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Martí y la universalización de la cultura (II)

Luis Álvarez Álvarez, 28 de julio de 2011

Para mostrarse como es, la América mestiza tiene que intensificar su autoconocimiento. Es ésta una verdadera obsesión en la imagen martiana del Continente. Ese autoconocimiento es concebido no solamente como un apetito del saber, una necesidad del espíritu y de la organización civil de los pueblos. Forma parte, asimismo, de una actitud cultural, lo que en su día otro gran cubano, José Lezama Lima, denominara la «curiosidad barroca». Integrada América, con difícil crecimiento, por diversos componentes humanos y culturales, sometida a un mestizaje profundo y generoso, ese apetito del saber se traduce en la visión martiana como un formidable interés por la educación popular. La educación, en América, no debe orientarse, de modo paternalista, solamente hacia las clases populares. Muy al contrario, también los privilegiados de la fortuna, si realmente se deciden a cumplir un deber de patria, están obligados a una educación integralmente nacional e hispanoamericana, que el prócer cubano basa sobre una concepción sorprendentemente contemporánea de la lectura. Pues Martí no concibe meramente la lectura como actividad concentrada en el libro en tanto objeto, y menos aún en una época en que, como en el siglo XIX, América Hispánica estaba esencialmente desprovista de una verdadera industria editorial. El libro ajeno puede ser útil, pero no como incitación a la estéril imitación, sino sólo como instrumento de integración creativa y de aplicación consciente en la propia realidad. Es, de hecho, toda América un texto gigantesco que debe ser leído, en primera y fundamental instancia, por el hombre americano: «Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades del país».1 Por tanto, el texto primero, objeto de lectura esencial, es la cultura misma de nuestros países en crecimiento. Por eso, piensa, el libro importado no puede ser una guía cabal de la cultura hispanoamericana. Hombre de la Modernidad, y a la vez de una América peligrosamente apartada del movimiento científico real de su época, comprende que es necesario impulsar su desarrollo, pero no concibe las ciencias como entidades abstractas, suprahumanas, despojadas de una significación extraconceptual. Muy al contrario, el significado mismo del conocimiento sólo tiene sentido, en su modo penetrante de entenderlo, cuando ha sido convertido en producto cultural pleno, es decir, cuando ha alcanzado también un valor subjetivo y colectivo, social en su sentido más lato y profundo. Se trata de la fusión entre el dato, el producto de la indagación científica —piedra de toque en la visión positivista del siglo XIX, y, por lo demás, presente también en el neopositivismo de la centuria siguiente—, y las aspiraciones y acervos culturales de una colectividad. Dice Martí:

La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería. De esta ciencia, estricta e implacable —y menos socorrida por más difícil— de esta ciencia pobre y dolorosa, menos brillante y asequible que la copiadiza e imitada, surge en Cuba, por la hostilidad incurable y creciente de sus elementos, y la opresión del elemento propio y apto por el elemento extraño e inepto, la revolución. Así lo saben todos, y lo confiesan. En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución. Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana.2

Cabe deducir que él concibe la cultura, y, en particular, la cultura hispanoamericana, como un ámbito de complejo y urgente crecimiento, tanto como factor de sustento y arranque de la identidad continental, cuanto como arma defensiva de los pueblos de América. Pues la cultura no solamente expresa la idiosincrasia, sino que la acentúa, la desarrolla y la defiende. Por ello, en su día, la reflexión de Martí sobre la cultura hispanoamericana no solamente tenía, con entero valor, la finalidad de perfilar, profundizándolos, los matices caracterológicos de mayor relieve en el Continente, sino, sobre todo, la función de defender la supervivencia de una macrorregión que estaba continuamente en riesgo de desaparecer como complejo y multifacético conjunto cultural, amenaza que la globalización acentúa en nuestros tiempos. Otra cuestión de esencia que es necesario advertir, es la importancia personalizada que Martí atribuye a la cultura. Ante todo, la considera como enriquecimiento fundamental para el individuo. Entre los muchos momentos en que su actitud valorativa se destaca, por especialmente alquitarado, y por ser en sí una síntesis de toda la concepción martiana sobre el modelo de cultura que él quería para su patria, el artículo dedicado en Patria a los “Lunes de La Liga”, el 26 de marzo de 1892, es decir, apenas un año después de “Nuestra América”. Precisamente aquí, en un emotivo comentario periodístico acerca de esa sociedad cultural de obreros afrocubanos emigrados en New York, Martí escribe palabras entrañables para comprender lo que pudiera llamarse su personal perspectiva axiológica acerca de la cultura:

En “La Liga” se reúnen, después de la fatiga del trabajo, los que saben que sólo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura; los que en sí sienten o ven por sí que el ser de un color o de otro no merma en el hombre la aspiración sublime; los que no creen que ganar el pan en un oficio, da al hombre menos derechos y obligaciones que los de quienes lo ganan en cualquiera otro; los que han oído la voz interior que manda tener encendida la luz natural, y el pecho, como un nido, caliente para el hombre; los hijos de las dos islas que, en el sigilo de la creación, maduran el carácter nuevo por cuya justicia y práctica firme se ha de asegurar la patria. Conquistarla será menos que mantenerla; y junto con el arma que la ha de rescatar hay que llevar a ella el espíritu de república, y el habitual manejo de las prácticas libres, que por sobre todos sus gérmenes de discordia ha de salvarla.3

Se percibe ante todo una idea rectora de la actitud martiana ante el tema: la cultura es no solamente el ámbito, sino también el instrumento esencial, la posibilidad de felicidad para la vida humana. Se trata, en esencia, de una actitud ante la necesidad de vivir. Según esta manera de concebir el problema de la cultura, ella no es un escape silencioso hacia una esfera de puras idealidades y goces del espíritu, refugio frente a los penosos fragores del mundo cotidiano (a la manera en que, desde una actitud mística medieval podían escribirse frases en el estilo de «In omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro», «Busqué la paz en todas las cosas, y no la encontré sino en un rincón, sentado con un libro»4). No porque la cultura garantice la permanencia de un modo de vivir, ni resulte una especie de defensa del status quo, por encima y a pesar de cualquier contingencia y avatar que tenga que arrostrar el individuo y la sociedad, sino porque en el pensamiento martiano la cultura resulta garante de la dicha por una razón totalmente opuesta y que, por lo demás, resulta obviamente la más importante para él: la cultura es un modo sistemático de promover el cambio, la transformación, el progreso, el diálogo del hombre consigo y con los otros. La cultura, como señala en el pasaje antes citado, ha de ser un arma para salvar la patria de todos sus gérmenes de discordia, tanto social como espiritual. Pues la cultura no consiste, para él, en un lujo de privilegiados, sino, por el contrario, es un bregar compartido que, impulsado por la aspiración esencial del hombre a su propio mejoramiento como individuo y como grupo, es capaz de borrar «con el anhelo del saber las huellas todas del cansancio del día».5

Vale la pena, pues, releer “Nuestra América” en estos estremecedores comienzos del III Milenio. Es bueno recordar, en la palabra de un grande del Continente Mestizo, que la cultura no es exclusivamente una aspiración, ni tan sólo un derecho humano: es también, y sobre todo, instrumento y finalidad esenciales del autocrecimiento como base fundamental para una sociedad y para un ser humano realmente dueños de su futuro y su albedrío. 

 

1 José Martí: Obras Completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1973, …, t. 6, p. 18.
2 Ibíd., t. 3, p. 117.
3 Ibíd., t. 5, pp. 252-253.
4 A esta frase alude, no sin ironía, Umberto Eco en su novela El nombre de la rosa.
5 José Martí: ob. cit.

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