«Trenino» de Flor Loynaz
Un poema que merece el apelativo de singular, y aun el de excelso, es el «Trenino» de Flor Loynaz (1908-1985). La poesía cubana no está exenta de interesantes poemas dirigidos a los animales domésticos, lo que puede hallarse en poetas como José Z. Tallet y varios otros. Se diría que esta vertiente al zoo (El gran zoo, de Nicolás Guillén) resulta una tradición poética.
«Trenino» está en esa línea, pero es un pequeño gran poema, un poema antológico. Va dedicado a un perro largo, tan largo que a Flor le pareció una suerte de tren, y de allí el nombre. Está escrito con una profunda ternura que no termina en kitsch, que no se convierte en melodrama. El amor humano se trasmuta y la persona amorosa incluso desea la identidad canina, al observar la bondad y fidelidad de su amigo el perro. La poeta da un giro ante la supuesta superioridad humana, intelectual, creativa, y siente que la bondad, humildad, sencillez, la correspondencia con la naturaleza, son virtudes mucho más elevadas que el privilegio de la palabra, o del poder. Sinceridad y nobleza contra voz y mando, son los románticos presupuestos de Flor Loynaz, franciscana y noble, capaz de usar la palabra para extraerle ese brillo comunicativo.
Cree en la inocencia, cree en un mundo equitativo, donde cuerpo y alma estén en armonía, sin ambiciones, sin el desesperante deseo diferenciador de la individualidad egoísta. «Trenino» trasmite una sutil — y no tan sutil— utopía, un deseo de sencillez vital y de renuncia a las galas sociales. Flor era por entonces una mujer de veintisiete o veintiocho años de edad, procedente de una clase intermedia entre la burguesía y la nobleza cubanas, sin fábricas o mercados o medios de explotación del trabajo ajeno, sin títulos de «sangre azul», venía, sin embargo, de un tipo de aristocracia insular con raíces en el Camagüey ganadero, y con firmes vínculos pro independentistas del siglo XIX. Su propia vida explica el poema: mujer que gustaba romper con los moldes establecidos para su sexo: una de las primeras conductoras de autos en Cuba, fumaba grandes puros en público, entraba a bares privativos para los hombres, estableció una vida alejada de todo roce con «el gran mundo», disolvió con rapidez su único matrimonio pero se quedó viviendo en una gran casa bastante aislada del fragor citadino, conspiró contra la dictadura de Gerardo Machado, dicen que era «respondona», insubordinada, poco dada a aceptar disciplinas férreas…
El poema, sin embargo, conserva un cristianismo de fe sencilla, si bien franciscana, pleno de usos de recursos bíblicos (la burra de Balaam, Adán y el pecado original, el Infierno y el Cielo, la propia presencia de Dios como mención directa en uno de sus versos). Su conclusión no discute el supuesto Plan Divino, pero ante los positivos valores éticos que advierte en su perro, expresa que Dios no sabría dónde situarlo en el Universo. Este sentido trascendentalista cierra el poema, pero también lo deja vibrando. El texto no concluye en el último verso, sino en la reflexión, en el impacto que debe producir en el lector, o en quien lo escuche, en el receptor conmovido.
El poema está fechado en 1936, de modo que fue escrito en años de convulsiones sociales en Cuba, de pugnas que derivarán en guerra civil en España y luego advendría la Segunda Guerra Mundial. En tal contexto, «Trenino» deja de ser un sencillo poema íntimo, de bella aspiración terciaria, para convertirse asimismo en un documento social, de fuerte mirada angustiada al mundo en torno, donde existe la palabra, la voz humana, pero también incomunicación, que convierte en «inútil» al don de la palabra. Con «Trenino» Flor Loynaz ofrece un aporte singular a la poesía cubana, porque el texto rebasa el elogio al animal doméstico amado, va más allá de lo que dice acerca de él, y deja resonancias en la lectura.
Por tratarse de un texto poco conocido, poco divulgado, me parece necesaria su reproducción bajo estas reflexiones:
Trenino
Trenino, hijo mío, mi perro:
quisiera tener tu corazón
tanto como quisiera tu cerebro;
un corazón humilde y un cerebro sencillo
que llevar dentro del cuerpo.
Y un cuerpo como el cuerpo tuyo: fuerte,
ágil, rudo a la vez ¡eso yo quiero!
Odio el hablar, que es privilegio triste,
prefiero tu ladrido: es más sincero
y más noble y más claro que la inútil palabra
con que hablo y con que pienso.
La burra de Balaam quedó asombrada
al hablar –y aunque fue sin entenderlo–
con la palabra le brotó una lágrima
que hocico abajo le rodó hasta el suelo.
Trenino, mi perro, mi hijo:
tú eres el mundo todo entero
puesto que eres inocente y fuerte
como el mundo en que creo.
Como el mundo que Adán no hubo manchado
con el pecado y con el sufrimiento.
Para tí –Dios lo sabe– son inútiles
el Infierno y el Cielo.
Por eso cuando mueras es posible
que te tome en sus manos un momento
y quede pensativo... ¡Sin saber
cuál es tu sitio en todo el Universo!
1936.
