Rudyard Kipling: el fardo del poeta
Kipling nació en Bombay, India, el 30 de diciembre de 1865, tan solo porque sus padres estaban allí. Como los ingleses, adonde quiera que iban, se llevaban a Inglaterra consigo, lo de nacer en lugar semejante no fue sino un elemento pintoresco: siempre fue tan inglés como un hobbit, y la presencia recurrente de la India en sus escritos tiene más que ver con su regreso, cuando ya estaba crecido y británico reafirmado, que con su nacimiento, sin sombra de duplicidad étnico-cultural. A los seis años fue enviado a Inglaterra para su pertinente educación, y no volvería a la India hasta fines de 1882, con 16 años, para hacerse cargo del puesto de editor asistente de la Gaceta Civil y Militar de Lahore (hoy Pakistán). Allí trabajó mucho pero enfrenado, y a pesar de su pasión por escribir no publicaría hasta 1886 su primer poemario. Un cambio de jefe le dio un poco más de libertad creativa, junto con el encargo de escribir pequeños relatos para su propio periódico; aquí es donde despega la prolífica carrera de Kipling, y en 1888 publica en Calcuta su primer libro en prosa, los Cuentos de las colinas. En solo un año escribe y publica seis colecciones de relatos cortos. En 1889 se rompe su vinculación periodística y decide regresar a Londres, y para ello escogió el camino más largo: cruzar el Pacífico y Norteamérica. Así pasó por varias ciudades asiáticas, incluyendo Hong Kong y Tokio, hasta desembarcar en San Francisco. Cruzó los Estados Unidos, se dio un saltico por la Columbia Británica, se asustó con Mark Twain en Nueva York y embarcó para Liverpool y fue bien acogido por el mundillo literario londinense, que ya sabía de él. Se mantuvo en Inglaterra un par de años, publicó varias historias, la colección de artículos De un mar a otro, una novela (La luz que se apaga) y se hizo amigo de Wolcott Balestier, un escritor norteamericano: juntos escribirían la novela Naulahka. Poco después se casaría con Carrie, la hermana de Wolcott, y se iría a vivir a Vermont, Estados Unidos, en 1892. Esta vez no se dejaría intimidar por Mark Twain, y la estancia en Vermont redundaría en un par de hijas y varias de sus mejores obras: los dos Libros de la selva, Mandalay y Gunga Din, entre otras. Pero tras una reyerta con un cuñado borrachín, Kipling –que no parece haber sido hombre de resolver a la brava este tipo de conflictos– regresó a Inglaterra.