Poesía de Irasema Cruz Bolaños
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La poesía de Irasema Cruz ocurre en una circunstancia que al referirse se transfigura, y en la que el sujeto no encuentra asideros, sino un deslizamiento proteico que revela la inutilidad de buscar una identidad estable. La complejidad psicológica de sus textos es de una coherencia tremenda, que muestra la organicidad de su mirada y la persistencia del método de trascripción de lo visto. De modo continuo el sujeto se averigua, y se ve obligado a relaciones con seres cercanos o lejanos, y con espacios que se facetan de modo líquido, pero no para deformar espejos, sino para moverse aceleradamente hacia algún punto a través de una pantalla ebria. Todo esto lo copia en palabras con suma fidelidad, y la palabra-dragón que es cada título funciona como vértice semántico del turbión febril que es la aventura de vivir. No hay contaminaciones discursivas: su método es omnipresente, y deja al lector dispuesto y predispuesto: la riqueza metafórica consiste entonces en burlar estas expectativas del lector, aunque se conserve el mecanismo de fondo. Cuando uno evoca la tradición mundial de la prosa poética, que tiende a ser descriptiva o narrativa —dentro de la atmósfera misteriosa y onírica, casi de auto sacramental, en que nació la prosa poética—, se asombra de que aquí se conserve lo descriptivo y lo narrativo, pero que secretamente reine lo dramático, lo escenográfico, lo espectacular, la oniria como una puesta en escena. Entre los últimos cultivadores de la poesía en prosa, los textos de Irasema Cruz ofrecen una indudable singularidad.
ROBERTO MANZANO
IRASEMA CRUZ BOLAÑOS (La Habana, 1971). Poeta, declamadora, actriz. Ha obtenido numerosos premios de poesía. Recibió el Diplomado Historia y práctica de la creación poética.
XIV. DAGUERROTIPO
Bostezo al lado de mis padres, sin risa. El espejo del líquido me habla de pesa-dumbres, de mi pecho en la monotonía del ruido. Las trenzas no me sirven de aliento y la humareda persigue mis brazos. Estoy paralizada entre las camisas de un animal ausente. Renuevo el sentido de la evasión, no soy poeta ni la antítesis del mundo. El agua se funde con el sudor del fuego; la calle tiene mi sombra, guardo en el pórtico de su cristal, me señala el camino hacia los puentes.
Ojalá llegue el día de mi coronación, sesenta y dos incrustaciones de metal en los recuerdos. Soy víctima, la casualidad repone sus antojos. Duele el cuadro y mi pa-dre. Me queda una ciudad, un amigo sin cabeza, el aullido del ángel recostado a la pared; no vale el asfalto ni que los perros reciten en mis vértebras la salvación mientras la nube se consagra al cuello de la modorra en el azul de los crepúsculos. El silencio juega con los baches de la ciudad; percibo que desvanecen los vitrales menos grises de Amelia.
Al norte del mundo yo soy un extraño que no sabe contentarla y no me atrevo a decir nada... Da gusto sorber sesenta y un vasitos de aguardiente: pero es muy dis-tinto escuchar los desahogos de un viejo impotente, del milenio que pretexta su equilibrio. Las llagas del viejo son mías, disfruto la equivocación de los antídotos. Mis padres no se ríen, el daguerrotipo se ha petrificado; los colores más visibles a la luz se divierten con morder las estrellas.
Huecos del pincel saltan de la mesa y el viejo con su vasito me invita a seguirlo desde una temprana aberración. Ciudades, amigos febriles y monolitos surten mi cabeza de algarabías; doy giros de acróbata a medida que los párpados barajan las apuestas.
Somos algo más terrible que el bostezo ungido de piedras, de números incon-gruentes por la ansiedad. Ojalá su piel no derrita los metales ni mi rostro. Hay luz en el pasillo, luz de hambre y gente en el puntal de la cornisa; digamos que soy una gentil dama de la prehistoria, de los dinosaurios más carnívoros, una alquimista que la humedad desgasta. En el transcurso de las horas silbo pedazos de palabras, del mar y los castigos que mi madre imponía. El negro del líquido es metal, su perspicacia se pierde en mis enojos. Mi carne está vaciada de peligros y de carne; no soy de las hormigas ni de mi madre ni de la orquesta que acompaña diariamente al reloj. Deambulo por la losa en abandono del pasillo, por los sillones cuarteados de lejanías.
El viejo impotente me invita a su trago, se queda inmóvil como si yo fuera una cantante de boleros, un escarabajo que aprende a morir sin el auxilio de la luz. Di-ríase que del ruido mi madre viste las cerezas, las marquesinas y se las roba para que su cuarto no esté tan solo, tan perseguido por las atmósferas. Tomo el aguar-diente; tras el dibujo del mantel un niño escucha la blasfemia del milenio, tiembla el vasito del viejo; no soy nadie ni el alfiler que suelta sus arrugas en la corteza de la sangre.
El aire juega a descorrer la historia, ellos me miran y el aviador pierde sus alas en los días posteriores a mi nacimiento. El viejo ha vuelto del frente, con su vasito de miedo mira a mi madre; yo le perdono los cantos, las nubes y el cemento. A quién escucha el metal, el niño juega y el silencio retorna del frente, ella me escon-de los ojos; se esconde de verle colgado al metal. El viejo impotente me observa perdido; conozco su mano, esquiva mi nuca, rígido consume la noche, el puente. No hay líquidos en el cuarto oscuro, el viejo se marcha y queda sin liras, almorzando una gota de sueño en el álbum de historias que los naipes desnudan.
XV. TRANVÍA
Ayer te vi los ojos, la marea y el asfalto. El dolor de la mañana me agota; los so-námbulos se han ido a maldecir su abulia; todo es una cárcel de oídos sin espera, perros que distraen al navegante y gemidos detrás del simulacro de amnistía. Es tan absoluta mi destreza con el polvo, mi angustia a lo irracional que las paredes de mi cuarto están febriles por el impacto de mi cuerpo contra el ave que picotea el cristal.
Ayer no te vi en la toalla recogido: reflejo del pensamiento en la saliva, tuve náu-seas, el verso de los naipes y me volviste un maniquí sesenta intentos que la inmor-talidad modula. Ayer, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en el que vinos de todas clases fluían sin cesar, ayer me conta-giaron de asfixia y los entendí a pesar de que la lluvia me escamoteó la esperanza. El sol impactaba en tu mejilla con su tentáculo fuera de mis sueños. La nube calien-ta tu camisa, tu locura y las ganas de aprehender tu cuello levitaron, como simios en las hogueras, hasta el ocaso de la memoria.
La coartada que aprendimos en el transcurso de la abulia descorre los sentidos, su lejano pensamiento me divide; veo las hojas atravesar siluetas en el goteo de la mañana, aprieto las rendijas y se rompen los oídos y la tierra es un mar extraña-mente cristalizado por el enojo.
Ayer el movimiento de las antenas contrajo nupcias; fuiste testigo, animal de de-secho que habita sin importarle el costo de su demencia.
Amanece el vuelo de las orquídeas, un pez alondra, que recela del frío y los anuncios, anula mi constancia. Amanece en las viguetas, en los pasillos, en mi cár-cel que atisba los recodos de tu carne. Ayer en la parada del tranvía simulé escapar con las líneas del cemento en relieve, bajo tierra a gran profundidad: allí buceaste el verbo, las angustias, mis ojos, la súbita bajada a los inicios. Ayer mi ventana se mojó de animal, de trotamundo, de carcelero.
Amanece el convite del silencio en el camastro, la pérdida del aliento y no estoy a la altura del instante que muerde los recuerdos; un día saltó, un día de fuego y raí-ces de sonidos en la quejumbre; iguales vestiduras me envolvieron la palabra, el discurso de bienvenida que tu rostro, el mío sin anáforas despertaron en las costi-llas de nuestros sudores. Mi sangre se embota en las ventanas de las rejas, te veo la saliva en la toalla, el cemento en los anillos; ayer vi la mancha de cal en tu diafrag-ma. Amanece a gran profundidad; el miedo de las cartas; de los que fingen y las sentencias fijaron mi destino. Hoy te veo en la ventana, en la ilusoria algarabía de mi ensoñación. Te pedí las paredes, el misterio, la proximidad con aliento sin pre-guntas y te cansaste o nunca estuvo la certeza de quemar las horas anteriores.
Ayer no cuenta en los adverbios, en las simulaciones ni en mí. El juramento y la noche fueron compatibles con la burla; el error está en el aire, en la felicidad no vi-sible, en el minuto que tu amante impuso a sus partidas. La ventana yace rojiza en el anuario de los soles imperfectos. Amaneció en mis ojos, a la distancia tu figura ha cuarteado mi espíritu; ayer nos vimos en la parada del tranvía, en los metales cruzados del pavimento y te dejé definitivo, incompleto podrirte las costillas.
XXII. DELFINES
Veo un muro y escucho una ciudad; y ahora veo una ciudad y escucho un muro; recuerdo la nube, el sucio escarabajo, mulatas, prisiones; gente podrida en cincuen-ta eclipses. Pienso que sí importa la muerte de un delfín, porque su aleteo es menos remoto en mi memoria que cuarenta y nueve crepúsculos.
La falacia se acuna en mis brazos. El trashumante, las cavernas, el polvo mienten al silencio más que el aplauso.
En esta ciudad mis ojos se venden a las putas; en esta ciudad morir engorda las prisiones, la mulata preña a los delfines. Siento que me gasta, que mi sombra se quiebra, que olvido. Vuelven las medusas a recobrar su vientre. Hay una ciudad inmóvil muriendo en las esquinas.
XXV. LLAVE
Susurra el portarretrato, un hilillo de sangre borra la pintura del marfil. Detrás del hombre va la calle y las antenas del reloj. El susto ignora los cuarenta y seis guija-rros de la noche. Me atrae el quejido de la lluvia, un guerrero me presta su boca, su manía de clausurar los ríos. Me persiguen los bares; mi dolor fluye como serpiente inmutable del hastío.
Cuando la sangre sacude mi corazón con espantosa audacia, pienso en la llave, cada cual en su prisión piensa en la llave a despecho del mundo. Me divierte la so-ledad de la tierra; soy una mujer sin llanto. El portarretrato me acompaña, le pago por inmolarse y no me escucha. El patio de enfrente una y otra vez acude a mi si-lencio, escribe que soy una línea congestionada por la mugre. Diariamente lavo mis ojos, sorprendo una herida en mi lengua, un disparo al precipicio.
Dios lanza botellas vacías, papeles de sándwiches, pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas y otros testimonios de su miedo. Cuarenta y cinco mármoles de es-carcha saludan al planeta; una mujer oscura esclaviza la tormenta del vidrio infes-tado de mutantes.
El portarretrato engorda violentamente, cose mis recuerdos. Estoy enferma de castillos y principios; mujer escasa de pinceles y bahías. El portarretrato es una sombra de tierra. Una mujer escasa de ojos se corta las uñas mirando la noche, busca la llave que duerme los tiempos; nunca soltaron las voces ni las figuras de mármol. Una mujer sin ojos rompe la calle; tiene las horas marcadas de susto.
XXVI. RUPTURAS
Nunca tendré de nuevo lo que la muerte me ofreció, lo que tan fácilmente aban-doné y que más tarde desearía hasta sufrir. La ruptura del cristal devora mi belleza; nadie me presta atención; el tálamo juega con chacra de la esfinge. Cuarenta y cua-tro píldoras de amnesia dibujan mi soledad. Si alguien me observara quebraría el equilibrio. Nunca hallaré aquellos labios que mi vientre aguarda; no hallaré tu cul-pa ni vestirán los pájaros poéticas semillas.
La pared deja su esqueleto al final del banquete. Tarda el aire como tardan las hogueras en partir los herrajes del insomnio. El miedo resucita la utopía del ángel, se jacta de poseer mi voz en las penumbras. Compré la felicidad al mercenario de la calle contigua; la máquina del tiempo huye por el tejado de mi casa; crecí en medio de un acorde inconcluso, de niños sin labios, de ruedas sin vientre; nunca hallaré lo que el miedo me ofreció: ruptura del cristal en la belleza. Morir no convence.
