Miguel Collazo: el hijo de un mundo sórdido
En el gremio de los escritores, y a lo largo de mis cuarenta y dos años de gremialista, he conocido muchos, muchísimos colegas; algunos han sido mis grandes amigos, otros algo parecido a aquellos travels fellows del pasado militante, y otros solamente conocidos. Evidentemente algunos enemigos me han acompañado en el camino, pero ellos nunca han estado dentro de mis prioridades. Recuerdo un consejo que hace muchos años me daba un amigo muy romántico y medio cursi: “tienes que ser como el sándalo, que perfuma el filo que lo corta”. Y tenía razón mi amigo, como mi formación fue cristiana yo no se guardar rencores, no se de venganzas, solo puedo perdonar. A veces, en un primer arranque, la cólera toma la ventaja, pero luego la calmo, y sigo mi andar, que ha sido y es aún muy atractivo.
Pero sucede que no he tenido intención de hablar de mi, y toda esa perorata anterior es para recordar que hubo un escritor a quien admiré por sus maneras, y admiro por su obra, y con quien solo pude cruzar unas pocas palabras triviales, aunque siempre me hubiera gustado ser su amigo, entre otras causas, porque hay ciertas coincidencias en nuestras vidas.
Y me refiero al narrador, artista plástico y escritor teatral Miguel Collazo.
Collazo nació en La Habana, en 1936, y murió en esta misma ciudad en 1999.
De las dificultades que mostró su infancia y que influyeron en su formación, así como en su carácter, su amigo Fayad Jamís ha dicho: " Mundo sórdido el de Miguel, que se inicia entre las cuarterías, acarreo de agua, pícaros baratos, bobos de barrio, locos, politiqueros, y personajes extravagantes".
En la década del cincuenta estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes de San Alejandro. Formó parte del grupo Los Cinco y, a partir de su primera muestra en la Galería Lex en 1956, realizó varias exposiciones personales y colectivas dentro y fuera de Cuba.
Su primer libro: El fantástico mundo de Oaj, una novela publicada por Ediciones Unión en 1966, mezcla hábilmente la fantasía y la realidad, y teniendo como marco La Habana Vieja, con personajes populares tomados de la realidad, cuenta del enfrentamiento de los hombres con una raza más evolucionada que visita la Tierra. Esta obra mostró la fuerza que podía enseñar una literatura de ciencia-ficción eminentemente cubana, sin la influencia de escritores foráneos y con temas y personajes puramente isleños. Es, además, una revisitación a sus años de infancia y adolescencia.
Su novela El viaje, también publicada por UNION en el año 1968, expone un suceso que se desarrolla en un planeta remoto donde los seres humanos son sometidos a situaciones extremas. Muestra, también, una poética particular, donde combina hábilmente la ciencia-ficción con serias reflexiones existenciales.
Onoloria, por otra parte, es una novela breve con un amplio lenguaje poético, y aborda las reflexiones de un alquimista que trata de desligarse del mundo, porque situaciones externas lo obligan a ello. Onoloria, su esposa, vive junto a él acontecimientos misteriosos y fantasmagóricos. Este tercer título, publicado también por UNIÓN en 1973, provocó reacciones entre los lectores y la crítica, que al decir del investigador Roberto Méndez “fueron de la indiferencia al asombro”. La novela fue premio de la Crítica en su año de publicación.
El arco de Belén, cuentos publicados en 1976 por la colección Manjuarí, de Ediciones UNION, muestra la miseria humana en todas sus dimensiones, teniendo los cuentos como marco de acción el propio Arco de Belén de La Habana Vieja.
El laurel del patio grande fue publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1978, y en ella el autor mezcla la narración con meditaciones personales y el consabido lenguaje poético.
Su obra en sentido general constituyó un elemento extraño, y quizás hasta perturbador para algunos, en aquel tiempo en que en la narrativa cubana eran muy frecuentes temas como la lucha contra bandidos, la zafra, y otros asuntos contemporáneos y concretos de la situación cubana de entonces, en fin, temas de la inmediatez y a veces hasta del oportunismo. Y esta obra, que se desarrolla en lo profundo de la imaginación, casi sin acción visible, llena de oscuridad y sugerencias, vino a ser para muchos algo así como “un extraño en el Paraíso”.
En pleno Período Especial, cuando habían desaparecido los textos de las librerías y solo se lograban imprimir mínimos y sencillos plaquetts, Ediciones UNION le publicó el cuento “La gorrita del Papa”, en 1991, cuento al que voy a hacer referencia al final de este intento, porque entre otras cosas me tocó muy de lleno su organización, impresión y distribución, y porque además, resulta sumamente destacable, que este simple y humilde plaquett, obtuviera el Premio de la Crítica en su año de publicación, dada la calidad y organicidad que contiene.
En una entrevista realizada por José Antonio Pola y Jorge J. Bernal, e incluida en el texto Quiénes escriben en Cuba publicado en 1985; Miguel nos dice:
“Por otra parte les diré que en toda mi obra la realidad siempre vence a la ficción. Hasta la ficción más pura es anómala. Pretendo, después de todo, simbolizar un hecho real. Y qué es el símbolo sino un intento supremo, casi desesperado, por atrapar y fijar un cúmulo de hechos reales cuya enorme complejidad o especial naturaleza escapa a la comprensión del propio autor?”
Y ante la incisiva pregunta de por qué la ciencia ficción, responde:
“Por supuesto, no soy un teórico de la ciencia ficción, pero es un género que como el policial apasiona a casi todo el mundo; entretiene y hace pensar al hombre, lo sitúa dentro de problemáticas nuevas, agigantando situaciones actuales y proyectándolas hacia el futuro, en cuyo desarrollo va implícita una cuestión ética y social”.
Su otro texto, Dulces delirios, fue publicado también por UNION en 1997, y la novela Estación Central, publicada por Letras Cubanas en 1993. Estos dos últimos fueron de nuevo ganadores del Premio de la Crítica.
En el libro Caligrafía rápida, de Norberto Codina, publicado por la Editorial José Martí en el 2011, se puede leer el texto “Miguel Collazo y el sentido último de las cosas”, del cual extraigo algunos párrafos que pueden ser muy interesantes y que proporcionan una visión personal de quien tuvo una intimidad mayor que la mía con este autor:
Conocí a Miguel en 1971, cuando yo deambulaba con otros aprendices de escritores entre los portales, jardines y pasillos de la casona de H y 17. La timidez de ambos, la de él casi en los límites del autismo, que para el desconocido podía ser soberbia u hosquedad, nos llevó a una extraña relación de amistad donde nos saludábamos en un breve intercambio, y con el tiempo llegamos a querernos, pero apenas compartíamos. El sentido de estas pobres líneas, como un exorcismo, es que lo sigo recordando y tengo presente en mi memoria su cálido abrazo de los últimos años, y en nuestro visceral machismo, ese fugaz beso vergonzante en la mejilla, hoy natural en algunos de mis socios, fraternos y ambientosos.
Siempre me llamó la atención que en aquellos años donde se imponía una retórica, en el mejor de los casos, realista o coloquial, sus textos apostaban por lo fantástico, lo irreal de lo real, lo mágico en lo cotidiano…
Unos meses después de su muerte, le rendimos homenaje en La Gaceta…con un dossier ilustrado con sus dibujos y con un gran número de inéditos, prácticamente todos los que su viuda, la actriz Xiomara Palacios, pudo encontrar, excepto el manuscrito del libro Trastiendas, comprometido con Ediciones Unión.
En la nota de presentación se decía que los textos de Collazo “dan fe de uno [de nuestros] narradores más constantes”. Allí, hace ya siete largos años, reclamamos el Premio Nacional de Literatura, que entre otras deudas, nos quedamos debiéndole a un escritor, que sin proponérselo, ejerció su magisterio en la narrativa cubana contemporánea.
Como diría el poeta Emilio García Montiel, en una emotiva crónica que apareció en esa misma revista, Collazo poseía “esa profundidad del gusto que damos en llamar delicadeza”.
Por su linaje de alquimista, restaurador de profesión, devoto de la caligrafía, cultivador selectivo de plantas y de amigos, con una vocación silenciosa y solitaria, tuvo la legítima angustia de querer trasformar lo breve en eterno. En esa soledad tuvo compañía en Xiomara, Abelito, su gata Muma, sus libros, cuadros y objetos preferidos, y unos pocos amigos íntimos, con toda la responsabilidad y consecuencia que compromete el término.
…Collazo sumó a su obra más de una docena de volúmenes de cuentos, novelas, y lo que él dio en llamar “prosas”, merecedores de cuatro premios de la crítica, y que, pese a lo poco conocido y menos divulgado de su trayectoria artística y literaria, dejaron una impronta en varias generaciones de fieles lectores y hasta en la heterodoxia de los más jóvenes.
…Lo recordamos al tomar su inseparable cajetilla de cigarros y con gesto de prestidigitador escamotear el correspondiente, o manipular la cafetera, sembrar una planta en la maceta preferida, levantar ceremoniosamente el tosco vaso de bordes afilados (“Soy de la orilla de un vaso que corta”, diría Bukoswski), o el pomito de compota, continente del peor alcohol, al lado del Puente de Hierro, o en el glorioso Niágara, de Línea y 18, con ese ritual de las criaturas que están al regreso de todo.
…Su obra toda, tanto pictórica como literaria, la ejerció con esa voluntad de creación silenciosa, en los márgenes que fue su vida misma y su manera de moverse entre nosotros. Con su hablar pausado y sus gestos acompasados, nos hacía partícipes de su orgánica identificación con los límites de la belleza. Como bien escribió su entrañable amigo Guillermo Prieto, “Miguel padecía la urgencia de explorar en la existencia con incisivo afán, como cirujano del espíritu, el sentido último de las cosas”.
“La gorrita del Papa” es un cuento que ya impreso tiene 19 cuartillas. La acción se desarrolla en el Bar del Potín de Línea. Desde el punto de vista formal es una obra totalmente realista, aunque hay momentos en que el lenguaje poético interviene con fuerza, como sucede por ejemplo, en un párrafo en que se trabaja el ambiente del día, y que Collazo define así: “Afuera el sol resplandecía en un arco celestial de luces, y el oro del polvo ascendía hacia una inmensa campana de un azul conmovedor”. Fíjese el lector que esta es una manera de poetizar lo cotidiano, lo elemental, casi lo nimio. ¿O es también sarcasmo puro?
En el bar del Potín, Maison Francaise 1908…Letras doradas, con coronita y todo y…!Qué mierda, ni hielo hay allá dentro!, se ha establecido una discusión entre borrachos consuetudinarios, todo en medio de los estornudos continuos de un personaje llamado Felo y con el sonsonete del que pudiera ser el protagonista principal del cuento, una suerte de tarado, conocido por “Papa”, que repite constantemente “estoy contento, Papa, estoy contento…Con la frase “¿Qué tendrá el Papa debajo de la gorra aquella, llena de distintivos de todas clases?”, el autor nos describe de un plumazo la figura del individuo.
El estilo es muy cercano al de Isaac Babel en “Caballería Roja” donde los acontecimientos más trascendentales se dan como si fueran asuntos de poca importancia y carentes de emoción, para que el lector le agregue su propio sentimiento; y también recuerda la teoría de “la punta del iceberg” de Ernest Hemingway, en el sentido en que solo nos ofrece claroscuros del acontecer, una mínima muestra de lo que en verdad sucede.
Hay un elemento muy interesante y tiene que ver con el retrato que se hace del momento mismo que se está viviendo, recuerde que andábamos por la peor parte del llamado Período Especial, ello logra que el cuento sea un fresco de la cotidianidad, como si fuera la noticia de un diario, y por supuesto, que salgan a flote las miserias, las envidias, las intromisiones en la vida ajena, los conflictos conyugales, la venta de oro y plata de entonces, la venta ilegal de conejos, el ladronzuelo del barrio y las incoherencias del Jefe del Sector; todos asuntos reflejados con nitidez y fuerza como parte de la discusión, y con una síntesis que por momentos llega a ser verdaderamente genial, dando a entender finalmente Collazo, en una suerte de moraleja sugerida, que todos estos menesteres son los que hacen ordinaria la vida para aquellos que carecen de espiritualidad y se mueven dentro de un materialismo pueril.
Otro asunto interesante es la forma en que se maneja la visión que tienen los no bebedores de aquellos que lo hacen de manera continuada y sistemática. Mucho hay de discurso personal, crítico y emotivo, censurador del que guarda las apariencias y se da golpes de pecho, cuando es, como diría Nicolás Guillén, “un diablo, diablo, diablo”. Hay un momento de la narración que no quiero pasarlo por alto y lo pongo a disposición de ustedes, a fin de que observen la síntesis y lo certero de la reflexión de uno de los bebedores:
“Coño” – dijo – “este es el único país donde…yo no sé. No sé, en todas partes la gente bebe y tiene sus barcitos en la casa y…fíjate, el mundo moderno es difícil, difícil y complejo, no se trata de cuatro casitas de guano sino de todo un enredillo y un engranaje de tres pares, ¡de tres pares! Y luego, una tensión, una singueta… ¿Cómo uno no se va a dar dos, tres, veinte tragos? Hasta en las películas se ve. La gente habla siempre con un trago en la mano.”
Precisando, les destaco que para mi criterio, el corazón, el centro, la diana del cuento está en la siguiente frase: “Mira Rafa, lo que pasa es que todo el mundo ve los problemas ajenos con una, con una…No sé cómo decirte, con una…!Qué fácil, que sencillo, chico, que cómodo! Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo. Métete tú dentro de la cabeza del Pingüino o, por ejemplo, bajo la gorrita del Papa. Métete y cuéntame después; cuéntame o déjame meter el ojo por el ojo de tu cerradura…”
En fin, sucede que con la publicación de “La gorrita del Papa” aconteció además cierta cosa curiosa. Resulta que en aquel entonces yo estaba dirigiendo Ediciones UNION, y ocupándome, junto con otros compañeros, de la confección de los plaquetts, única publicación posible entonces, que se imprimía en el Taller Galas de Cuba, que estaba, como diría el poeta Raúl Ferrer: “lejísimo, chiquitico y con una sola puerta”. Y Ediciones UNION tenía como Jefe de Producción a Juanito Kourí, quien había trabajado en el capitalismo en una empresa publicitaria y por supuesto, que conocía de diseño. Cuando Miguel nos entregó el cuento para su publicación, Juanito me pidió diseñar y hacer el dibujo de la portada. Nunca antes Juanito había ilustrado un libro, y nunca más intentó hacerlo. El por qué de esta decisión se lo llevó a la tumba, pero observen los que tengan la posibilidad de ver el texto impreso, la manera tan peculiar como abordó en la portada el bar del Potín y al Papa, con su gorra llena de distintivos.
Poco favorecido en su época, y prácticamente olvidado por los lectores y la crítica de ahora, Collazo constituye sin dudas uno de los paradigmas de la narrativa cubana de todos los tiempos.
En una entrevista publicada a fines de los años 90, el autor aseguraba lo siguiente: “hay en nuestro país un interés demasiado impío en poner una generación sobre otra, y eso sucede en una Isla donde en cada generación, en cada promoción, hay más de una decena de escritores con aportes suficientes como para ser considerados por la crítica. Llegará el momento en que estas diferencias se limen y salgan a la luz muchos nombres olvidados y hasta desconocidos de escritores que serán fundamentales para el desarrollo de nuestra literatura”.
Dicen que la Historia se mueve en círculos concéntricos. Estas frases parecen haber sido escritas hoy. Y Collazo es uno de aquellos olvidados a los cuales hacía referencia entonces, hace 21 años.
