Perlongher: El animal simbólico

Cómo producir lo sensual, cómo hacer sensual una escritura.
N.P.
Nestor Perlongher nació en Navidad, quizás una Navidad sin muchas luces, sin brillos, porque en el año 1949 estaba todavía fresco el retumbar de los cañones que hizo temblar a Europa entre 1936 y 1945, y toda la resonancia que tuvo en América. Ese nacimiento, vinculado a un mundo en reconstrucción, puede verse desde la perspectiva de un cubano como el Ita del escritor.
Mucho se habló sobre el autor de Prosa Plebeya en los años posteriores a su muerte en 1992. Su activa militancia homosexual lo convertía en políticamente «espectacular», pero también su literatura afiliada al neobarroco exacerbaba las curiosidades: la noble y la morbosa, en esa mezcla que se da solo en el homo sapiens.
Prosa y poesía para este argentino heterodoxo existían en comunidad y en diferencia, como afirmó Schettini, Nestor «tenía muy claro que los géneros son formas autónomas de mirar el mundo, sus poemas no ocupan el mismo espacio que su obra ensayística, sino que hasta se puede imaginar que hay un combate entre esas dos formas de escritura».
La convicción neobarroca de Nestor Perlongher no se puede explicar solo a partir de los arrebatos léxicos y sintácticos de su lenguaje, especialmente los que asume desde su segundo poemario: Alambres. Esa orientación se hace obvia, además, en las lecturas que elige y en los poetas con los que se alinea. En 1992 realizó la antología Caribe transplatinoque, donde incluye textos de Lezama, Koser, Severo Sarduy y que completa un grupo de autores imbuidos en ese regocijo del lenguaje heredero de las vanguardias latinoamericanas. El término neobarroso acuñado por Perlongher para rebautizar el neobarroco está inspirado en un ardid poético de Borges “barro hay debajo del Río de la Plata”. Así, Nestor, el rioplatense, incorpora la parábola de la ciudad que flota sobre el cieno de una realidad inestable que solo tiene confirmación y equilibrio en el mundo de la poesía.
Como anota Ricardo Alberto Pérez en el excelente prólogo de Fuga de la pantera acuática (edición cubana de lo mejor de la poesía de Perlongher) “la atmósfera de travestismo que se respira en su obra no se relaciona tan solo con su militancia homosexual”, sino con la capacidad de convertir en “prendas” los objetos y personajes que pueblan su escritura.
Si hay un creador que desgarra la intimidad y luego la expone a la intemperie, si hay un poeta que fija el poema en las angustias de las causas perdidas, ese es Nestor Perlongher. Todavía hay lectores que dicen “amaneramiento” y lo dicen sin malicia. Pero, quién ha visto que la desnudez es viril; “demasiado indigente, demasiado vulnerable”, diría el propio autor.
Por la vía del lenguaje este gran argentino rescata las “comunidades minoritarias” (donde el individuo está solo) y construye un mundo imaginario sobre las márgenes sociales donde se inmiscuyó. Fue, casi al mismo tiempo que poeta, (y quizás como consecuencia) un antropólogo que se colocaba en el centro de su objeto de estudio, un “converso” de los ritos y alucinaciones que no podía presenciar impunemente cuando el mismo formaba parte de esas minorías. De ahí la pasión, el desbordamiento, e incluso, la sensualidad de sus textos.
Ricardo Alberto Pérez se refiere también a la relación de la poética de Perlongher con el desastre o, como concluyó Eduardo Milán en su estudio sobre la narratividad de la poesía: "un derrumbamiento del mundo” que para el argentino se aplicaba a la exclusión del deseo.
Las referencias de un autor así no se excitan desde su identidad homosexual como un resultado, sino como una provocación. Cuando le preguntaron sobre la manera en que sus textos contaban historias Perlongher respondió: “la poesía es un eco de luces, un licor rumoroso, un perfume de sones, sueltos en la molecularidad flotante de su flujo. La historia, desde la serpentina poética, se alucina". Neobarroco o Neobarroso, en medio de la ansiedad, en medio de la búsqueda de nuevas significaciones o renombramientos, una parte de esa alucinación se revela como insatisfacción. Al decir de Teresa Porzacabski: “La escritura de Perlongher parece resultar de una búsqueda obsesiva de términos que no logra encontrar. Su obsesión es la de completar una descripción o una conceptualización que no termina jamás de completarse, por lo que ella se reitera en la permanente re-escritura de un referente que aparece siempre elusivo".
Ya había apuntado Jacobson que el predominio de la función poética sobre la referencial tan inherente a la buena literatura no destruye tal referencia, sino que la hace ambigua. Ese carácter elusivo de los textos del bardo argentino abarca la crisis de la posmodernidad como representación de las representaciones sin principio ni fin: dolor y complejidad eternos. Paradoja que superpone lo trascendente sobre las acciones más simples e intimas:
Y las tías que mueren con el peine del muchacho que fue muerto en las garras del vicio fronterizo entre los dientes: muerden: degustan desdentadas la gomina de los pelos del peine de los chicos que parten a la muerte en la frontera, el vello despeinado
(Las Tías, Austria-Hungría, 1980)
Animal simbólico, "animal sangrante y dulce", transeúnte que iba y venía con su espíritu de Sao Paulo a Buenos Aires; del español al portugués. Perlongher nos hace herederos de una "poesía de la ensoñación", una poética que acorrala la belleza cubriéndola con una mezcla fascinante de escatología y cosméticos:
Ya no se puede sostener: el mango
de la pala que clava en la tierra su rosario de musgos,
el rosario
de la cruz que empala en el muro la tierra de una clava,
la corriente
que sujeta a los juncos el pichido - tin tin...- del son-
ajero, en el gargajo que se esputa
Hay cadáveres
("Cadáveres", Alambres, 1987)
“Sentados en las húmedas butacas” contemplamos el flujo de sus palabras y una sacudida nos angustia, el 25 de diciembre, 61 años después.
