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Un espejo de humo

Eugenio Marrón Casanova, 24 de diciembre de 2010

Asistir al hecho de la novela como reservorio de la remembranza –y de manera muy especial la evocación que atañe a las guerras de independencia y sus protagonistas más proverbiales- no es una parcela de recorrido habitual en los predios de la narrativa cubana. Son muy escasas las novelas que, de principio a fin, transcurren en los períodos beligerantes del siglo XIX, imbricadas sus historias, bien en lo exclusivo del campo de batalla y sus alrededores, o en la resonancia de aquel en otros contornos. Aún cuando las contiendas de 1868 y 1895 cubren algunos lapsos de empeños novelísticos a favor de períodos más dilatados, aquellas gestas no han gozado de nombradía mayor a la hora de narrar. Es así como la aparición de un título cuyo meollo es la guerra de los mambises constituye una sorpresa, algo que gratifica en lo temático y además en la capacidad de fabulación que tiene a bien entretejer, para su consistencia, una escritura de sostenido aliento poético y un enfoque de rigurosa indagación documentada: tales son las señas de identidad que distinguen a una ficción como A medianoche llegan los muertos, de Eliseo Altunaga, publicada por primera vez en 1997 y que ahora reaparece para complacencia de nuevos y viejos lectores.

Nueve meses de 1895 –entre principios de abril y finales de diciembre, casi un diario de los incidentes bélicos más relevantes y sus aledaños- ocupan la urdimbre de esta novela, con dos sucesos -como apertura y cierre- de  cardinal alcance para el suceder de aquellos días: el desembarco de Antonio Maceo en la playa de Duaba y el descalabro de Arsenio Martínez Campos en el camino real de Coliseo, circunstancia que, al decir del cronista de la guerra José Miró Argenter, fue para el célebre jerarca militar español, «una derrota completa, decisiva, irreparable, porque no halló modo de ir al desquite» (1). Con tales presupuestos, Eliseo Altunaga se ha planteado una novela que también es –y ello resulta el núcleo de su construcción- una pesquisa en los vórtices de la memoria, a través de alguien -en este caso, un personaje llamado El Escribano- que funge como redactor, organizador y conservador de una copiosa papelería donde la guerra y sus héroes, lejos de ser materia de archivo, son visitaciones constantes más allá de lo pretérito.
 
Pero El Escribano no es únicamente el depositario de pruebas que guarda en su biblioteca y el interlocutor de voces que habitan en su recordación: junto al Yerbero –quien domina los atributos de posesiones para acceder al monte y sus deidades- logra establecer un dúo que comparte sombras de la vigilia y fulgores de la alucinación, confiriendo sin desmayo un soplo mágico a las aristas más insospechadas del tejido testimonial. El Escribano es la palabra y El Yerbero su sombra: los dos, como una suerte de Quijote y Sancho en la penumbra de la biblioteca, fijan el derrotero de la epopeya, esta vez novela de caballería con sus reales no ubicados en lo fingido, sino en lo demostrable; y en ello el uno y el otro se asisten mutuamente. Tal probabilidad es clave para que el progreso de lo narrado sea en estas páginas un proceso de intrincadas verificaciones: lo ficcional se acepta como lo documental y lo documental se lee como lo ficcional.
 
Tiene Eliseo Altunaga un don especial a la hora de refrendar lo épico y es aquel que George Steiner distingue a propósito de Guerray paz cuando dice que «el mundo de los recuerdos de Tolstoi (…) va cargado de energías sensuales: tacto, vista y olfato lo llenan a cada momento de una rica intensidad» (2). En A medianoche llegan los muertos ocurre otro tanto: como en un catálogo de portentos a vuelta de paisaje y paisanaje, la naturaleza y el hombre no solo se afianzan en relaciones extremas de subsistencia en tiempos de guerra, sino que la una y el otro se revelan mutuamente con ardor: tocar las plantas o empuñar los machetes, ver la espesura o la sabana al borde de la muerte, oler la flora bajo la oscuridad o amanecer entre ella, son señales que los protagonistas hacen suyas una y otra vez. Desde la arriscada geografía oriental donde Maceo inicia la invasión, hasta las planicies occidentales donde Martínez Campos intenta frenarla, no son pocos los parajes –abiertos o cerrados- que ejercen una seducción intensa en personajes cuyo devenir está determinado por aquellos: «Sabicú se introdujo en el barril de madera dentro del cual flotaban hojas de milflores, albahaca, romerillo, hierbabuena y salvia morada. Sintió que el agua tibia y perfumada le destensaba sus fatigados músculos. Nunca supo cuánto tiempo pasó en aquel barril, pero ya casi era oscuro cuando sintió que la mulata, desnuda, entraba también en el agua desbordando hacia el suelo las yerbas y pétalos de flores maceradas…»(3).
 
Muestra de cómo los bríos sensoriales de que habla Steiner en torno a Guerra y paz -estrechamente vinculados a las reminiscencias-, son protagónicos en largos y esenciales trechos de A medianoche llegan los muertos, son los pasajes dedicados a dos célebres ofensivas, prácticamente reconstruidas en estas páginas, Peralejo y Mal Tiempo. Con ambas, Altunaga ha sabido llevar adelante lo que Ricardo Piglia apuntaba alguna vez: «…escribir una historia que ya existe me ha parecido siempre un modo de afirmar la autonomía de la literatura» (4). Los dos hechos antes referidos se explayan en detalles que recuperan con viveza, todo el horror y la bravura en el campo de batalla: desde la infantería española afincada en el terreno, hasta las cargas de caballería del Ejército Libertador, el espectáculo allí recogido se presenta con todo el poder que la autonomía advertida propone: «Una nueva oleada de jinetes, aullando, machete en mano se lanza a quemarropa contra el cuadro español. Algunos de los infantes que resisten a pie firme pierden las cabezas de secos machetazos. Comienza la confusión cuando algunos oficiales con manifiesta precipitación abandonan el campo con los restos de sus fracciones. Espantados, los mulos de transporte corren en todas las direcciones. Al descubrir armamentos, ropas y alimentos, los hambrientos y desnudos mambises se precipitan a detener las bestias para ocupar el botín»(5). A todo esto se añaden personajes inolvidables –unos de ficción y otros reales-, encabezados por dos mambises que actúan como guías de la historia: el coronel Beningó y el escolta Sabicú, uno veterano y el otro bisoño, muy cercanos a Maceo.
 
Punto y aparte deriva el trazado de dos rivales legendarios: Antonio Maceo y Arsenio Martínez Campos. Sus caracteres de grandes generales, explícitos por ellos o sus allegados –sin excluir, como parte íntima del relato, la anexión de cartas, comunicados y partes de operaciones-, tienen en A medianoche llegan los muertos, como les corresponde, la dimensión de las figuras señeras: el criollo forjado con la guerra,  resolución y coraje en busca de la independencia, y el español instruido con la academia, beligerancia y dignidad en interés de la corona; son eje de la novela, antagonismo de hondo calado que, en algunos episodios, rememora una intensidad similar al contrapunteo de los dos oficiales de húsares napoleónicos contendientes en Los duelistas, de Joseph Conrad.
 
Por otro lado, la galería de insignes mambises que entrega el autor –y en la que despunta muy emotivamente, retratado con exactitud y singular donaire, el joven médico Juan Bruno Zayas, quien «de andar todo el día a caballo, se hizo por fin hábil jinete (…) tiene el hábito de montar con una pierna cruzada por sobre la cañonera de la montura» (6). Está sustentada en una minuciosa utilización referencial de los diarios de la guerra, llevados por Máximo Gómez, José Miró Argenter y Manuel Piedra Martel –ellos mismos participan en momentos únicos de la trama-, pero también en saber que las reglas de la ficción, lejos de sustituir a la historia real, la convierte en otra lectura de confrontaciones trasvasadas. En este orden, resulta muy preciso lo anotado al respecto por Carlos Fuentes: «El novelista, con más puntualidad que el historiador, nos dice siempre que el pasado no ha concluido (…) La novela dice lo que la historia no dijo, olvidó o dejó de imaginar» (7).
 
A medianoche llegan los muertos –que apareciera en el año 1997 y por sus características se sitúa en lo que Seymour Menton llama «nueva novela histórica de la América Latina» (8), con El reino de este mundo como «la primera verdadera» (9)  en ese sentido- pertenece a una estirpe, tan variada como abarcadora, a la sombra de tradiciones y rupturas. Se trata de una novela que ha leído muy bien otras novelas: a distancia de la ya aludida de Carpentier –y ella más bien en cuanto a designio que ratifica un concepto-, es laudable la gravitación que un lector avisado puede hallar en A medianoche llegan los muertos, proveniente  de Yo el Supremo y de La guerra del fin del mundo: de la primera, la relación cautiva del Supremo con el Compilador de sus papeles, pálpito nada desdeñable para concurrir al trato del Escribano con el Yerbero; mientras que de la segunda –como se sabe, procedente de Euclides da Cunha con su enciclopédico y multiforme libro Los sertones- es ilustrativo el dietario de la contienda como arranque para mudarse en proyecto ficcional. Es así como –aparte de las posibilidades para la lectura entrecruzada que brindan las novelas señaladas de Roa Bastos y Vargas Llosa-, A medianoche llegan los muertos confirma lo advertido por Juan Gabriel Vásquez: «El novelista genuino es incapaz de crear de la nada, pues a cada paso debe llevar consigo el bagaje de su tradición, que incluye la historia entera de la ficción en prosa pero también lo que hacen sus contemporáneos» (10).
 
Casi al finalizar su relato, anota el Escribano que «por mucho que evoque los días no han de volver, solo sombras de hechos, de instantes, de gritos desesperados o combates sangrientos, pero la palabra es un espejo de humo, una cáscara» (11). El arte de la ficción, sin embargo, consigue que la memoria recupere los días y con ellos los hechos que fueron suyos: así tornan las voces y cada una hilvana el fragmento del tapiz. Con A medianoche llegan los muertos, la lectura del siglo XIX en clave cubana se abre a unas páginas en la que el poema y el relato entrelazan el relámpago y la eternidad. La palabra, tal como quiere el Escribano, se cumple en un espejo de humo, una cáscara, pero una cáscara bajo la cual un espejo de humo se trueca en tinta, sangre misma que Eliseo Altunaga ha convertido en novela memorable.
 
NOTAS
1. José Miró Argenter: Crónicas de la guerra, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p.187.
2. George Steiner: Lecturas, obsesiones y otros ensayos, Alianza Editorial, Madrid, 1990, p.149.
3. Eliseo Altunaga: A medianoche llegan los muertos, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1997, p.194.
4. Ricardo Piglia: Nombre falso, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002, p.9.
5. Eliseo Altunaga: Op.Cit. p.181.
6.______________: Ibid. p.226.
7. Carlos Fuentes: En esto creo, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2002, p.199.
8. Seymour Menton: La nueva novela histórica de la América Latina, Fondo de Cultura Económica, México, 1993, p.11.
9. ______________: Op.Cit. p.38.
10. Juan Gabriel Vásquez: El arte de la distorsión, Editorial Alfaguara, Bogotá, 2009, p.71.
11. Eliseo Altunaga: Op.Cit. p.257.
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