Poesía de Aldo Sánchez Herrera
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La poesía de Aldo Sánchez Herrera es de una viva capacidad de sugerencia y de un fino misticismo sintético. Constituida por plegarias y testimonios lacónicos, ensartados en conjuntos sinfónicos, mantiene un fuerte volumen de diálogo con el destino y el universo. El poeta se desprende de las adherencias con que las circunstancias nos cubren, como algas oscuras que impiden la oxigenación, y habla desde la nuez imperturbable de la vivencia. Al procurar que el trozo de existencia cantado adquiera perdurabilidad, entra de inmediato en lo divino, y la lucidez de la poesía le revela la presencia magna del Creador, con quien intercambia de continuo sus humildes rapsodias. De toda esa atmósfera no quedan más que los poemas sueltos, y ya salido del trance, con la inteligencia en las manos, el poeta los aglutina en mosaicos bizantinos, que nos resultan a los lectores que leemos con amor como un cromático peristilo. Hay un arquitecto invisible en sus libros: todo poeta es un arquitecto singular, pues construye catedrales líquidas. Aldo Sánchez Herrera escribe una poesía digna de ser más conocida. Su obra ha madurado allá en el silencio principeño, donde ha editado sus libros, y sólo un pequeño grupo de amigos mide con justicia el tamaño de sus ofrendas.
ROBERTO MANZANO
ALDO LINO SÁNCHEZ HERRERA (Minas, Camagüey, 1967). Poeta. Ha publicado los poemarios Intemperie (ediciones Memoria, AHS, Buenos Aires, Argentina, 1995), con el que obtuvo el premio de la V Bienal de Literatura 1995; Velamen (Editorial Ácana, 2002); Pulso del aire (Editorial Ácana, 2010). Ha obtenido el Premio Rolando Escardó y el Premio de la Ciudad en reiteradas ocasiones. Poemas suyos aparecieron en Credos y Antenas.
CELAJE ROJO
IV
Estoy de pie, en medio del jeroglífico que hago para vivir,
de pie, y no tengo un pensamiento donde buscar,
no queda ni un ápice del que fui,
todo mi yo se lo tragó mi ayer,
y a lo que a mí vendrá son estos pasos que doy sin rumbo aparente,
estas calles con semblante de resquicio,
estas casas enlazadas como cuerpos,
estos ojos hinchados de llorar y tú, Dios mío,
al que todavía con esperanza nombro: ¡Libérame del Amor!
Cerré los ojos:
la realidad tardó más de mil años
en tocar mis párpados,
quizá en el mismo instante en que salí
cerraba puertas en alguna parte,
no estaba allí, era una impresencia,
un simulacro en el desorden de mi cuarto,
giraba el armario con su olor a bosque,
el espejo con su cara de isla bañada por las aguas,
la pared con sus sombras y bestias y desconchados,
la cama: único follaje donde abrir los brazos
sin tener que asirme en nadie. Era nadie.
Estaba aún en pie, pálido, irreal, andando.
Reanudo mis nupcias con el tiempo,
camino de revés, subo a través de un minuto
carcomido por la espera, bajo por una flor
que anida en el deseo. Soy su desvarío.
Avanzo hacia donde el maíz ondula,
hacia donde un ángel confunde su grito con las olas
y sobre sí mismo emerge vertiginoso a la deriva.
Nada ocurre. Estoy en pie. Descanso en duermevela.
Rodeado por un vaivén casi corpóreo
las grandes cortinas de la noche
crispan un rumor sobre mi frente
y me llaman sin percibir los enigmas
que emergen desde el fondo.
¡Me desconozco!
Lato como la hoja que de mí mismo se desprende
agujero del alma, plenitud del viento.
Nada está en su sitio.
Mi cabeza es un astro que alguien palpó
entre sus manos alguna vez.
Un astro y una cortina de la noche
ya no son, se confunden a lo lejos.
Frente a la mañana de piedra y sol
henchida de palabrotas y suspiros
un nido de yerbas acomodas en mi piel
y las raíces como un palmo de tierra
me recubren. Me acaloro sin consumirme,
me refugio sin temer, busco la luz
y tus brazos son las ramitas del árbol
donde asirme, son de savia pura,
tus caderas y tu vientre también lo son:
tienen el gusto a una fruta indescifrable.
Escritura de polvo sobre mi piel,
terraza en el aire,
nube en la roca,
columna de sangre en la copa del verdugo,
grano de maíz,
escudo del hambre,
pastor del vértigo,
testamento de luz donde cae como de cantil
el águila mortal que asalta el valle de mi ombligo.
Te observo, chorro delirante,
frente en la mitad de mí,
donde se yergue la viva marejada
de un follaje de piedra
y un montecillo triangular y oscuro.
Mi mundo es una espiga si sonríes:
el cielo baja, la luz crece,
el espacio es festín y parpadeo,
ángel para el gorrión del ojo
cuando a través de ti
el aire oficie el polen y la sal
y yo me lo abreve en tus hoyuelos.
Tú,
entre el sosiego y la cavilación,
Tú,
entre la resonancia y el vacío,
Tú,
entre la aurora y el deber,
Tú,
entre los golpes y la amplitud
como un migaja subiendo desde el suelo.
Tú,
entre el mosaico y las lúnulas
que se abrazan en las tablas de lo alto,
Tú,
entre el sublime jugo de frutas y el pan;
como si no estuvieras, tras un pedazo de madera,
en un vulgar papel, acristalado.
Estoy de pie. Y no puedo con las horas,
conmigo mismo.
Todo apunta hacia abajo.
Me parezco al vértigo, a la columna de sol
que siempre me persigue,
tizón de lo infinito,
armadura de lo rojo.
Estoy de pie. Y el viento sopla un perfume
de agua que se acerca,
aliento de la roca,
fuentes de lo limpio.
Vuelvo al barro. Entre tus manos, resucito.
V
Estoy sentado en otro tiempo.
Mi frente roza una vereda,
contabiliza unos tatuados insectos
que se confunde con el jade.
El vaho de la tierra mojada
me devora como una mujer…
Las moscas se disipan.
Inauguran una danza que termina con el rayo.
Si al menos el poeta
con sus dos manos
enclavadas junto a la boca
pudiese gritar el orden de su hallazgo;
bocina de él mismo viniese a ser
en la imaginería del eco que se pierde.
Mas si nada suyo el aire le bordea,
¿cómo saber si una cúpula no es,
llamando al descubierto?
Escarbo paisajes familiares,
armaduras de madera gris,
voy hacia un santo pintado con carburo,
hacia el rincón de la penuria:
dejo parajes amarillos, cornetas
perforando la música de una lágrima de años
que no cesa de caer ante mis pies
como la limosna de un instante detenido.
Noche llorosa y hormigueante,
noche apretada en dos mitades,
donde la multitud en pleno grito
abarca los nudos de su propio transcurrir sin nombre
y donde un incendio desmedido
sangra por el calor de sus anhelos
cada pedazo,
cada hora,
cada ser interrumpido y sin salida a lo real
como un racimo o una arcada del dolor,
hacía sí mismo,
oh cerrado mundo, transcurriendo...
Una prohibición me toma por los hombros.
A kilómetros de mí, escucho los goznes
de una pirámide de yeso, los jadeos
de un alma mineralizada en su temblor.
Me lleno de sudores, de imágenes, de pies.
Me asisten el polvo y las rechiflas de un reloj.
¿Cómo salir de aquí? No avanzo.
Estoy anestesiado por una prohibición
tan abominable como oscura.
Horado mis manos. Están en su propia ingravidez:
lejos, cerca: vivas.
Chasquea el tedio tras una gama
que salpica a sombra con firmeza
cada flanco,
cada lírico temblor,
no la picadura entre las palmas o las invocadas líneas
sino la unánime fracción que choca, allí,
junto a los demás dedos
con el «hágase ahora o nunca ya jamás».
Mas, ¿por dónde empezarás, sonido de vida,
si te tornas en golpe
o en una simple incordial llamada?
Apoyando mi cabeza en un par de zapatos,
dormito en una cama de cemento.
El carburo abre su inanimada pesantez.
Los nombres estallan, cubre el vaciado pulso
de la cal aislada y triste.
Corazones rotos.
Mi cabeza mana sombras, objetos
que se interponen entre la piedra y el placer.
Susurros.
Llantos.
Celdas.
Gritos.
No hay nadie más…
La noche es un témpano de culpa,
un largo camino con anchas hojas de turquesa.
Por la puerta gris, moviéndose la hormiga insiste.
¡Con qué trabajo intuye que su carga
no es más que un recodo de carcoma
y no la ansiada viruta de pan
entre las tablas balbucientes!
Resignada se equivoca.
A su fondo vuelve sin saber por qué,
allá, en la región vacía
su armoniosa fuerza es como una maldición
que trae, de boca en boca, las nuevas y áridas noticias.
Nunca he palpado otra cosa que el fracaso.
Habito un cuerpo que no es mío,
una abertura que salta, sin previo aviso,
de la noche a la mañana, del reposo a la calle,
del silencio a no sé qué lugar
lleno de gente, de estaciones, de ruidos.
Me muevo y me remuevo.
Si escribo,
la prisa me hala por los hombros.
Si duermo,
me llama al despertar.
Si en algo pienso,
mis piernas rasgan un temblor de quién sabe dónde
y la cabeza se me torna en celda,
en maremoto,
en levedad.
Mi vida no es mía.
Me he quedado varado en el auxilio,
en los vanos intentos de allegarme hasta el socorro.
Ahora mismo me llaman y blasfemo una mala palabra a Dios.
Tengo prisa. Una prisa por saludar a quien me llama
y a la vez decirle adiós;
que declaro su advenimiento como una fatalidad…
Sin embargo, no lo acoso, le sonrío…
El dolor que libra al hombre en tigre
El dolor que libra al tigre en cuervo
El dolor que libra al cuervo en cuerva
El dolor que libra a ambos,
y a los otros en un gemido
es la esculpida voz que libra al alma
en cuerpo del dolor…
Ahora que me despojo del poblado larguirucho
y penetro en la ciudad,
extraño las enlutadas procesiones de las lilas
a lo largo del camino,
sus infinitas hojas verdes en forma de corazón
derramando el aroma solemne
con que madre nos solía glorificar el cuerpo,
muy amadamente, entre baños y regaños.
Ahora me despojo del poblado larguirucho,
cuyas hojas no me atrevo a arrancar,
una procesión de enlutado rostro y verdes hojas
en forma de corazón, a mis espaldas veo,
allí, entre las lilas,
muy silenciosamente, deshojarse.
Después del saludo reverente y los salmos de acogida
delicados y solemnes,
levanté mi cabeza hacia la nube que ennegrecía
pálidamente la región
y bajo las voces que aún me sentenciaban igualmente con palabras
comprendí que había vivido hasta entonces en un pueblo
demasiado pequeño para mi gran carácter
y que mi vanidad había hecho las livianas floraciones,
como las lilas, a lo largo de un camino,
que entre hojas verdes en forma de corazón
daba, ahora yo, con la fina reverencia de mi torso
a cada hombre de la ciudad —como un tributo—
diciendo mi canción.
Yo, al igual que aquellos que marchan a mi lado,
estoy a un paso de invocar mis altibajos,
ya por la plena aceptación de lo difuso
o por las invisibles cosas que me envuelven,
no perfectamente en forma,
pero sí en pie y en buen estado de salud.
Ante mí las púdicas contravenciones
son como la urdimbre de los árboles
con su danza irregular.
Yo soy mi propia suerte
y me enarbolo con la pasión
que íntimamente me recorre.
Ahora mismo, mis suspiros
son como la mística mudanza
que surge entre el bien y el mal,
como la plegaria simple que ha de llevarme,
íntegramente adonde quiero.
Mirad la sucesión de cuadros
que de entre las paredes de la vida
yo organizo con las brisas
del que hacia mí fluye similar.
Cuadros de gente desconocida e inmensurable,
cuadros de florestas que indican el milagro de ser
—más acá o más allá de las montañas y las sinagogas—
parte de las estaciones que van o vienen perfumando.
En fin, paralelos cuadros que enlutan o versifican
mi pensamiento como una extensa galería
donde a golpes de intemperie y observancia,
yo, el homínido poeta, cuelgo y descuelgo,
según la pared que en mi alma
gane o corresponda a cada quien.
¡Vamos! Estoy decidido a libertarlos en mi ser.
Oh, libres pensamientos del amor
los he esperado a través de las edades,
aquí, en la estación de mí mismo,
con todo mi entorno perfectamente engalanado.
Les juro que los he esperado, según mi corazón,
desde el surgimiento del Edén,
no debidamente solo, sino entre los retoños
que nacieron, y aún lo hacen,
como una envoltura de mi ser…
¿Cómo he de callar mi significado, Dios, cómo?
Si mi corazón en su doblar de campanas todo lo ve
como el río que nace feliz y saludable desde el fondo de la tierra;
y callar no puede, pues, como el sol de la mañana o de la tarde
cae o se levanta
o navega alrededor de todos los campos y palpita como un árbol.
No me digas entonces que me calle, Señor;
que aunque bien o mal yo he de seguir las campanadas que mi corazón ofrece
y como el fluyente río
el curso de palabras que salgan numerosas de mis labios, yo,
como un mañoso espíritu de ti,
he de proseguir gritando.
Ahora te regalo las blancas guedejas
que bajo la tempranía del sol,
con un jarro de agua clara, perfumo y humedezco,
la mirada primera que hacia los arbustos doy;
mientras recibo los aromas matutinos
de una ciudad que se diluye
entre los credos del café.
Te ofrezco mi parte viril y generosa.
Y mi taza, también humeante,
ahora, en medio de esta ciudad sin nombre,
yo te ofrezco.
Seguid aromando allí, en el borde del camino,
oh tierna y olorosa camarada.
¡Que el júbilo y la osadía, la libertad y el poder
con que el paso interrumpes sea,
oh mi tierna y olorosa camarada, el mismo que antes
yo, de niño, disfrutaba sumergido en la campiña!
Seguid allí, oh mi tierna y olorosa camarada,
dándole a los míos la necesaria fuerza
para la exaltación y el goce de la vida.
Ahora que no estoy junto a ellos, os lo suplico,
oh mi tierna y olorosa camarada:
allí, aromándoles… seguid.