Nunca más “Black and white”
Aunque el 5 de agosto de 1925 Vladimir Mayakovski comenzó su poema “Black and white” con el siguiente parlamento: Si a La Habana / se la mira desde lejos, / es un paraíso, un país como se debe, lo cierto es que el gran poeta de la Revolución de Octubre, menos que un paraíso, lo que vio en aquella Habana del gobierno de Gerardo Machado, fue un sitio diseñado para la crueldad de la discriminación racial. Por eso es que no sorprende que, a la insignificante distancia de siete versos de lo anterior, consigne: En La Habana, / todo está dividido, / a los blancos dólares, / a los negros, / nada. Y que narre, con su aire cortado y enfático, la tragedia del negro Willie:
Lo único que aprendió Willie
más firme que las piedras
del monumento a Maceo, es:
El blanco come ananás maduro,
el negro ananás podrido.
El blanco hace trabajo blanco.
El negro trabajo negro.
Porque aquella Habana no era otra cosa que la capital de un país de mentira, que había recibido en sus costillas el golpe duro de dos ocupaciones militares (1898 -1902 y 1906 -1909) y de veintitrés años de seudorrepública, amargamente inaugurada el lamentable 20 de mayo de 1902, con Enmienda Platt y banderas izadas en el morro.
Era La Habana de la aún no superada posguerra, con el ejército mambí desmovilizado y timado por una mísera jubilación: La Habana de los altos puestos y los buenos empleos en manos, precisamente, de los peninsulares, a la par que ambos —españoles derrotados y cubanos despojados de su país— quedaban de manos atadas para que los “buenos vecinos” del norte extendieran, con poca sutileza, su guante amiantado sobre las promisorias fuentes de acumulación de capital que la Isla —aún devastada, pero rica— ofrecía.
La Habana, como bien supo verlo Vladimir, podría “parecer un paraíso”, pero no era otra cosa que el sitio donde comenzaban a mostrarse los “primeros síntomas del poderío de los Estados Unidos sobre las tres Américas: la del Norte, la del Centro y la del Sur”. Así lo consignó en sus crónicas tituladas Mi descubrimiento de América, traducidas, prologadas y editadas en 1959 por Lila Guerrero.
El poeta, que ya había vivido los años de más estrépito y fervor del triunfo de octubre, conocía las posibilidades de la redención, de la igualdad, de la fraternidad, por eso su poema en cuestión concluye con una especie de llamado, de manera tal que cuando el negro Willie, rezonga con ojos de fuego, levanta el cepillo y se va, él se interroga: ¿De dónde podía saber el negro, / que con esa pregunta, / debía dirigirse a la lejana ciudad de Moscú?.
Otro testimonio nos deja el sagaz autor del poema “Hablando a gritos” y de la ambiciosa “Oda a Lenin”, donde describe un ángulo más agradable a la sensibilidad cubana. Su ojo de pintor supo captar el pintoresco colorido de nuestras calles, de nuestro entorno, de aquella luz que sí constituía la mayor riqueza del atropellado archipiélago:
Bajo las palmas,
en los lagos,
están los flamencos,
en un solo pie.
Florecen colores
por todo el Vedado.
Pero cada estampa de color servía para introducir los puntos de fricción, las esquinas trágicas. Por eso, cuando el negro Willie le pregunta a Mister Bregg, el rey del azúcar blanco: ¿Por qué el azúcar / blanco-blanco, / lo debe hacer / el negro-negro?, la pregunta tiene sus consecuencias. Y antes de que el negro Willie ejecute su gesto de rebeldía a causa de que Se da vuelta el rey, / y de un golpe, / le arrojó los guantes, ya se había deleitado el poeta en una descripción cuyo objetivo en la dramaturgia del poema no es otro que aflojar las tensiones para llegar al desenlace catártico.
La estampa que introduce ese momento no podía ser más apacible: Florecían alrededor / los prodigios de la botánica. / Los bananeros, / tejían su verde red.
De nuevo situados en la crónica Mi descubrimiento de América, nos maravillamos de cómo el poeta logró ver el triste híbrido que conformaba la bella ciudad barroca capturada por el espíritu pragmático, metalizado y en exceso racionalista de los norteamericanos. Limpia y penetrante su pupila nos avisa:
A ellos (los norteamericanos) les pertenece casi todo el centro de La Habana: una calle larga, recta, con cafés, avisos y faroles marca Prado. Por todo el Vedado se ven sus palacios con jardines llenos de rosales y rosas trepadoras, con estanques y flamencos de color amanecer, parados sobre un solo pie. A los norteamericanos los cuidan policías parados sobre pequeños taburetes bajo grandes sombrillas.
Todo lo que se refiere al antiguo exotismo, a la belleza poética, no tiene salida. Por ejemplo, un hermosísimo cementerio con numerosos López y Gómez repetidos, con alamedas oscuras aun de día, con árboles tropicales enredados en sus barbas verdes.
No estaba desacertado Ilia Ehrenburg en sus memorias cuando, al referirse al autor de La nube en pantalones, afirmó: “Lo propio de su manera de ser era el romanticismo”, pues quién sino un espíritu romántico podía captar, bajo el abrazador clima y la opresiva atmósfera, vínculos óseos tan bien articulados como los que él supo establecer entre el paisaje apacible y la tragedia social de La Habana de 1925.
Cierto es que Mayakovski había transitado ya un largo camino en sus búsquedas artísticas. De aquella lejana filiación con el futurismo se recordaba, a veces, un verso: “me gusta ver morir a los niños”, lo que no impidió que más tarde, en 1928, cuando ya sus ojos se habían encandilado con miles de consignas, acabara declarando: “los niños son las flores de la vida”. Pero “Black and white” no es un poema que se debata entre esas dos antípodas. En él queda claro que el Mayakovski de 1925 ya no quería “abofetear al burgués” ni trataba de apuntalar efectos altisonantes en la búsqueda del rechazo, pues su poesía se hallaba marcada por un aire de crónica militante, de lente cinematográfico, en esencia objetivo, pero cargado también con esa sutil subjetividad que nadie como él y el cineasta Serguei Einsestein supieron atrapar en la atmósfera de la época.
En relación con el verso “me gusta ver morir a los niños”, Ehrenburg da en sus memorias otra interesante apreciación: “Mayakovski no podía ver pegar a un caballo. Un día en un café un amigo mío se hizo una herida con un cortaplumas; Vladimir Vladimirovich volvió enseguida la cabeza...” ¿Cómo no iba entonces el poeta —pregunto— a sensibilizarse con la tragedia del negro Willie?.
Pero muy lejos estaba el poeta que un día declarara: “Yo también soy una fábrica” de imaginar que en aquel lejano día de 1925, estaba dejando testimonio de su paso por la que más tarde devendría primera tierra socialista de América, por un país donde el socialismo, por otra parte, sobreviviría incluso al que en 1917 alzó sus banderas triunfantes en su inmenso y glorioso país.
Vladimir —que tan profundo sintió lo de black y lo de white— ignoraba (¿cómo iba a saberlo?) que dentro de poco por las calles de esa Habana pintoresca y despiadada deambularía un mestizo llamado Nicolás Guillén, hombre de cabeza clara que alcanzaría a traducir, como nadie, la tragedia racial que el ruso vislumbrara.
Qué lejos estaba el poeta de la Revolución de Octubre de saber que ese Nicolás Guillén, con su sencillo verso de 1964: Tengo que siendo un negro nadie me puede detener / a la puerta de un dancing o de un bar, gracias a la definitiva reivindicación del hombre sin color, y al luminoso impacto de la revolución triunfante, iba a dejar el testimonio de que nunca más en Cuba sería necesario, objetivo, ni justo escribir un poema como “Black and white”.
En este año en que el 14 de abril se cumplieron ochenta de la trágica muerte del poeta, no resulta ocioso rememorar aquellos versos suyos del poema inconcluso “A plena voz”, donde deja constancia de su vocación de entrega a una causa revolucionaria que, entre todas sus esencias, llevaba implícita la reivindicación humana por encima de cualquier consideración racial: Y todos mis ejércitos, / armados hasta los dientes, / que veinte años combatieron, / y en victorias han volado, / hasta mi última página, / te la entrego a ti, / planeta proletario.
