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Del Fauno al sexting, un largo, promiscuo y húmedo viaje (II)

Rafael Acosta de Arriba, 16 de agosto de 2011

II
La autora norteamericana Linda Williams publicó hace poco más de veinte años, en 1989, un título que cambió radicalmente la concepción sobre este tema en el mundo. Su libro Hard Core: Power, Pleasure and the «Frenzy of the Visible. Hard Core»,6 abrió una disciplina que se denominó Porn Studies, que permitió, desde la óptica de los estudios académicos, el despliegue de toda una gama de investigaciones y publicaciones sobre lo pornográfico que no tuvo precedentes. El punto de vista académico es sumamente importante, ya que puede ser la forma pionera en que una sociedad —pienso ahora en la nuestra— se adentre a explorar un tema como el que nos ocupa. Para la Williams, lo porno se concibe como producto cultural de nuestras sociedades occidentales, evitando con este enfoque, a mi juicio con éxito, el abordaje desde lo moral y lo ético, es decir, rebasando la natural pornofobia en conglomerados humanos que, paradójicamente, se muestran a la vez como voraces e indetenibles consumidores de pornografía.

Otro importante autor, Patrick Baudry, en su La Pornographie et ses images7, expresó su idea sobre la vastedad de un tema que se resiste a ser agotado por las aproximaciones hechas hasta el momento, sugiriendo, de paso, la necesidad de seguir profundizando en sus posibles y numerosas exégesis. A su vez, el académico catalán Román Gubern, ha dedicado varios textos a analizar la pornografía, en particular desde el cine, y son sumamente interesantes sus tesis sobre lo que Lacan llamó «la pulsión escópica» que habita en la mirada humana sobre lo sexual. En su libro El eros electrónico8 Gubern apostilló a Lacan al decir que el voyeurismo implícito en el visionaje de películas eróticas y pornográficas «constituye un tropismo natural de la mirada ante motivos sexuales, activado por la energía libidinal que está en la base de la reproducción de la especie».

III
La fotografía primero y el cinematógrafo a continuación, cambiaron de manera estremecedora y sustancial el discurso de la pornografía: fueron un antes y un después, lo trastocaron todo, transformando la representación de manera radical. La sensación no conocida hasta la aparición de la fotografía de que se apreciaban cuerpos reales, cuerpos de mujeres desnudas que existían en la vida real, le confirió al tema de la representación icónica en el arte una dimensión peculiar y única. Ya no se trataba de que tal o más cual maestro hubiese pintado a una modelo con la carga de hiperrealidad más precisa, sino que la imagen que mostraban los daguerrotipos, y luego las fotos, eran las de un cuerpo existente. Eso lo cambió todo, y la aparición del cinematógrafo apenas unas décadas después fue la apoteosis: la imagen en movimiento y el primer plano colmaron cualquier demanda visual. El erotismo recibió el vehículo más poderoso para su plasmación, y la experiencia pornográfica se instauró de manera definitiva. Solamente habría que esperar hasta la Era Digital para que tal situación recibiera la última y más consagratoria novedad: la red.

Por el camino surgió otro protagonista de esta trama, el mercado. Casi de inmediato a la existencia de la fotografía y ya esperando a que se inventara el cinematógrafo, la industria asociada a la sexualidad confiscó la iconografía del cuerpo. Así surgieron las ediciones en miles de millares de postales de desnudos primero, escenas sexuales más adelante y finalmente el cine porno, que tuvo su estreno y lanzamiento en la clandestinidad de los burdeles, con lo que la demanda masculina de imágenes sexuales tuvo un surtido completo que finalmente se complementó con las sex shops y toda la parafernalia de instrumentos y productos fabricados para alimentar las fantasías más inspiradas. «El sexo vende y vende mucho» parece ser la consigna que animó desde el primero al último empresario que comercializó las imágenes del cuerpo.

Pudiéramos decir hoy que el porno ha agotado los límites de la representación sexual; me refiero a la representación y no a la imaginación sexual, vasto territorio que no tiene fronteras. El arte queda entonces como el encargado de viabilizar dicha imaginación, de darle forma en libros, películas y cuadros, de distanciarse de la vulgaridad y la chatura de lo escatológico, de eternizarlo como creación cultural.

Un rápido análisis al cine porno —quizá la más jugosa de las variantes de esa industria y la que más ha potenciado la experiencia pornográfica hasta el presente— nos daría como las descalificaciones más habituales las siguientes:

  • contenidos monotemáticos y repetitivos.
  • esquematismo o ramplonismo sicológico de los personajes, lo que los convierte en puras abstracciones sin personalidad.
  • pobre calidad formal de guiones y argumentos.

Como expresó Gubern, la gente que consume este tipo de películas solo quiere ver erecciones, cópulas, felaciones, cunnilingus, orgasmos olímpicos y complicadas posturas, entre algunas de las variantes, y, por supuesto, espléndidos cuerpos bien dotados. Lo anterior lleva a la consideración de que quizá, más que la omnipresente censura, es el tedio y la repetición poco creativa lo que se plantea como el enemigo principal de la pornografía.

Sin embargo, como dije antes, el imaginario erótico no tiene límites y la industria del porno lo sabe y lo explota a profundidad. Existe, sin embargo, una condición cardinal en este tema: el porno no nos es indiferente, hecho que marca el rumbo de los debates sobre su existencia. Es imposible contemplar lo porno sin experimentar turbación en lo más íntimo de nuestro ser, pues sabemos que ahí hay algo que nos involucra aunque nos parezca «vulgar» o «indecente».

El porno o lo porno exige un compromiso inefable por parte del espectador. Sabemos que de alguna manera, aún para el más frío e indiferente de los espectadores, aparecen algunas imágenes que no pueden contemplarse sin lujuria o estremecimiento o, dicho de otra manera, sin una densa implicación emocional y física. Aquí vale volver sobre la idea de Linda Willimas, «el frenesí de lo visible»: la pulsión escópica que condujo al nacimiento de la experiencia porno, es decir, el deseo constantemente pospuesto y renovado de alcanzar la médula de una necesidad sexual que reside en la mirada. La frase falocrática de Lacan (la mirada es la erección del ojo) legitima la tesis del origen masculino de lo porno. Lo que pone en movimiento este deseo, no es más que la ansiedad de apropiación de imágenes que se conectan por vías enigmáticas con nuestras experiencias, fabulaciones e insatisfacciones más íntimas de lo sexual. Esto es lo que otros especialistas han denominado como experiencia pornográfica, que, como es natural, se manifiesta de diferentes formas según sean las características personales del espectador, y se presenta como discontinua y variable, pero con un denominador común puesto que sintoniza con las experiencias eróticas y sexuales, con las imágenes más recónditas de cada ser.

Quizá la pregunta que se impone entonces sea: ¿qué se puede descubrir de uno mismo a través de lo porno? ¿No se trata en definitiva de un viaje al interior de nuestro Yo? Por lo pronto es curioso que la legión de enganchados con la pornografía crezca indetenible y exponencialmente día a día. El gran escritor norteamericano Gore Vidal dijo algo emblemático cuando expresó que lo único malo de lo porno es que después uno quiere seguir viendo porno y, al final, no quiere nada más que visionar porno. Sin duda, una expresión muy entusiasta y enfática.

De manera que aunque aceptemos que es aburrido, con frecuencia insulso e inverosímil, lo cierto es que ello no impide que la gente quiera seguir consumiendo pornografía de cualquier tipo debido a razones inconfesables o al menos desconocidas. Incluso, y no los desdeño, habría que considerar a quienes solo lo hacen por pura curiosidad, aunque habría que preguntarse si después de satisfecho este deseo, se suman —permaneciendo o no— a las filas de los adictos.

Pero si ver porno puede resultar fácil, no lo es tanto contemplarse viendo porno, algo que puede resultar embarazoso o complicado para la mayoría, lo que indica que, cuando se habla de este tema, se presupone que nos estamos refiriendo a los demás, no a nosotros mismos. Y aquí aparece una cuestión interesante: somos otros cuando vemos porno; es decir, nos cuesta trabajo admitir que somos un sujeto porno y lo más curioso: se puede al mismo tiempo ser asiduo al porno y combatirlo sin desmayo en lo público. De manera que es útil o prudente determinar desde dónde lo porno nos cuestiona.

El hombre comenzó a pensar sobre el erotismo después de miles de años de vivirlo y recrearlo. Lo mismo se puede decir de lo porno, aunque es obvio que este concepto no fue reconocido en la antigüedad como lo es hoy. Una idea de Octavio Paz ayuda a entender estas elucubraciones: Unos cuantos poetas y filósofos de la antigüedad como Lucrecio y algunos espíritus modernos –Havelock Ellis y Freud entre otros- han pensado en el erotismo como algo que es, a un tiempo, la raíz del hombre y la clave de su extraño destino sobre la tierra.9

La cuestión de establecer una diferencia entre erotismo y pornografía ha calentado unas cuantas cabezas, pero considero, lanzándome al ruedo, que es una discusión bizantina al fin y al cabo. El erotismo sirvió, y sirve, de soporte a lo porno, lo facilita, lo propicia, pero en esencia lo nutre, y aunque no deben confundirse, estoy convencido de que sus límites son imprecisos. Citaré a algunos de los que han pensado o simplemente opinado sobre el asunto.

Para Mario Vargas Llosa la tradición molesta del pornógrafo tiene la función de revelar los deseos menos civilizados mostrando el sexo libre de las validaciones religiosas, artísticas o culturales que lo justifican, es decir, el sexo como fuente de placer para los sentidos. Hasta aquí no parece haber contradicciones pero otros han sido más explícitos, como Luis García Berlanga, el famoso editor español de libros que se mueven entre el erotismo y lo porno, quien afirmó que la diferencia entre erotismo y pornografía era de clara raíz económica. O Picasso, del que es muy conocida su respuesta a la pregunta sobre la diferencia entre ambos conceptos: «Ah, ¿pero existe alguna?».

Jean Baudrillard, sin embargo, pensó el asunto desde una posición en la que la ceremonia pornográfica tiende a establecer una nueva dialéctica de la fascinación, una vía de escape a las normas lógicas de causa y efecto con que habitualmente se trata lo sexual y lo erótico. De una forma más académica, Eccole Lisardi considera que la distinción entre erotismo y pornografía no es más que la expresión estética de la necesidad profunda que tiene la sociedad contemporánea de ghettizar lo sexual. Empero, Ado Kyrou, reconocido crítico de cine francés, llegó a la clave de la cuestión —al menos para mí— al ponderar con sabiduría salomónica el asunto: la pornografía es el erotismo de los demás. Todos apuntan a una dirección clara, la verdadera naturaleza de ambos conceptos se encuentra en el enigma que habita en los laberintos del Yo.


Notas

6 University of California Press, California, 1989.
7 Agora, París, 1997.
8 Ed. Taurus, Barcelona, 2000
9 Octavio Paz: La llama doble, ed. Seix Barral, Barcelona, 1993.
 

(Continuará)
 

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