Dos escritores ante la Quinta perdida (III)
El artículo «El estilo en Cuba: la quinta de “San José”» evidencia que María Zambrano conoce la “coordenada habanera” publicada dos años antes por Lezama, y aunque jamás lo cita de manera explícita, se hace claro que parte de sus ideas rectoras para comentarlas y amplificarlas desde su propio pensamiento.
Por otra parte, no hay que olvidar que si en Lezama hay la añoranza de una casa ideal nunca configurada, en Zambrano esto es llevado hasta el extremo trágico: la Guerra Civil y el exilio la reducen a la condición de perpetua desterrada, durante la mayor parte de su vida reside en México, en La Habana, en Roma, en Suiza, en departamentos alquilados, siempre con la noción de provisoriedad, sin instalarse, en lugares en los que nunca logra arraigar. De ahí que el mundo de «San José», creado por sus habitantes desde una larga tradición asumida y que parece que desafía al tiempo con un presente eterno, despierte su admiración.
El texto comienza, de forma expositiva, por intentar definir el papel del estilo en la existencia humana:
Difícil es definir el estilo, tan difícil como permanecer insensible ante su presencia; no discernirlo en las cosas que lo tienen, pues nada fascina tanto. Ciertas épocas de la Historia son perdurables por haberlo logrado en extremo, como ciertas mujeres famosas cuyo predominio en la vida social de su tiempo y su recuerdo imborrable no pueden ser debidos a la belleza natural sin más, sino a que fueron la encarnación de un estilo o le crearon. Ciertas ciudades, ciertos palacios y aun casas sin pretensiones; ciertos rostros y figuras y hasta plantas y flores. Pues el estilo resplandece a veces en una sonrisa, en una línea sutil, impalpable y hasta en un cierto «no sé qué».
Con sutileza, la escritora introduce otro motivo en el segundo párrafo, el de la captación de la imagen de una ciudad, tan distinta para sus habitantes, de lo que puede captar el visitante apresurado:
Toda obra humana persigue un estilo, aunque no logre, ni aún lo sepa. Todo aquel que construye, o traza una línea apetece perdurar si no en los siglos, en la mente de quien lo contemple. En el fondo, nadie quiere producir —cuando de obras visibles se trata— sino una imagen; una imagen perdurable. Cuando alguien pregunta: «Le gusta a Ud. la ciudad», La Habana, por ejemplo, está preguntando en realidad, si de su visión, múltiple y confusa —como es siempre la visión espontánea— le ha quedado una imagen clara, armoniosa y perdurable; si se la lleva en los ojos y aún más adentro; en la memoria y en el ensueño; si después de haberla visto, cree haberla soñado.
Y de esta alusión a otro de sus motivos recurrentes: el ensueño enlaza con la noción de edificar en una era que parece presidida por el signo de la destrucción. Al construir, hay que tener un estilo, y este nace del compromiso entre la necesidad práctica y la belleza. Por él, asegura ella, obtienen los países su verdadera «carta de independencia», aunque Cuba, en esto, sea una excepción:
Tal es el caso de Cuba, cuya imagen peculiar llena de encanto, se adelantó en mucho a su independencia política. Cuando Cuba alcanzó su independencia, tenía su estilo hacía largo tiempo, su estilo… esa imagen que el viajero llevaba consigo, esa imagen que acompañaba al criollo por tierras lejanas y que trasmitía a los extraños; esa imagen que se anticipa al conocimiento físico y que produce nostalgia aun en quienes no han gozado de su presencia.
Coincidente con la emancipación de la Isla, allá en la vieja España corría una versión fabulosa, casi mítica de su rara hermosura. Isla y por ello lugar de gracia y maravilla. Las islas sugieren en la mente del hombre de tierra firme, la imagen de una vida libre de cuidados, entregada al disfrute de la belleza, reminiscencia del paraíso, Isla perdida. Y aquellas sombras de lo que falta en una vida, donde todo ha de ser conquistado, se unen formando un ensueño muy preciso y resplandeciente.
Nos parece estar de nuevo en el ámbito de «La Cuba secreta» (1948) cuando vuelve a intentar definir a esta Isla, que la ha fascinado, con categorías más poéticas que científicas:
Y así es la Isla cuando al fin se la ve; se la sigue buscando por un tiempo, pues su tierra a pesar de la intensidad de la luz o por ella, es más que corpórea, fantasmal. Eso tan raro que es un fantasma luminoso; un sueño que la luz del día no deshace. Las imágenes del sueño parecen salir de un fondo oscuro que les presta contorno; la imagen real de la tierra cubana emerge de la luz. Isla en la luz, más que en el mar, imagen inasible de una tierra que apenas pesa. Posada sobre las aguas como una imagen descendida de ese su cielo, tan cercano; sostenida en el cielo más que fijada en las entrañas de la tierra. En los días luminosos del invierno, se la siente pender del cielo rozando apenas el mar como imagen apenas concretada, sombra del sueño de un Demiurgo enamorado de la luz y no muy entusiasta de que su obra se fijara en la Tierra; de que sus obras «pesen».
Cuando comienza a exponer la presencia de la mano española en Cuba para edificar pueblos, iglesias, casas de ricos o pobres, nos parece que su pluma se llena de un sabor que viene claramente de Orígenes, sobre todo del Eliseo Diego de En la Calzada de Jesús del Monte (1949), algunos de cuyos poemas había descubierto mucho antes, en la antología Diez poetas cubanos:
Obediente a lo más secreto en lo más visible, a esa imagen de la propia Isla, el arquitecto español, y el criollo levantaron las ciudades, las iglesias, las casas residenciales y también las casas de los pobres. Todo respondía a la levedad de la Isla, hasta en el horror de la piedra desnuda en el gusto del color que extendían sobre toda superficie. Colores leves; rosados, azules, esos azules cubanos que son como la librea de la servidumbre a su cielo. Y amarillos, como el cielo a veces se pone un instante tan solo, fugitivo a la caída de la tarde y otro instante más largo cuando todo el levante es un mar de oro, como si el Sol se hubiera, él también, vuelto líquido.
Y la gracia de la palma real, casi invisible, pura línea, inspiró también al arquitecto, al maestro de obras, al albañil mismo que cumplía su tarea sabiendo que aquellos techos y aquellas paredes no eran fortín contra una naturaleza ceñuda. La casa cubana, como la andaluza, como la griega, como la caldea, es lo contrario de un castillo o de una fortaleza; son los muros que se conjugan con la luz; por eso la columna es elemento esencial. Y en el centro, el patio, espacio ofrecido en una suprema cortesía a la luz, al aire, a las estrellas.
