Carta de Rilke a Ileana Álvarez
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; opino, por las investigaciones que realicé, que eran solo diez cuartillas, como muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
París, 17 de febrero
Querida Ileana:
Después que han pasado unos años, en ese constante desandar por el mundo, y de repasar sus libros, siempre cercanos a mí, deseo reivindicar un texto que ante los ojos de la crítica literaria, siempre parcializada por el fenómeno provinciano, no ha tenido el lugar que merece. También ha atentado lo perentorio que resulta el hecho de la crítica especializada, de lo inmediato que resulta para las editoriales, que unido al paternalismo, vician el don mágico que el hecho de ejercerla conlleva. No hay en Cuba un real ejercicio de la crítica literaria, y si pudiera decirlo con otras palabras, un sano y coherente sistema de la crítica. Al decir de las revistas de arte y literatura que invaden y se empeñan por mostrarnos el avant la lettre de nuestro tiempo.
Pero soy un hombre dichoso al atesorar un poemario que muchos quizás no recuerdan, a no ser usted y algún otro poeta. Me refiero al Libro de lo inasible.* Indiscutiblemente no voy a referirme al reconocimiento que la obra posee, de facto, al obtener un premio literario de tal magnitud, aunque no siempre un lauro como este está fundamentado por la calidad de la propia obra y se refiere, quizás, a las circunstancias de vivir en el interior de la Isla o en la capital, incluso en la labor de tres escritores o críticos que le confieren a un texto algún que otro reconocimiento. Escritor que a veces hace de crítico por simples poses poéticos y no por tener una obra en función de la misma.
Pero Ileana, estos son problemas temporales y no creo que serán suficientes estas ―mis― palabras para reivindicar la labor de los críticos literarios en Cuba. Volviendo a su libro, me empeño entonces en salvarlo de ese fantasmagórico tiempo que a veces vive una obra, ya sea por la reducida tirada editorial o por la distribución incorrecta de la misma.
Sepa usted que la conocí con el primer poema del libro, y me fue suficiente para un día llegar a la ciudad donde reside y buscarla simplemente por la foto de contracubierta. Cuando nos identificamos, ya sabía suficiente de usted, quizás más yo de usted que usted de mí, debatiéndose en un mundo inasible, donde la palabra fuese lo nos quedaría.
¿Qué sería entonces la palabra para un poeta? ¿En qué umbrales tendríamos que existir más allá del convivio de un tiempo, y de la Isla? No se arrepienta por nada, y entonces en algún otro momento le explicaría sobre lo inasible de vivir en un París que no existe, y del que solo recordamos lo memorable o lo efímero.
El escritor es una criatura irreverente. Por aquí Alejandra Pizarnik pudiera decir lo mismo sobre este cielo cuando, en 1968, al ganar la beca Guggenheim, regresaba a esta ciudad de sombras. Recuerdo un poema de Extracción de la piedra de locura, escrito ese propio año, que simboliza la perenne búsqueda que la Pizarnik tendría, incluso en el momento de su muerte. Y aunque esta obra está dedicada a su madre, el poema que le comento, y que lleva por título “Cantora nocturna”, va dirigido a Olga Orozco. Allí la escritora reafirma: “Expuesta a todas las perdiciones, ella canta junto a una niña extraviada que es ella: su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la niebla verde en los labios y del frío gris en los ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre la sed y la mano que busca el vaso. Ella canta”.
Tanto como usted, también se debate entre ese mundo cósmico que intenta describir en un empeño que para nadie es posible sino por medio de la poesía. Y es que, con la elegancia de la Pizarnik, usted me ha devuelto esa promesa que advierto con una de las tantas citas del poemario, y en específico la del gran Eliot cuando atestigua: Déjame dar mi vida por esta, mi palabra por la que no se ha dicho.
Quizás el que no se atreva a invadir ese mundo que usted dibuja y desdibuja pudiera ver falsas promesas, pero es suficiente un Gaztelu, un Baudelaire y hasta el mismo Eliot para entreabrir puertas y adentrarse al corpus poético que nos enuncia. Aunque, para ser su primer libro, no son necesarias tantas recurrencias, que ya de hecho atiborran a la poesía cubana actual. Quizás porque no logren los jóvenes escritores un nivel de dependencia del hecho poético propiamente, o porque se desee ir en busca de poetas mayores. Empero, no quiero dejar esa liviana y fría diferencia entre poetas mayores y menores, pues a veces son menores porque no conocemos ni su obra. En la poesía es imposible llegar a grandes verdades, pues el hecho en sí encierra un fingimiento, un mundo transido por luces y aparentes luces que no significan sombras ni aparentes sombras.
A nivel de poema, creo formidable la ganancia tropológica que el Libro de lo inasible logra como discurso metafísico y donde el mundo intelectual del poeta se entremezcla como las aguas de los océanos en una catedral barroca que cada vez más adquiere un significado, por encima del lenguaje coetáneo. Y es que, al final del viaje, usted existe y logra contarnos, desde la penumbra, el mundo alucinante de la paloma y del cuervo, de su sino, para después escapar de esa dualidad que es más aparente que real, por undosos senderos en busca de una sabia, de un candil, donde se entretejen los sonidos y se llega a un paradero último por la palabra. En ese gran país donde las noches son apacibles y hay altos muros y grandes silencios, y no quiere usted salir, ni obviar la regia arquitectura, porque allí todo es magia y placer, todo es filosofía. Pero no cabe duda que escape, y viene entonces a contarnos de la penumbra, de lo que no sabemos de ella, de las somnolientas regiones y de los hombres que la habitan.
En “Diálogo del viento sobre la casa”, su voz logra adherirse una vez más a lo inasible, realmente. Le basta el poema como díptico para invitar a la ceremonia, al festín. Creo que en ello se empeña constantemente. Después salta a la “Filigrana” para anunciarnos: Dentro de mí / raudo se eleva un pájaro de alas temerosas. Pero usted conoce al ave y se adueña de su espíritu, como un acto contrario, en la entelequia. Entonces se asume el desafío porque escuchamos a través del otro lo que piensa, incluso lo que no piensa. Así queda la infancia, la música de nuestras ciudades, la albura en el majestuoso convite.
Ileana, creo que el poemario es una obra también de soledades, de dejar alguna que otra cosa en su sitio, para rehacer el sitio, incluso para olvidarnos de algunas cosas, de algunos sitios, cosa esta que usted logra como un orfebre. Además, tiene el privilegio de ser esta una obra primogénita que realmente asusta. La madurez conceptual y la atmósfera sugerente que embrida me advierten de una muchacha que ha existido desde una intensidad, quisiera no decir dramática. La vocación nos hace poetas, y esa vocación, creo yo, debemos equipararla a esos sitios donde nunca podremos fijar o fotografiar la realidad. Ya Borges se ocupaba de ello y nos convencía de que, si lográbamos tal hallazgo, sería imposible hablar de tales términos. Incluso podríamos decir cómo tu obra pudiera ser leída sub quadam specie aeternitatis, es decir, hedónicamente; pero, como dice un refrán popular, lo valiente no quita lo cortés, y ello me obliga a repasar estas, tus páginas, en función de teorías que la poesía encierra.
En el Libro de lo inasible, la diversidad de estructuras conlleva una peregrinación mucho más allá de la palabra, y mucho más acá de la existencia. El oficio que tenemos es inexplicable. “Bajo el signo de la transparencia cercana”, como bien nombras uno de tus poemas, existimos en un mundo platónico, en un mundo ideal por encima de las cosas suprasensibles. Sobresale de ese mundo ese abrazo por (con) la palabra y por la suerte. Los caminos de la poesía y de la palabra son también caminos de la soledad y el silencio. Imagino.
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Nota:
* De Ileana Álvarez González (Editorial Capiro, 1995). Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara.
