Silvana Garriga, Premio Nacional de Edición 2010: no creo que el e-book sea el enterrador del libro impreso
Un jurado integrado por prestigiosos intelectuales cubanos decidió otorgar el Premio Nacional de Edición 2010 a Silvana Verónica Garriga Caballero, Silvi, para los más cercanos, o Silvana, sin más, para todos los que la conocen.
Cuando supe la noticia, llamé a Silvana por teléfono y me confirmó que era cierta, como quien afirma que está lloviendo. Esa sencillez que encontré en su respuesta es una de las cualidades que la hacen singular y muy querida. Silvana es una excelente profesional, una mujer de gran cultura que disfraza esas dotes con una dosis admirable de modestia, sentido común, alegría y humor.
Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas, por la Universidad de La Habana, ha dedicado treinta y un años ininterrumpidos al mundo de la edición de libros. Los veinte primeros, vinculada a la Editorial Letras Cubanas, en la cual tuvo a su cargo, fundamentalmente, la edición de los libros de música y danza de la redacción de Arte, lo que implicó ―según declara― un considerable trabajo de gestión, evaluación y edición de títulos de alta complejidad temática y técnica.
En el año 2000 se trasladó a Ediciones Boloña, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, por invitación de Pedro Juan Rodríguez. De Boloña le fascinan la belleza de sus ediciones, la pasión y el ambiente familiar con que trabajan sus colegas de equipo, y la trascendencia, en todos los órdenes, de la obra que realiza la Oficina del Historiador.
En Ediciones Boloña ha editado, entre otros títulos: Álbum de bodas de José Martí y Carmen Zayas Bazán (edición facsimilar); Demonios en La Habana. Episodios de la Inquisición en Cuba, de Tania Chappi; La Habana, puerto y ciudad. Historia y leyenda, de Siomara Sánchez; La memoria en las piedras y Cuba colonial: música, compositores e intérpretes (Premio de la Crítica y Premio de la Academia Cubana de la Lengua), de Zoila Lapique; La Casa Natal de José Martí, de Armando O. Caballero; Espiral de interrogantes, de Reinaldo González; Martí, hombre, de Gonzalo de Quesada; Portadas coloniales de La Habana, de Joaquín E. Weiss; Fredrika en el Paraíso, de René Vázquez Díaz; Fanny Elssler: Cartas desde La Habana (Premio de Investigación Cultural del Centro Juan Marinello); Para no olvidar, libros segundo y tercero, y Fiñes, de Eusebio Leal Spengler; Los árabes en Cuba, de Rigoberto Menéndez Paredes (Premio Catauro de la Fundación Don Fernando Ortiz); Historia de la Iglesia Católica en Cuba, de Eduardo Torres-Cuevas y Edelberto Leyva, entre otros.
Sus horizontes profesionales se han expandido hacia la colaboración con otras editoriales; de esa relación resultó, por ejemplo, la edición de Los Beatles en Cuba y John Lennon en La Habana, de Ernesto Juan Castellanos, para Ediciones Unión, y El signo y la letra, de Rafael Acosta de Arriba, y Alejo en Tierra Firme (Premio de la Academia Cubana de la Lengua), de Leonardo Acosta, para el Centro Juan Marinello. Su relación con los libros, la lectura y la literatura es dinámica e integradora, y a lo largo de estos años ha impartido cursos, integrado tribunales de tesis de grado y participado en ferias del libro, dentro y fuera de Cuba.
Detrás del trato jovial y el gesto siempre amable, Silvana guarda su disciplina ejemplar, su dedicación y amor al trabajo, su profesionalidad a toda prueba.
Una decisión que honra al premio.
¿Qué pensaste cuando te dieron la noticia?
Es casi un lugar común decir que me sorprendí, pero así fue. Y también vino a mi mente la lista de colegas que se lo merecen tanto o más que yo: Pedro Juan Rodríguez, Marietta Suárez, Esther Acosta, Norma Suárez, Ricardo Riverón, Rinaldo Acosta, Daniel García, Olga Rosa Rius, Eliana Dávila, Clara Hernández…, solo por citar a los más cercanos por razones personales o laborales. ¿No te has fijado que entre los que han obtenido ese lauro, el único que reconoce oficialmente nuestro trabajo, no hay ningún editor de Pueblo y Educación, una de nuestras editoriales más antiguas? Es larga la relación, y el premio lleva apenas una década. Cuando me tocó ser jurado, hace algunos años, hubiera deseado elegir cinco ases de un tiro, pero Edel Morales fue implacable: un solo premiado. Por eso me siento una más entre una extensa nómina de candidatos, aunque, claro, me alegra, sobre todo por la efusión sincera que he sentido en muchos compañeros y amigos que me han llamado o escrito para felicitarme en estos días. Ese cariño es el mejor galardón.
¿Qué recuerdos guardas de tu paso por Letras Cubanas?
En Letras Cubanas aprendí el ABC del oficio con Radamés Giro, mi jefe durante veinte años ―allá Gardel que dice que no son nada―, y con un valiosísimo equipo de edición, corrección, composición y diseño, que era una verdadera escuela. Hice amigas y amigos para toda la vida, y “ligué” a Padrón, que ya es bastante.
¿Qué libros de los editados recuerdas de un modo especial?
En Letras Cubanas me pasó algo muy curioso. Comencé mi vida laboral con un libro que recogía varios textos de Amadeo Roldán: Algo sobre apreciación musical, y me despedí con un volumen de testimonios sobre el propio Roldán. Recuerdo, con particular cariño, al primer autor con el que trabajé: el violinista Armando Toledo; ambos éramos “jóvenes y entusiastas”, y lo mismo recorrimos no sé cuántas iglesias habaneras, buscando la partida de nacimiento de Brindis de Salas, que la calle Paseo, porque alguien nos había dicho que allí vivía una persona que guardaba un arco de violín perteneciente a Brindis; nunca lo encontramos, pero sí a un señor que conservaba decenas de caricaturas de Conrado W. Massaguer y pasamos toda una mañana viéndolas y comentándolas.
Después de 31 años de trabajo, son muchos los libros editados, y para mí todos han sido importantes, pero puesta en el trance de escoger, citaría, en primer lugar, El fuego de la semilla en el surco, biografía de Rubén Martínez Villena escrita por Raúl Roa. Radamés me dio la oportunidad, que nunca terminaré de agradecerle, de compartir la edición con él, pues sabía de la enorme admiración que yo sentía por Roa, de quien me había leído y releído todo lo publicado hasta el momento, y todavía a cada rato repaso en la memoria el día que conocí, emocionada y temblorosa, al “Viejo” en su oficina de la Asamblea Nacional: oyéndolo, aprendí más historia de Cuba que en todos mis años de estudiante. Luego su libro, desenfadado y proteico, como el propio autor, me descubrió a un Rubén para mí desconocido, que llegué a amar al punto de ponerle su nombre a mi único hijo. No podría dejar de mencionar tampoco los libros de dos autores que me han acompañado a lo largo de estos años y son ya amigos muy entrañables: Zoila Lapique y Leonardo Acosta. Haber editado obras de Carpentier, Martínez Furé, Torres-Cuevas, Ernesto Juan Castellanos, Eusebio Leal, Pedro Simón, Jorge Antonio González, Clara Díaz, Francisco Rey Alfonso, Alberto Muguercia, Raúl Martínez, Marta Rojas, entre tantos otros autores valiosos, ha sido, además de un orgullo, fuente invaluable de conocimientos.
¿Cuáles, que no hayas trabajado, te gustaría editar?
Son tantos, que se atropellan. El diccionario de Pezuela; La fidelísima Habana, de Gustavo Eguren; los ensayos y crónicas de Carpentier; el Centón epistolario de Domingo del Monte; Martí… Cada fin de año, cuando empezamos a preparar el próximo plan editorial, me pongo una gran cantidad de originales para trabajar, pero Pedro Juan enseguida me baja los humos: “¡Gorda, tú no puedes con todo eso!”, y entonces comienza un proceso angustioso, porque todos me gustan y me cuesta mucho quitarme alguno. La suerte es que trabajo con dos excelentes y experimentadas editoras, Marietta Suárez y Vitalina Alfonso, que no solo tienen capacidad de sobra para hacer una magnífica labor, sino que la disfrutan igual que yo, y me queda la tranquilidad de que esos originales quedarán en las mejores manos; mas no puedo evitar cierta envidia cuando las veo trabajando algún libro que hubiera querido para mí.
¿En qué manera el uso cada vez mayor de las nuevas tecnologías informáticas ha transformado la profesión del editor?
La entrada en la “era digital” revolucionó el sector poligráfico ―de un plumazo barrió con antiguos oficios como el de linotipista y el de cajista― y el editorial. Muchas tareas que antes correspondían a la imprenta, pasaron entonces a las editoriales, en las que cambió por completo la dinámica de trabajo: los mecacopistas tuvieron que entrenarse rápidamente para convertirse en operadores de PC, los emplanadores y diseñadores abandonaron tijeras y pegamentos para entendérselas con programas que entonces nos parecían complejísimos, y los editores aprendimos a “cacharrear” las computadoras. Con más de cuarenta años corrí a matricularme en un curso en el Palacio de Computación, en el cual la mayoría de los alumnos podían ser mis hijos ―si Tina Turner es la Abuela del Rock, yo parecía la del Office―, y obtuve, por si acaso, mi certificado de operaria. Luego del inevitable temor inicial, ahora disfrutamos las ventajas de la digitalización, que te permite seguir hasta el arte final todos los procesos, sin las desagradables sorpresas de la antigua era, y humaniza labores que antes eran casi de esclavos, como hacer un índice onomástico, unificar palabras, cambiar un párrafo de lugar, y un largo etcétera. Gracias a Internet, algo que te podía llevar horas, como saber la correcta grafía de un nombre, ahora es cuestión de minutos, y hasta puedes trabajar sin grandes complicaciones con un autor que está del otro lado del océano. Si antes no era capaz de sentarme a la máquina para redactar una simple nota de contracubierta y tenía que escribirla previamente, a mano, en un papel, ahora, si no tengo mi página de Word abierta, no me sale una palabra; creo que solo escribo para levantar actas, pero no es poco, porque las he hecho por cientos en el Partido, el sindicato, el CDR, y hasta en reuniones de padres, a tal punto que, pensándolo bien, las incluiré en el próximo currículo que deba entregar.
¿Cómo ves el futuro del libro en la era digital?
No comparto las visiones apocalípticas que auguran para mañana la desaparición del libro: los lectores no lo permitirían. Muchos conceptos editoriales variarán, como lo hicieron determinados modos de hacer el teatro con la aparición del cine y la televisión, o como ha cambiado el cine a partir de las técnicas digitales, pero no creo que el e-book sea el enterrador del libro impreso; me los imagino en buena convivencia, y ojalá que la vida me alcance para hacer algún libro electrónico, con las enormes posibilidades que pueden ofrecer desde el punto de vista editorial.