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Poesía hondureña en resistencia

VOCES CONTRA LA GUERRA, 14 de febrero de 2011

Mientras en La Habana decenas de poetas leen sus obras en un acto simbólico contra la guerra, en tierras hondureñas los poetas resistentes también alzan su voz para denunciar la violencia y el crimen.

SAMUEL TRIGUEROS
(Tegucigalpa, 1967)


Oh Fortuna, emperatriz del mundo

A los mártires de la Resistencia

Sí, sin duda somos los más dichosos
-los afortunados.

Reinaldo Arenas

Nosotros todavía usamos gafas en los días soleados
para soportar el resplandor
de la vida
Nosotros todavía
maldecimos bajito en nuestro pequeño auto de tercera o cuarta
durante el congestionamiento de las siete de la mañana
o entre dientes en el micro (por aquello
de no ofender los amanecidos restos rancios
del dios que todavía cargamos en el alma)
Nosotros todavía buscamos un trabajo
entre los escombros del día o de la noche
para llevar la maravilla del pan a nuestros hijos
Nosotros aún somos capaces de correr
–sentir la sangre a borbotones, sudar como caballos solares,
jadear como una reluciente máquina, sentir el rojo corazón -
cuando nos siguen los soldados
y luego, en el refugio, reír, asegurar que ya
nos hacía falta un poco
de lacrimógena vencida del Perú
Nosotros todavía buscamos los paraguas cuando
la tetona de CNN anuncia la vaguada
Nosotros todavía soñamos elevar cometas
en el aire de octubre cuando todo haya pasado
Nosotros todavía
planificamos llevar nuestra bandera, el bote con vinagre,
pañoleta, gorra con estrella y ardientes consignas en el pecho
el día de la marcha
Nosotros aún
leemos, escribimos, hacemos la pancarta,
conspiramos,
queremos ver la era del poder en nuestras manos
Nosotros –se los digo, hermanos,
hermanas, compañeros-
somos los afortunados

Los demás se han ido sin dejarnos,
duermen
(desorganizados,
desmovilizados
por la muerte y su peso reprimidos)
bajo siete cuartas
en la eternidad del polvo y las estrellas
deseando
silenciosamente deseando
estar a nuestro lado
en la rugiente luz
de la vida y la batalla.. 

 

________________________________________
FABRICIO ESTRADA
(Sabanagrande, Francisco Morazán, 1974)


Consigna de los vientos

Nada en el mundo
pudo enseñarnos mejor
que la amarga intuición de la herida.

Así es como aprendimos
a saber de la justicia antes que de la ley,
del mar extendido
antes que del río manso que socava nuestras casas.

Preferimos por lo tanto
abrazarnos a las olas
y señalar de frente a los asesinos.

No somos los hambrientos
que se rompen los dientes
con el pan duro de la filantropía,
ni los sedientos
que se atragantan
con la empozada saliva de los discursos.

Hemos llevado las espigas
a las tierras donde todo alimento se multiplica
y donde sobran manos para esculpir la cosecha.
No llegamos hasta las cumbres
para caer de pronto
llenos del vértigo de los cobardes;
no somos quiénes,
no.

A un paso del camino se yergue
el destino que nuestra propia sombra ha señalado.
Como enjambre de nubes, llegamos
al punto
donde todos los inviernos
revientan
en un millón de pájaros
insurrectos.


Fundación del paraíso

Sucede que estamos en inventario.
Estamos desmontando un mundo, estamos desmontando el artificio.
Ocurre que estamos borrando el número de serie y volviéndonos artesanos, llenos del barro de los días, amasados por el golpe, nos estamos haciendo irrepetibles.
Cada cosa, cada concepto es devuelto a una categoría básica y sustanciosa.
Trilobites, sílabas unicelulares: piedra, grito, alma.
Sucede que Eva sacó la cara y Adán la acompaña con su listado de novedades: esto es alegría, esto es tristeza, esto es mañana y esto olvido.
La mirada, los árboles, la hondonada de una herida brutal, ya son otros paraísos los que buscamos, nos hemos hartado de todos los frutales.
Esto es dolo, esto es ángel inverso, esto es flor y esto un hombre desollado.
Ocurre que estamos inventando el tiempo y el sueño debe esperar, con su capa rota el sueño, con sus brillos el sueño, con su descanso mortuorio el sueño.
Hemos abierto ---de un solo tajo-- el vientre pulposo del bien y el mal y lo entendemos frío, áspero, entendemos que el viento silba nuestros nombres y a él nos entregamos llenos de ramajes.
Sucede que nos sabemos nuevos
y estamos en inventario.


Francesca Randazzo
(Tegucigalpa, 1973)


Dónde está el calor
Ese ambiente ligero
     Desenfadado
En el que navegabas poeta
Dónde quedó
Sin contratiempos entre el caos
Tu horizonte radiante y azul
Ahora el frío
Descubre los perros, los postes
Los muertos
Los guardias congelados
Cuidando la casa del amo
El hielo
De sus armas
En acecho
Una masa de policías
Levita y fermenta en la noche
Sin color sin palomas
Sin árboles
Sin casas  sin esquinas  sin callejones
Sólo añicos sólo golpes
Y un reloj
Que marca
El toque de queda
Tierra que se mueve

Perezosa
     Tibia
     Húmeda
Fuego que late
     En la lejanía de los tiempos
Tierra compacta que es
Nuevamente
     Espacio de siembra
     Lugar de semilla
Imagen que centella
     Inquieta
     Al borde de la Salvación 
Como un soplo
Enceguecedor
     El tiempo de
     Los dominadores
Relampaguea con su látigo
     Hemos sido esperados
     Hoy
     Día del Juicio Final
Código genético
     De un tiempo mesiánico
Gruta llanura
Símbolo que llamarás
Para llenar la ausencia
Presente susurrando
Aún
No
Me
Has
Perdido
Barro
Savia animal
De la historia
     Cita permanente
Reclamada en su crónica
Curso marino
     Golfo bahía
Corriente que rescatarás de la sombra
     Y subirá por tu cuerpo
     Y será entre nosotros
     Signo de miradas
     Lenguaje familiar
     Resistencia

 

Jorge Martínez Mejía
(Las Vegas, Santa Bárbara, 1964)

El mar de nuestros días


A Manuel Zelaya Rosales, Presidente de Honduras

Vendremos intrincados, como simples instrumentos salidos del mar, sólo para volver a levantar las piezas de junco, para vernos, blancos o negros soldados, listos para la batalla, guarnecidos y con la mirada puesta en el ejército, en la mirada oficial, en la corona.

Sin rodillas nacimos, y más ángeles se nos juntaron después de la cárcel. Después de miles de horas nacimos hechos ya árboles con frutos, ya calaveras revestidas de sueño, ya sin máscara. Ellos eran el hacha en el cráneo y jugaban con nuestros cadáveres como dados y se disputaban nuestras humildes vestiduras de manaca y hojas de eucalipto. Ellos reptaban por las paredes de nuestra cédula celeste, en el acuario, como antiguas tortugas, y se adherían a la sangre y a la sed que no había muerto, que solamente sufría en silencio el tajo limpio de sus empuñaduras.

Pero volvimos intrincados y sabios en el rastrojo, en el naufragio, en el músculo molusco de los ríos, en el cordón umbilical de la miel y las abejas. El amor es una bruma, nos dijo nuestro Lázaro, pero también es el fuego oculto en la ceniza. En el hirviente verano de aquel año, su manto fantasma forjado en solitario, encontró la forma de metal y de tenaza.

Yo, el vil poeta, también forjé mis imágenes para hacerlas rugir en la guerra, y ahuyenté a las hienas con mi sangre jactanciosa, con mi profundidad, con mis descalabrados dioses.

Volvimos, intrincados y sabios, dispuestos para el mar de nuestros días.

La convicción del invicto

Ellos eran burdos para matarnos, pero nosotros demasiado mansos para morir. No teníamos justicia ni descanso. Sólo nuestra libertad profanada y un derrotero de rebaño habituado a marchar silencioso por el oscuro valle. “¡Oh patria, nos sentimos demasiado tristes y cansados para seguir muriendo!”, dijo un poeta mustio tirado en la hierba. Nuestra mansedumbre fue símbolo del escarnio y de nuestro orgullo extraño. Prisioneros y dóciles ambulamos miles de noches y miles de días infinitos. Por las tardes nos vimos marchando en la inmensa caravana contemplando los pies heridos de los ancianos y las lágrimas en los niños. Nada poseía nuestra gente más que los viejos y raídos sombreros. Las mujeres, acostumbradas a la sumisión y al llanto, no lloraban, su altivez y una inusitada valentía eran la señal más clara de nuestra humilde gesta. ¡Yo vi a nuestro pueblo victorioso en toda su derrota! ¡Le vi andar con un solo pie, descalzo, y vi su casa desvencijada y su cielo claro, y vi su llanto contenido, escondido en sus manos!  Nos mataban nuestros mismos hermanos por la vileza del dinero, eran burdos para asesinarnos; pero nosotros demasiado mansos. Un maestro dijo que nuestro pueblo era sabio, que sabría alcanzar su libertad. Y nuestro pueblo luchaba en mansedumbre, sin odio, con la invicta convicción de un viejo árbol.


Waldina Mejía
(Honduras, 1963) 


                                     En honra de Isis Obed Murillo Mencía, de 19 años, asesinado el 5  de julio
                                   de 2009 por militares que dispararon a los manifestantes contra el golpe
                                 militar-diputadil en Honduras concretado el 29 de junio y la restitución
                              del Presidente electo. Su padre declaró: “…nos duele su muerte, pero me siento
                            orgulloso que no muere por delincuente, ni por borracho,
                          sino por las causas que nos han reprimido”.

                     En honra de Tóger Iván Bados, Ramón Garcíam Noriga Fino, Wendy  y tantos
                  compañeras y compañeros asesinados por estar en esta lucha.
               Seguimos resistiendo también en su nombre.

NO hay modo
no hay ninguna manera de expresar
el dolor más cortante
la furia más eterna,
NO hay modo, no hay razones
sólo este llanto negro que nos hierve en el pecho
que se agolpa gritando con doscientas mil voces
por este hijo nuestro
asesinado.
Un hijo que nos costó crecer
con los ojos abiertos, muy abiertos
hacia la humanidad,
que no llegaba a veinte años
pero que acumulaba
siglos y siglos de aleteantes
esperanzas y sueños
por  justicia y equidad y una vida digna
a todas las personas, aún la más débil y sencilla.
Un hijo con el pecho luminoso
como aquél, como ella
como tantos y miles
en contra de otro golpe militar
para que no sigan remachando
la horrorosa barbarie de la fuerza del bruto
en nuestros pobres pueblos expoliados.

Un hijo que no murió como un borracho, un ladrón y menos

un corrupto
sino como un valiente luchador del pueblo.

Un hijo y una bala y un francotirador.
En las filas abiertas y sin armas
de doscientos mil manifestantes
que huían por las ráfagas de balas explosivas
el francotirador de las filas cerradas de soldados
encontró un blanco fácil en el medio
apuntó sin dudar

al hijo nuestro

y le cerró los ojos llenos de humanidad
y le abrió la cabeza
y escaparon aleteando con fuerza
sus inmortales sueños
y el dolor y la furia como abono
para sembrarse aún más entre los pechos
de la multitud que aquí quedamos.
Cayó su cuerpo entre su sangre y sesos
¡Asesinos, asesinos, asesinos!
gritamos impotentes y furiosos
levantando los puños y los pechos.

Un muerto es demasiado
y ya son muchos, Honduras, tus muertos
para salvarte de tus secuestradores
que te esquilman y hacen morir de hambre
 a la gran mayoría de tu pueblo,
golpistas del Estado cada vez que no les cuadra
su democracia de vitrina.
¡Asesinos, asesinos, asesinos!

Y NO hay modo, no hay forma de decir
este eterno dolor
que nos abisma, que nos enardece
por este hijo nuestro asesinado
por este hermano, hijo y padre nuestro
del cielo aquí en la Tierra.


La muerte verdadera

Endurecí mis ojos para que ya no vieran
más pobreza
acallé mis oídos para que ya no oyeran
más dolor
mutilé mi esperanza para que ya no hablara
más Justicia
emparedé mi alma para que ya no amara
la Verdad
y cuando así maté lo más hermoso
me hice duro caucho
que no sonrió, no amó, ni siquiera lloró
mi propia muerte
porque la merecía
para siempre.

 

 
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