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La historiografía cubana como prólogo a la Revolución (1935-1958) (II)

Jorge Renato Ibarra, 28 de julio de 2011

Historiografía política

Tomás Toledo Batard en su libro La toma del poder político  se propuso caracterizar la situación política cubana en los últimos meses de 1958 y las primeras semanas de 1959, para explicar cómo tuvo lugar la toma del poder  político por la revolución cubana. En la contraportada del libro se especifica que el interés del autor no era «hacer historia», sino utilizar diversas fuentes para introducirnos en los convulsos años 50. A nuestro entender la obra, que contiene alguna información inédita, debió profundizar más en la apreciación de los distintos momentos por los que atravesó la crisis política cubana en 1958 y en la posición de algunos partidos políticos e instituciones sociales.

En cuanto al libro de Ramiro, J Abreu En el último año de aquella República, podemos decir que el mismo le concede un notable nivel de análisis a algunos tópicos de interés. En ese sentido cabe destacar su criterio acerca del golpe de Estado y la presunta vinculación directa de los Estados Unidos cuando señala que lo importante no sería determinar si el cuartelazo fue organizado por Washington sino destacar el beneplácito de la Casa Blanca hacia esa acción. Son también interesantes las reflexiones que hace sobre las posiciones diversas y contradictorias que adoptó la burguesía cubana en el período histórico de los años 50 lo cual ilustra con algunos ejemplos seleccionados. Resulta atinada la aseveración que hace acerca de las complejas disyuntivas que enfrentó la burguesía para encontrar un sustituto de Batista que fuera capaz de amainar la tormenta.

El autor destaca las diferentes posiciones de las instituciones norteamericanas que fijaban la política hacia Cuba y también indica que las dudas de los personeros norteamericanos sobre las medidas que podían ser más efectivas para resolver la crisis política cubana partían de lo  difícil que era encontrar una figura que pudiera llenar el vacío de poder que dejaría Batista. Es importante su consideración de que el embargo de armas decretado por los Estados Unidos resultaba perjudicial para el régimen porque Batista aparecía como desprovisto del decisivo apoyo norteamericano, aunque también indica que esa medida fue violada en algunos momentos.

Un trabajo de este período histórico que refiere el panorama político cubano, dentro de un análisis más puntual del movimiento obrero, y del papel del Partido Socialista Popular es el de Oleg Darushenkov: Cuba, el camino de la revolución. Para estos casos Darushenkov  se limita a utilizar como fuente principal de sus enfoques, la información que obtiene de la prensa del Partido Socialista Popular o la que cita de otros autores soviéticos. Aunque establece con claridad las posiciones del Partido Socialista Popular en la coyuntura compleja de los años 50, comete algunos errores de apreciación así como inexactitudes sobre determinados acontecimientos. En ese sentido cuando refiere la actitud de los partidos políticos y la Sociedad de Amigos de la República al producirse el desembarco del Granma no contempla la maniobra política del gobierno en esas circunstancias ni admite que estos partidos también condenaron el cese de la represión. Cuando refiere de modo muy sucinto las sesiones de la  Comisión Interparlamentaria, no reconoce el peso que tuvo el ataque a Palacio Presidencial en esa convocatoria del gobierno. La mención a la actividad del Conjunto de las Instituciones Cívicas cubanas es muy breve. En cuanto a la acción de la diplomacia norteamericana en este período si bien logra una panorámica general acertada también cae en algunas imprecisiones cuando, por ejemplo, afirma que a fines de 1957, el Departamento de Estado había arribado a la conclusión de que era inminente la dimisión de Batista en un futuro cercano.     

Con respecto a la amplia monografía de José María Cuesta Braniella La resistencia cívica en la guerra de liberación en Cuba , podemos decir que el notable esfuerzo de este autor concluyó en una acuciosa investigación. En esta obra se reconstruye, no solo la historia del Movimiento de Resistencia Cívica en particular, sino también la de sus nexos con otras organizaciones sociales y políticas. Si bien Cuesta Braniella pone en evidencia los puntos de contacto entre el conjunto de las instituciones cívicas cubanas y el Movimiento de Resistencia Cívica, por nuestra parte discrepamos con su criterio que le asigna a las instituciones cívicas un papel de movilización y beligerancia contra la dictadura. En realidad las posiciones del conjunto de las instituciones cívicas cubanas eran más cercanas a una mediación que a una lucha frontal contra el régimen del 10 de marzo. Sin embargo, Cuesta deja demostrado en su trabajo las diferencias entre los propósitos políticos de las Instituciones cívicas de los del Movimiento de Resistencia Cívica, este último adoptó una postura más activa en el combate contra la tiranía y también mantuvo una estrecha relación con el Movimiento 26 de Julio.

En cuanto a los textos que refieren las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos por esos años, uno de los primeros libros que se divulgó en el mundo sobre esta temática fue El cuarto piso de Earl E.T  Smith, una obra muy recurrida pero también muy controvertida. Realizada desde la perspectiva personal de su autor quien nos impone de sus propósitos en el Prólogo cuando señala: “Viví la revolución comunista de Castro, y considero que tengo con el pueblo norteamericano la obligación de demostrar que no era forzoso que ocurriera dicha revolución”. Según este criterio tal pareciera que el destino de la revolución en Cuba dependía totalmente de las medidas que pudieran adoptar los cerebros fríos que en Washington se encargaban de diseñar la política exterior de los Estados Unidos.

El texto está cargado de una gran subjetividad, como toda fuente testimonial, aunque admitimos que esta nos aporta algunos datos necesarios para el conocimiento de esta etapa. En realidad Smith no hace más que justificar su postura de aliado a la dictadura batistiana apelando al argumento manido y poco veraz de que la revolución cubana tenía un carácter comunista desde sus inicios. Su tesis va encaminada a justificar el criterio fetichista y prejuiciado de su visión sobre el movimiento que derrocó el gobierno de Batista. Durante muchos años esta obra se utilizó para facilitar la unidad del exilio cubano y justificar la política hostil de los Estados Unidos hacia la Revolución.

Desde esta perspectiva de análisis también se distingue el texto: Imperial State and Revolution. The United States and Cuba, 1952-1986, de Morris H Morley cuyo contenido fundamental es la política de Guerra Fría en el contexto regional de América Latina. Morley considera las nuevas instituciones y las doctrinas diplomáticas empleadas por los Estados Unidos para garantizar su dominio político y económico; se refiere a los ajustes que hizo la administración de Batista para facilitar la penetración de los capitales norteamericanos, y las garantías que les ofreció en los últimos días de su mandato. Analiza las diferencias entre las  posiciones del Departamento de Estado y las de la embajada norteamericana, también reseña que el consulado norteamericano en Santiago de Cuba advirtió que era necesario plantearse una nueva estrategia política ante el avance de las fuerzas guerrilleras en el país.

Morley establece que para 1958, la creciente polarización social y la expansión de la resistencia nacionalista motivaron que el Departamento de Estado pusiera en duda la capacidad del régimen de Batista para garantizar los intereses económicos extranjeros.

De manera muy general, expone algunas de las propuestas de los sectores de la oposición que representaban los intereses de lo que llama “la burguesía habanera” a favor de un entendimiento pacífico. Reconoce el desinterés de los políticos norteamericanos hacia la situación interna de Cuba antes de 1958 aunque refiere la posición crítica que asumieron algunos congresistas respecto a las masacres perpetradas por la tiranía. El autor  censura la ayuda militar de los Estados Unidos a la dictadura.

Se hace referencia a los motivos que tenía el Pentágono para apoyar a Batista así como las gestiones de la CIA, dirigidas a posibilitar que una Tercera Fuerza impidiera la consolidación del movimiento revolucionario en los últimos meses de 1958. Acerca del embargo de armas señala que dicha política obedeció al deseo de Washington de estimular las negociaciones entre Batista y la oposición oficial para impedir que Fidel Castro pudiese encabezar la resistencia a la dictadura.

Uno de los primeros libros que ofreció  un estudio más completo e integral sobre la política seguida por los Estados Unidos para contener el avance de la Revolución, fue «Contesting Castro» de Thomas G. Paterson. La obra pone de manifiesto las contradicciones entre las diversas instituciones norteamericanas encargadas de diseñar la diplomacia hacia el gobierno de Fulgencio Batista. El autor, desde una posición liberal, critica fuertemente las posiciones más conservadoras de Batista, el Pentágono y el embajador Earl Smith y considera que el fracaso mayor de la diplomacia norteamericana fue no poder encontrar una tercera fuerza que pudiera desplazar tanto a Fidel Castro como a Fulgencio Batista. Sin embargo, Paterson no logra explicarse a fondo ese desacierto porque no estudia la situación interna de Cuba y  por lo mismo no puede evaluar con todo rigor  las potencialidades de esa tercera fuerza.

El académico norteamericano asume el criterio de que algunos sucesos pudieran sugerir o demostrar determinada  coordinación  de acciones entre la Revolución y el gobierno de los Estados Unidos, como si la Revolución cubana le adeudara favores a Norteamérica. Nosotros, en nuestro trabajo, criticamos esas afirmaciones pues si  se estudia a fondo esos hechos se puede demostrar que nunca existieron  acuerdos concertados entre Washington y la Sierra Maestra  y que todo el interés del imperio era impedir el triunfo revolucionario.

Paterson, quien exagera un poco el papel que determinados funcionarios del State Department jugaron en el momento en que se establece el embargo de armas a la dictadura,  afirma que la decisión de Washington de autorizar dicho embargo se debió a la presión ejercida por los políticos y  la opinión pública cubanas. El autor no reconoce que esa medida se aprobó, mayormente, por consideraciones a los intereses de los Estados Unidos: el temor a que las críticas en el congreso y la prensa norteamericanas pusieran en riesgo el éxito del programa de asistencia militar para América Latina. Norteamérica actuaba en función de sus objetivos en todo el continente, no porque le preocupara mucho la opinión pública cubana. A pesar de nuestras diferencias con el profesor Paterson debemos reconocer que se trata de una obra muy enjundiosa acerca de la diplomacia norteamericana en ese período histórico.

Carlos Alzugaray en Crónica de un fracaso imperial, obtuvo un resultado notable producto de su  esfuerzo para someter a  riguroso análisis  las relaciones cubano- norteamericanas, con énfasis en los últimos años del régimen del 10 de marzo. El profesor Alzugaray y yo trabajamos simultáneamente la temática de las relaciones Cuba- Estados Unidos en el período de la última dictadura de Batista.

Partiendo de una amplia bibliografía,  Alzugaray nos brinda, en los primeros capítulos de su trabajo, una panorámica amplia de los antecedentes históricos acerca de los vínculos entre La Habana y Washington. En cuanto al golpe de Estado del 10 de Marzo me parece acertado su criterio de deslindar las posiciones de autores cubanos como Oscar Pino Santos y Enrique Cirules del análisis más reciente de Thomas Paterson. Este último autor, uno de los primeros en trabajar los documentos desclasificados por el gobierno estadounidense, nos ofrece una idea más clara acerca de la manera en que se condujo Washington ante la asonada golpista.

Respecto al criterio de Alzugaray de que el cambio de embajadores norteamericanos en 1957 no representaba una reevaluación de su política hacia Cuba, me gustaría ser más específico. La llegada de un nuevo embajador no era una reevaluación de fondo de la diplomacia estadounidense, pero sí de forma. Aunque coincido con mi colega cubano en que los Estados Unidos mantuvieron su postura de apoyo al régimen castrense, comparto con Paterson el punto de vista de que Smith fue instruido para un cambio de estilo diplomático. También me interesa resaltar la conclusión del autor acerca de que la política estadounidense de prometer armas a cambio de elecciones contribuyó a fortalecer la represión y simulación política del gobierno dictatorial cubano. El profesor Alzugaray llevó a cabo un análisis dialéctico sobre las diferencias entre el Departamento de Estado y la CIA, por una parte, y el embajador Smith y el Pentágono por la otra.

Con respecto a mi obra personal, puedo decir que en este periodo histórico he producido dos libros que versan sobre las alternativas reformistas a la crisis política cubana y el papel de la diplomacia norteamericana, ante los afanes de esos sectores moderados. Se trata de:

La SAR: Dictadura, Mediación y Revolución (1952-1955).  Versión que hube de presentar a la colección Pinos Nuevos. Dadas las premisas de este concurso tuve que hacer ajustes al texto original que era más extenso y solamente pude dar a conocer los resultados obtenidos en el periodo de 1952 a 1955. Posteriormente salió la versión completa de este trabajo bajo el título: Sociedad de Amigos de la República. Historia de una mediación (1952-1958)  La Sociedad de Amigos de la República (SAR) fue una asociación cívica que actuó como máximo exponente de la actividad política de la oposición oficial a la dictadura de Fulgencio Batista, entre los años 1955 y 1956. Esta obra combina el análisis y la descripción de la gestión mediadora de la sociedad, y examina aquellos sectores políticos que incidieron en el proceso de mediación. Con este trabajo quise explicarme la crisis que vivía Cuba así como las actitudes del gobierno, los partidos tradicionales y las organizaciones revolucionarias en la búsqueda de alternativas a una situación insostenible. Pensaba que el conocimiento de los objetivos, métodos y resultados de la mediación de la SAR contribuiría  a la comprensión de que la lucha armada iniciada por Fidel Castro era, realmente, la única solución. En ese sentido, me interesó, definir la ideología de los directivos y demás miembros de esta sociedad, así como establecer el papel de los llamados “intelectuales-políticos” en el diseño de una estrategia de conservación de la hegemonía en manos de los sectores dominantes de la sociedad neocolonial cubana. Hitos en este proceso pudieran ser los manifiestos de la SAR de junio y julio de 1955, el Acto de Muelle de Luz, el Diálogo Cívico, entre otros. El fracaso en los intentos de obtener una solución negociada por los partidos políticos tradicionales demostró que no podía haber salida pacífica a la crisis nacional.

El fracaso de los moderados en Cuba. Las alternativas reformistas de 1957 a 1958. Esta obra nuestra estudia las alternativas reformistas al conflicto político cubano de finales de la década del 50 ,del presente siglo ,y profundiza en la estrategia adoptada durante ese periodo por los partidos tradicionales, las instituciones cívicas, la Iglesia Católica, el régimen de Batista y el Departamento de Estado norteamericano. Esos sectores, que detentaban entonces el poder económico, político y social, no pudieron ofrecer una solución para superar la crisis política que puso en riesgo el dominio neocolonial en Cuba. Me interesaba darle continuidad a los estudios que había iniciado en mi trabajo sobre la SAR confirmando la tesis de Lenin sobre la llamada “Crisis en las alturas” dentro de toda situación revolucionaria. En este trabajo establezco cómo la intransigencia reaccionaria del régimen del 10 de marzo impidió que se produjese una transición hacia una apertura democrática burguesa.

Conclusiones Generales:

En sentido general se ha ido superando la situación que heredó la historiografía cubana al triunfo de la revolución cuando, al decir de Oscar Zanetti, debió apoyarse en dos asideros fundamentales: la tradición nacionalista y la corriente marxista. Se ha desarrollado en estos años una base empírica a la vez que, con los nuevos métodos de revalidación del papel del sujeto, se ha consolidado una visión más compleja y alternativa de ese periodo histórico.  Sin embargo, en ese sentido queda todavía mucho camino por recorrer en el propósito de reconstruir la experiencia republicana que nos permita captar una imagen más integral de nuestra historia nacional.

Jorge Ibarra Cuesta indica que más allá de la vinculación directa entre lo político y lo económico, deberíamos considerar que en lo social existe un terreno intermedio donde se pueden integrar lo económico y lo político. Ciertamente Ibarra Cuesta reafirma que en lo social se conforma un campo privilegiado, donde toman forma las actitudes de clases y grupos, así como sus estados de ánimo. Con toda justicia Ibarra considera, que deben adelantarse estudios en el campo social que vayan más allá de la estructura de clases, para penetrar en formas de la hegemonía cultural e ideológica. Para el logro de  ese propósito resulta preciso adelantar investigaciones sobre familia, parentesco, y género.

Aunque debemos estar alertas para no caer en la trampa del fraccionamiento historiográfico que nos advirtiera el historiador español Carlos Barros. Barros estima que la diversificación entre las especialidades nos aleja de una visión global del pasado humano. En ese orden de cosas proponemos insertar los estudios culturales y de mentalidades en el campo de las relaciones de poder, donde también se expresa la lucha de clases. Más allá de la lucha de clases será preciso indagar en los consensos que por vía de la sociedad civil obtienen las clases hegemónicas, en esos vínculos internos que unen y separan a las clases constitutivas de la sociedad. Se impone así la necesidad de buscar un nuevo paradigma en este nuevo siglo XXI.

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