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Martí y la universalización de la cultura (I)

Luis Álvarez Álvarez, 15 de julio de 2011

El tema de la universalización de la cultura es, por sí solo, moneda corriente en la contemporaneidad. Y, sobre todo, campo de batallas a veces enconadas. Creo que la inmediatez del problema está aneblando muchas ópticas y sobrecalentando muchos ánimos. La idea de que una universalización de este tipo constituya un peligro porque su orientación pretensa sea la atenuación, cuando no la supresión, de las culturas nacionales y regionales, en aras de una entidad supranacional, una cultura “global”, tiene que ser examinada también con toda mesura. Pues ya en el siglo XIX, precisamente en el momento de instalación del capitalismo como modo de producción económica, y, de hecho, también cultural, se avizoró con entera claridad la existencia de una corriente subterránea que estaba conduciendo el desarrollo, al menos en la esfera del arte, hacia una universalización. El pensamiento de José Martí, tiene mucho que aportar para la defensa de nuestra América frente a una globalización a ultranza.
 
Nuestra América seguirá siendo en el nuevo milenio un texto de enorme magnetismo. Conviene reflexionar sobre algunos enfoques de lectura de este texto, porque su título y su amplio significado, abarca, en mínima extensión, la magnitud inmensa del Continente Mestizo. Este ensayo prodigioso ha sido objeto de recepciones diversas: la lectura política y la lectura estilística, la lectura biográfica y la lectura visionaria. Sería bueno pensar en la posibilidad de que, en el Nuevo Milenio que se inicia con tan sombrías perspectivas, pudiéramos los hispanoamericanos proponernos una nueva lectura que se integre a las ya efectuadas. Se trata de un acercamiento a la visión de la cultura que en ese texto aparece conformada. Martí se asomó a la cultura como parte de su interés por los temas más urgentes para la Hispanoamérica de su tiempo y de todos los tiempos. Aun no habiendo sido estrictamente un culturólogo en sentido actual, no podía, en atención a su fundamental humanismo, dejar fuera de sus reflexiones un aspecto tan importante como el de la ponderación de la cultura, en tanto ámbito inalienable para la realización del ser humano. Así, vuelve una y otra vez sobre el problema de para qué, dónde y cómo realiza el hombre su existencia. La reconocida prioridad que concede a la sociedad en sus más diversos y amplios sentidos (sea materializada como patria, o como conjunto idiosincrásico latinoamericano), y, por otra parte, a la eticidad como actuación concordante con las necesidades de ella, son garantías a priori de que, en efecto, una indagación de un tema semejante no puede ser ajeno al corpus de la obra de Martí. Por otra parte, sus páginas evidencian rasgos que permiten confirmar de antemano la validez de la propuesta: Martí conoció el pensamiento de Giambattista Vico, cuya Scienza nuova atrae la atención sobre una vertiente no cartesiana del saber, la de la conciencia histórica y, por ende, cultural, razón por la cual sentó bases valiosas para el desarrollo ulterior de la reflexión sobre la cultura. Que Martí aluda, aunque sea de modo sumario, al gran pensador italiano, indica, por lo menos, que lo consideraba interesante. Eso abre la posibilidad de que Martí haya tomado contacto con la idea de Vico respecto de una consideración científica sobre aspectos que netamente se enclavan en el epicentro de la reflexión acerca de los fenómenos culturales: el lenguaje, el mito, la religión y la poesía. Por otra parte, y más nítidamente tangible que una hipotética valoración martiana sobre el filósofo italiano, es el contacto del prohombre cubano con la obra de un pensador que, con mayor derecho que Vico, puede ser considerado como uno de los pilares fundadores para la reflexión culturológica contemporánea. Se trata de Johann Gottfried von Herder, a quien Martí se refiere con palpable admiración en varios momentos, como cuando, en La Opinión Nacional, lo denomina «poeta y pensador» y a renglón seguido califica su estilo como dotado «con singular acierto y esplendor» en una obra que, con toda evidencia, el Apóstol sí leyó.1 Ernst Cassirer, al examinar la evolución histórica que condujo a la aparición de la consideración científica y filosófica sobre la cultura, subraya la importancia crucial del pensamiento herderiano al señalar: «Es Herder quien proyecta el resplandor de la conciencia filosófica sobre lo que en Vico aparece todavía envuelto en la penumbra semi-mítica».2 Del pensamiento herderiano debió de haber tomado Martí la noción de la historia humana como ámbito integrativo de las diversas proyecciones de la cultura, donde, a diferencia del panorama trazado por Vico, el proceso de evolución no consiste en un inexorable apartarse, en sucesivos descensos decadentes, de una primigenia edad dorada de la convivencia humana, sino, por el contrario, resulta un desarrollo que debe conducir hacia un estadio del mayor valor, lo cual, por cierto, es una anticipación de ideas que luego Hegel llevará a consecuencias extremas.3 Y hay que recordar además que, en el dar y tomar en que consiste siempre el desarrollo del pensamiento filosófico, Hegel, que admiró tanto a Herder, es la piedra de toque de las ideas de Krauze, el hegeliano menor tan difundido y considerado en los círculos académicos e intelectuales de Hispanoamérica en la época de Martí.

Por otra parte, el prohombre cubano tenía, además de su personal interés por la comprensión de la cultura como fenómeno de importancia crucial, otras fuentes de estímulo para asomarse a este tipo de reflexión. Es, en suma, el ámbito de las ideas en Estados Unidos, donde Thoreau y Emerson, cada uno desde sus posiciones específicas, estaban desarrollando un pensamiento que, por la vía de una crítica determinada sobre los valores que estaban comenzando a imponerse peligrosamente en Norteamérica —la concepción de un “sueño americano” basado en la sobrevaloración de la competitividad económica, el maquinismo, la tecnologización a ultranza y la devastación de la Naturaleza—, también adelantaba, de manera difusa, pero ciertamente perceptible, una concepción sobre la cultura, en la que prima no solamente un sentido de redignificación del hombre sobre la base de un mejoramiento de su conducta ética, sino también una visión de la cultura como integración de valores y unidad de lo diverso, lo cual se produce tanto en el universo social de la cultura, como en sus manifestaciones a nivel del individuo. Así, Emerson apunta en Hombres simbólicos algo que puede aplicarse directamente al autor de “Nuestra América”:

Todo gran artista está formado por síntesis. Nuestra fuerza es transeúnte y alternante; diríamos que es la unión de dos riberas. La orilla del mar que, vista desde el mar, es playa, y vista desde la playa es mar; la influencia recíproca de dos metales en contacto; nuestro afecto aumentado a la venida y a la partida del amigo; la experiencia de la creación poética que no se halla en casa ni de viaje, sino en las frecuentes transiciones y mudanzas; este dominio de ambos elementos es lo que explica el poder y el encanto de Platón.4

Así, nutrido, como gran artista que era, de las más diversas fuentes nutricias, el pensamiento de Martí sobre la cultura se despliega a lo largo de toda su obra, y, en particular, se condensa centelleante en su ensayo Nuestra América. En este texto cardinal de Martí, se concentra con mayor fuerza de su idea sobre el carácter transformador de la cultura. Aquí se destaca especialmente cómo el autoconocimiento es el punto de partida para una verdadera transformación de la patria continental:

No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América?.5

La cultura, en la idea martiana, es ante todo un acto de inteligencia, es decir, una actividad adaptativa y selectiva, destinada, por una parte, a alcanzar una homeostasis (equilibrio) entre los hombres, y entre el hombre y la Naturaleza. Aspira a un equilibrio no tanto inestable cuanto, sobre todo, dialécticamente transicional, que en cada etapa logre tensar las energías de la sociedad para garantizar una supervivencia y un crecimiento hacia peldaños superiores de lo humano. Pero esa homeostasis no se obtiene por la vía de la mera acumulación informativa, en la cual hay el riesgo permanente de que se acopie la información por el simple gusto de hacerlo, lo cual incluye, desde luego, la adquisición mimética y estéril de patrones foráneos no verdaderamente productivos, fenómeno contra el cual arremete Martí nítidamente en “Nuestra América”. La verdadera creatividad en el marco de una cultura efectiva y nutriente, se asienta sobre un aspecto esencial: el papel que, con extraordinaria anticipación, asigna Martí a la comunicación cultural. Hoy, en que la Semiótica ha subrayado la necesidad de aprender a leer no meramente textos escritos, sino la cultura toda, hoy, en que el pensamiento postmoderno subraya la necesidad de comprender la razón del Otro, la dinámica social, en su sentido más nítido y constructivo, se desarrolla en términos de una comprensión de que la identidad cultural, esencial para la vida de los pueblos, consiste en que un grupo social se conoce a sí mismo en la medida en que puede compararse e interrelacionarse con otros grupos a quienes no imita vanamente ni destruye. Esa «razón del Otro», que en la estética contemporánea se asocia sobre todo con la postura neobarroca, es la que Martí sugiere y defiende para el Continente Mestizo, la tierra elegida del Barroco. Por eso una lectura contemporánea de “Nuestra América” nos pide atender a un pasaje luminoso de su texto:

Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son.6

La comunicación cultural, por tanto, es sentida por Martí como una toma de conciencia de un conjunto multifacético de matices de la cultura, que abarcan desde lo más obviamente semántico, conceptual e ideológico, hasta sus rasgos psicosociales más diversos, incluida la poetización de la relación interlocutiva. En esa alusión a la comunicación entre los pueblos, como forma de conocerse, pero también de autoafirmarse, está implícita también una autodefensa de lo esencial del ser hispanoamericano:

[...] el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a pone en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.7

 

___________

1 Se trata de la Historia de la poesía hebrea, mencionada varias veces por Martí. Consta, por lo demás, que el prócer cubano leyó el estudio de la baronesa de Carlowitz sobre el pensamiento herderiano.
2 Ernst Cassirer: Las ciencias dela cultura. México. Fondo de Cultura Económica, 1955, p. 21-22.
3 No puede olvidarse que Hegel valoró en alto grado el pensamiento herderiano, a pesar de su falta de cientificidad.
4 Ralph Waldo Emerson: Hombres simbólicos.  Buenos Aires. Ed. Thor, 1945.
5 José Martí: Obras completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1973,  t. 6, p. 17.
6 Ibíd., t. 6, p. 20.
7 Ibíd., t. 6, p. 22.

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