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Vivir y morir en Venecia

Alberto Garrandés, 10 de enero de 2011

Este año, 2011, se cumplen 99 del drama que Thomas Mann ambientó en la ciudad de Venecia. De aquí al venidero 2012, cuando —dicen— se acabe el mundo, varias generaciones de lectores de épocas distintas podrán conjeturar cómo sería el centenario de la publicación de una de las historias más célebres y atormentadas del siglo XX.

Muerte en Venecia es el relato de una pasión homoerótica, y aunque Thomas Mann nos la refiere en clave, estratificadamente, acudiendo al recurso del escamoteo y el disfraz cultural, edifica con ella una fábula sobre la índole sagrada (e impersonal) de la belleza física. Se trata de una narración de significativa hondura sicológica, dedicada al examen de un vínculo mental cada vez más estrecho —el del escritor Gustav von Aschenbach y un desconocido: el joven Tadzio— y que muestra muy bien la tragedia de la ilusión.

Esta obra tiene como centro el ambiguo comportamiento de un artista en cuya sensibilidad se han conciliado la exaltación por la grandeza del espíritu y el honor de elaborar obras famosas que no sólo alaban sino que intentan explicar esa grandeza. Aschenbach, hombre del lenguaje y la poesía, de las palabras y la imaginación espiritual, encuentra en Tadzio reminiscencias de un universo platónico, arquetípico, un universo clásico autosuficiente. No por gusto sus reflexiones se espejan en cierta alusión a Fedro o de la belleza, diálogo en el que Platón desarrolla los conceptos del honor, la prudencia y la ejemplaridad ética del artista en su actitud frente a la belleza, que es, para Platón, algo poco menos que peligroso a la vez que elevado y casi sobrehumano. El siguiente párrafo parece describir lo que se encuentra, como un querer ser, en la mente y la sensibilidad de Aschebach, y también pone de manifiesto algunas zonas de su desenvolvimiento como personaje. Platón dice:

Hemos reconocido a la belleza por el más penetrante de todos los sentidos: la vista. La vista es, en efecto, el más sutil de todos los órganos corporales; pero no llega a percibir la sabiduría, porque experimentaríamos amores increíbles si su imagen y la de las demás esencias dignas de nuestro amor se ofreciesen a nuestra vista tan vivas y distintas. Pero la belleza es la única que tiene el privilegio de ser al mismo tiempo la más visible y la más encantadora. El alma que no tiene un recuerdo reciente de los divinos misterios, o que se ve abandonada a las corrupciones de la Tierra, lucha con dificultades para elevarse desde las cosas del mundo hasta la perfecta belleza /.../ sin embargo, lejos de sentir respeto ante su vista, se deja dominar por el atractivo del placer y, como una bestia salvaje, violando el orden natural, se abandona a un brutal deseo, y, en su grosero comercio, ni teme ni se avergüenza /.../. El hombre que ha sido perfectamente iniciado y que contempló alguna vez un gran número de esencias, cuando ve un rostro que presenta la belleza celestial, o un cuerpo que por sus formas le recuerda la esencia de la belleza, siente desde luego cierto pavor y experimenta los antiguos terrores religiosos /.../ apenas sus ojos reciben los efluvios de la belleza, siente el dulce calor que nutre las alas del espíritu.

Muerte en Venecia transcurre en uno de esos rutilantes balnearios internacionales que sirven para el ejercicio de la galantería, el ocio del mirón y los escarceos del erotismo. Aschebach queda atrapado, en un turbio magnetismo, por el rostro casi angelical de Tadzio y por su cuerpo, que el escritor absorbe con los ojos en el permisivo escenario de la playa. Púber, en sazón, adolescente, el cuerpo de Tadzio es flexible y se mueve, sin embargo, con delicadeza calculada, con una apostura y un garbo casi demoníacos.

Estamos en presencia de un juego lacerador en el que Aschenbach, una especie de héroe trágico, va cediendo terreno al ridículo y la necedad, al desatino y la extravagancia con tal de aproximarse a lo bello. Ese juego transcurre fundamentalmente en su imaginación, pero aun así es alimentado por la extraña, confusa, en ocasiones provocadora, vaga e imprecisa apatía de Tadzio. Aunque el escritor no lo reconoce, Tadzio es para él un objeto del deseo. Y, para el narrador, en el plano simbólico de la historia, un genuino mensajero de la muerte. Porque al final, en ese impresionante desenlace, Aschebach muere sin poder apartar la vista de Tadzio, y toda la experiencia anterior se tiñe de una severidad metafórica, como de moira cumplida (o incumplida y sujeta pues, en tanto némesis, a la culpabilidad y al castigo).

Para Thomas Mann, Tadzio representa la idea romántica de la belleza, que no puede apresarse ni retenerse y que está anclada en una tradición clásica que se expande de modo universal. Una belleza (el cuerpo Tadzio) a la que se oponen, aquí, imprecisos sentimientos de perversión, y, más tarde, de decadencia y de muerte. La concreta idealidad —griega, por supuesto— que rodea a los efebos es investida aquí por Mann de un aura supraterrenal. En el trasfondo revolotea, a imagen de Tadzio, la Muerte, y es como si no hubiera otra salida que esa para tan elevado y voluptuoso delirio.

La austeridad, el ascetismo, el ordenado mundo y la soledad gustosa de Aschenbach empiezan a derrumbarse cuando ve a Tadzio. Todo o casi todo sucede, como dije, en la imaginación de un escritor que, de pronto, se ve absolutamente inflamado por el deseo. Es más: ese deseo no sólo modifica su ser sensorial, sino que destroza el sistema de sus ideas sobre la sociedad, el artista y la creación artística. ¿Qué ha sucedido? Aschenbach, hechizado durante toda su vida por el espíritu y el orbe de las ideas, ahora queda avasallado por las sensaciones de la belleza humana, la belleza del cuerpo, una realidad suprema a la cual el espíritu y el intelecto deberían someterse como intérpretes o cantores.

Aschenbach, que antes temía al placer —porque el placer y su embriaguez conforman el espacio donde la razón y el orden naufragan—, muere entre los reclamos de la seducción y la caducidad de la entereza. Ha comprendido que el cuerpo y los instintos pueden ser la sede del alma, de las ideas sobre lo sagrado, y que es posible hacer un viaje de ida y vuelta del cuerpo al espíritu y de éste al cuerpo.

Aschenbach sublima su pasión. La transforma en cultura. En cultura clásica y en filosofía y en misticismo. Pero no hay que llamarse a engaño. La pasión de Aschenbach es bien material, bien inmediata.

Es la primera vez, me parece, que en Cuba se publica, en volumen independiente, esta obra maestra de la literatura universal que todavía le habla a los lectores, los de ahora y los del porvenir. Felicitémonos, pues, y crucemos el umbral que nos separa de ella. En definitiva se trata de una historia que dialoga con la existencia desde la valentía y la nobleza del gran arte.

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