El patio de los azahares: decadencia de una familia aristocrática cubana
Aferrarse a las cosas detenidas,
es ausentarse un poco de la vida
(Fragmento de una canción popular).
El escritor y dramaturgo Gerardo Fulleda León es el autor de El patio de los azahares, el estreno presentado por la compañía teatral Rita Montaner, dirigida por el destacado intelectual santiaguero, en la capitalina sala El Sótano.
Inspirada en la obra El jardín de los cerezos, del célebre escritor ruso Anton Chejov, en homenaje al aniversario 150 de su natalicio, Fulleda León —con gran respeto a la versión original— extrapola la trama de ese texto a la Cuba Republicana de principios del siglo pasado y la ubica en el poblado de Palma Soriano, en la región más oriental del país.
Doña Lidia Carmona de Cortés (Oneida Hernández), es la propietaria de la finca, donde crece un limonero, que es legítimo orgullo de la familia, integrada por su hija Ana (Anabel Suárez); Valia (Yanell Gómez), la hija adoptiva; Leonardo (Jorge Luis de Cabo), el hermano; y Fina (Trinidad Rolando), antigua esclava de la hacienda, de cuyos labios escapan los versos de la poetisa y escritora Nancy Morejón, Premio Nacional de Literatura 1991.
En torno a ese aristocrático núcleo familiar, se mueve un colectivo de actores y actrices que completan el elenco artístico de esa puesta en escena con sutiles pinceladas tragicómicas.
La familia Carmona de Cortés, después de su regreso de la urbe neoyorquina, se enfrenta a una triste realidad: desde el punto de vista económico, ha perdido toda su fortuna, y en consecuencia, ha quedado en la más absoluta ruina material y espiritual.
Para salvarse de los acreedores, la dueña de la finca se ve en la penosa necesidad de hipotecar o vender el terreno (incluida la casa), para poder salir de esa desesperada contingencia, que la agobia y exaspera.
Erasmo López (Luis Ángel Lin), descendiente de esclavos, y ahora terrateniente, que aspiraba a casarse con Valia, le aconseja a la señora Carmona de Cortés hipotecarle la finca a unos empresarios norteamericanos, dueños de un central azucarero cercano, quienes —al parecer— le ofrecerían una cuantiosa suma de dinero a la endeudada viuda.
Lidia le encomienda dicha tarea a Leo, pero —en última instancia— quien compra la propiedad es el terrateniente López, quien siempre ambicionara la posesión de esa hacienda, con el objetivo de eliminar los limoneros, y por ende, sembrar caña en esas tierras, para confirmar aquel polémico aserto republicano de que «sin azúcar no hay país».
La acción dramática de El patio de los azahares se desarrolla entre la angustia (miedo a lo desconocido), que le genera a doña Lidia perder lo que había heredado de los antecesores, sobre todo la casa y los limoneros, que evocaban con marcada nostalgia su niñez, adolescencia y primera juventud, o sea, un pasado mediato que jamás regresaría, ya que —desde la vertiente socio-económica— la situación familiar había cambiado de forma desfavorable.
En consecuencia, no le quedaba otra opción que aceptar la realidad (vender o hipotecar la hacienda), o perderlo todo a manos de los acreedores, quienes —de un momento a otro— la devorarían como las pirañas humanas que eran.
El final es lamentable, porque la familia Carmona de Cortés se fracciona y mientras Lidia e Iván (Francisco Javier), criado joven, viajan de nuevo al extranjero, los demás se quedan en la antigua provincia de Oriente o se trasladan a la capital del país.
Como en toda pieza teatral, máxime si se trata de un estreno, las actuaciones fluctuaron entre lo mejor y lo aceptable, aunque estoy seguro de que con grandes posibilidades de afilar mucho más la puntería para dar en el blanco con mayor precisión.
No obstante dichos señalamientos críticos, El patio de los azahares es una obra, cuyas situaciones tragicómicas hacen reír al auditorio, pero —al mismo tiempo— lo incitan a meditar (hacer silencio interior para escuchar los sonidos que emite nuestro yo, el auténtico, el verdadero), acerca de un aforismo filosófico: «el pasado y el futuro devienen trampas existenciales; el hombre solo vive el presente, o mejor, el aquí y el ahora».
