en que la Zambrano reside en La Habana, aunque se conocieran desde antes, pero debieron superar algunos malentendidos y desconfianzas. La amistad de María con Josefina Tarafa despertó los celos de las residentes en «San José», quienes decidieron gastar una broma a la filósofa: escribieron a cuatro manos unos textos firmados con el heterónimo Ínclita de Mamporro, en los que cuestionaban algunas de las opiniones Zambrano, y ésta llegó a creer en la supuesta filósofa desconocida, cuya presencia se le esquivaba continuamente. Tanto el texto de Orígenes como el de Bohemia, así como algunas fotos en las que la discípula de Ortega aparece plácidamente retratada en exteriores de la Quinta, dan fe de que hacia 1950 existía ya plena armonía entre ellas.

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