La guerra inacabada

El pasado sábado en el programa Informe Semanal (Televisión Española) emitieron un reportaje sobre el comienzo de la Guerra Civil Española, del que este 18 de julio se cumplen 75 años. La Guerra Civil Española, después de la Segunda Guerra Mundial, es la contienda bélica que ha generado más estudios, más literatura, miles de páginas en que los protagonistas han dejado huella de su memoria y los investigadores e historiadores han indagado en los datos escondidos en los archivos y en la memoria de las gentes para intentar poner algo de luz en las sombras propagandísticas que se han ido superponiendo en cuarenta años de dictadura.
En el programa televisivo, historiadores del prestigio, como Paul Preston, alternaban sus opiniones con otros para mí desconocidos, pero que habían pasado gran parte de su vida analizando los miles de documentos que han sobrevivido a una dictadura empeñada (como así sucede con todas las dictaduras) en reescribir el pasado, su propio pasado. Cuarenta años en que se ha podido destruir, extraviar, modificar toda aquella información que se consideraba pertinente y cuyo alcance no podemos ni imaginar. Tan solo un dato: en 1977, el entonces ministro Martín Milla ordenó destruir el archivo de la Falange. ¿Qué ha podido suceder anteriormente en la impunidad de la dictadura? Cualquier cosa.
En el reportaje de Informe Semanal, titulado precisamente “La guerra inacabada”, se daba cuenta de los primeros momentos del alzamiento de tropas rebeldes al gobierno democrático de la República, y la forma de expresarlo, en su más estricto sentido histórico, no dejaba de soprenderme, pues iba en contra de cuarenta años de propaganda que ha dejado una memoria colectiva muy difícil de modificar, pues casi pertenece a nuestro inconsciente: hablar de un ejército rebelde y traidor a quienes debían respeto y obediencia, como era el gobierno elegido en las urnas (como en la actualidad, nuestros representantes políticos), de una serie de generales leales a la República, cuya memoria se está recuperando en los últimos años del ostracismo y de la injuria con que la dictadura franquista los había sumido, debía ya instalarse en nuestro modo de ver el pasado, pues responde a una realidad histórica que la propaganda del NO-DO fue tergiversando, modificando, manipulando con todos los resortes que da la impunidad y el poder absoluto de una dictadura.
Como muchos, no he leído (ni tengo ninguna intención de leer) las entradas dedicadas a Franco en el Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia, pero no es de recibo que en el siglo XXI todavía los restos de la propaganda franquista sigan poniéndose negro sobre blanco con el sello de una institución de prestigio (que lo ha perdido todo con esta magna empresa y con su falta de respuesta después del error cometido) y financiada con dinero público. Uno de los entrevistados en el programa de Informe Semanal, representante de los agustinos del Monasterio de El Escorial, hablaba de la necesidad de sacar lecciones de la historia para no cometer los mismos errores en el futuro: más razón que un santo.
Y creo que a estas alturas, no podemos dar un paso atrás en la lección histórica de ser capaces de mirar al pasado con los ojos del historiador, del científico que es capaz de llamar a las cosas por su nombre y no por las vendas ideológicas de la propaganda: y así, el 18 de julio de 1936 se produjo un golpe de estado, capitaneado por una serie de generales rebeldes y traidores al gobierno legítimo de la República, que pensaban que todo acabaría en unos días, en unos meses, dada su superioridad en armas y en estrategia (a fin de cuentas, su función en la vida había sido armarse y prepararse para proteger a la República, a la que debían lealtad) y la falta de organización y preparación de sus enemigos, que eran sus propios vecinos, familiares.
Y todo parecía seguir el guión (algo lento) establecido, con las tropas rebeldes y traidoras capitaneadas por Franco para llegar a Madrid, pero el rechazo de la ciudad al ataque enemigo en noviembre (ya con el gobierno en Valencia, pues se consideraba la capital más que perdida) dio un vuelco a todos los planes y el golpe de estado se convirtió en la guerra civil española, la guerra inacabada.
Paul Preston, que ha dedicado buena parte de su vida a estudiar la contienda, desde su posición privilegiada de una mirada externa, no contaminada por tantos de los tópicos, los miedos, los lugares comunes en que solemos caer los españoles cuando nos enfrentamos a esta herida abierta de nuestra historia, destacaba la diferente naturaleza de las represalias que se habían dado en zona republicana y en zona franquista, en zona leal y en zona rebelde.
Si en la zona republicana, los primeros meses después del golpe de estado todo fue un caos (alejada la autoridad del ejército y de las fuerzas del orden público, fueron las milicias las que se hicieron con el poder de la calle y de las represalias, de las venganzas contra lo que consideraban causas de su sometimiento, como era la Iglesia y sus símbolos), y solo después de noviembre del 36, con la resistencia de Madrid y la posibilidad de darle la vuelta a un golpe que, en sus primeros momentos, se consideró victorioso, el orden comenzó a ser recuperado y con él se limitaron, aunque no siempre, las matanzas indiscriminadas y las represalias; en el bando rebelde, el bando del golpe de estado, esta represalia se hacía a partir de la autoridad, organizado por el mismo y utilizando todos sus resortes de poder.
En el programa de Informe Semanal, un historiador extremeño que se ha dedicado a estudiar en los archivos la cruel represalia vivida en tierras extremeñas, una de las más feroces y sanguinarias de toda la contienda de la Guerra Civil, aportaba un nuevo dato: muchas ciudades y los pueblos extremeños pasaban de un día para otro de bando, con lo que las represalias se multiplicaban… cuando algunos huían de un pueblo por las represalias franquistas y llegaban a una población republicana y contaban las matanzas de las que habían sido testigos, se desencadenaba una contestación de violencia y de represalia, que iniciaba una espiral de matanzas, de crueles matanzas que ha escrito las peores páginas de nuestra reciente historia.
Una historia que se cubrió de silencio, de miedos, de sospechas. Mi familia materna es de Badajoz y mi pueblo extremeño, Casas de Don Pedro, sufrió como pocos esta represión. Todos tenemos historias familiares que contar; pero eso sí, contar en la intimidad de las mesas de camilla y en las noches oscuras y silenciosas del invierno. Tuve que ir a Jerusalén para enterarme allí, en un bar muy cerca del Santo Sepulcro, que en Casas de Don Pedro se instaló uno de los campos de concentración franquista más crueles y sanguinarios de toda la Guerra Civil.
Terminaba el programa de Informe Semanal con una idea, que daba sentido a su título: solo se podrá hablar de la Guerra Civil Española como una guerra terminada, una guerra que forme parte de nuestro pasado y no de nuestro presente (heridas sangrantes que todavía supuran propaganda y dolor) cuando conozcamos el nombre de todas sus víctimas, de todas esas miles y miles de españoles que siguen enterrados en fosas comunes, tirados como animales en cunetas, en fosas abiertas en nuestros campos, incluso en nuestros cementerios (como las de las mujeres de Linares, asesinadas por no querer denunciar a sus maridos, a sus hermanos, a sus padres…). Fosas cerradas que son las heridas abiertas de nuestra democracia, que solo lo será realmente cuando seamos capaces de mirar la Guerra Civil Española como parte de nuestra historia, recuperando sus gestos, sus caras, sus sombras y a sus protagonistas, a aquellos que les tocó vivir lo que nadie queremos que se vuelva a repetir: la lucha entre hermanos.
Tan solo conociendo el nombre de todos, de las víctimas y de los verdugos, seremos capaces de convertir a la Guerra Civil Española en una página más de nuestra historia, una página en que comencemos a hablar de leales y de traidores, como lo fueron los generales republicanos y aquellos otros que se levantaron y acabaron con el gobierno legítimo de aquel momento.
Tomado de Cuaderno Rojo
Nota: Foto cortesía de Público.es (García Lorca, de pie, habla en un acto de homenaje a los poetas María Teresa León y Rafael Alberti, en febrero de 1936. EFE)
