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Retorno a Julián del Casal (II)

Roberto Méndez Martínez, 12 de agosto de 2011

Lo que Casal podía fabular iba mucho más lejos que la realidad más plausible: lo mismo podía escribir sobre la recogida de perros callejeros que sobre la pintura de Menocal o Arburu, delirar ante una reproducción de Renoir o describir un tipo de pastel que se comía con cucharillas de plata en las residencias elegantes que sabían seguir la moda culinaria francesa. Para él, lo mismo una boda que una velada benéfica iban a permitirle descubrir el detalle extraño, el dato exquisito, la atmósfera selecta, el sahumerio contra la suciedad cotidiana de los políticos y los burgueses arribistas.

Leer esas Prosas antes que la mayor parte de sus versos me ayudó muchísimo a entenderlo. Casal, sabiéndolo o no, era un modernista, no porque gustara de chinerías o de kakemonos japoneses, ni porque compusiera escenas tan afines a los cuadros parisinos de Collazo, con interiores palaciegos, princesas pálidas, lebreles y cisnes. Lo de menos era su utilería de época. Tampoco eran las huellas de Verlaine, Baudelaire o Huysmanns lo esencial, sino ese modo peculiar de imponer la modernidad citadina frente a la mediocridad paisajista del tardío romanticismo cubano; su empeñada resistencia a asociar lo nacional con el arsenal de lugares comunes de Fornaris y otros poetas adocenados; su oponerse, a toda costa, a la ramplonería de la cultura oficial, aupada por la administración colonial y la sacarocracia. Cuando parecía que cerraba ventanas, que se aislaba en su celda, que se entregaba a sueños que parecían venir del opio ―el cual, quizá, jamás probó―, en realidad, Casal estaba aireando nuestra literatura.

Lamentablemente, los más no entendieron. La máscara japonesa parecía cubrir no solo a su persona, sino a toda su escritura. Muchos de aquellos que le profesaban sincero afecto ―Aurelia Castillo y Enrique José Varona, por ejemplo― estaban demasiado marcados por el gusto poético de la generación anterior como para comprender cabalmente sus aportes. Otros, coetáneos suyos, como Aniceto Valdivia ―el inefable Conde Kostia― o Enrique Hernández Miyares, le secundaban en sus “ocurrencias”, pero elogiaban más la concha exterior que la médula auténtica de su quehacer. Al propio Martí, que, desde el exilio, le dedicó una página memorable donde hay elogios delicadísimos y nada velados reproches…, le faltó tiempo para descubrir que aquel a quien las mujeres lloraban ―dígalo su entrañable América Du-Bouchet― no era un poeta de boudoirs, sino todo un vigoroso creador nuevo.

Uno de los aportes del grupo Orígenes a nuestras letras es el “redescubrimiento” de Casal, o quizá su “reinvención”. Lezama, Vitier, Baquero, dejaron páginas de exégesis memorables. Cuando el primero de ellos, por ejemplo, se acerca a la pintura de Collazo en su ensayo “Paralelos: La pintura y la poesía en Cuba en los siglos XVIII y XIX”, incluido en La cantidad hechizada, y va a comentar su obra más célebre, La siesta, hace entrar al poeta en su interpretación:

Julián del Casal entrega en la guardarropía su capuchón de naipe marcado y se dirige a la casa del pintor Collazo. Se acerca con delectación a uno de los lienzos. Sobre una alta silla de mimbre, dama con igual palidez que Rosita Aldama, sentada, nos parece, de espalda al paisaje. Voluptuosamente su mirada juega por la terraza, palmerales de jardinería cercanos al mar. En el centro un jarrón alza en triunfo un monstruocillo terrestre ansioso de caminar dentro del mar como el caracol: la piña con su cabellera de ondina tropical. Fuerza la mirada: ¿qué es lo que ve? Ya Casal está muerto, pero vuelve a mirar y entonces ve a Juana Borrero pocos días antes de su muerte […]

Quizá lo que sucede es que nuestro poeta es un autor elusivo y que, además, en materia de versos, dejó una obra breve y apretada como la de sus amados simbolistas franceses. El creador del primerizo Hojas al viento es todavía un romántico, que imita a Heine y a Víctor Hugo, pero descubre otros mundos de la mano de Teophile Gautier; sin embargo, ya en Nieve está él de cuerpo entero: no hay que temer que Enrique José Varona no aprecie demasiado ese relieve en “Las oceánidas”, que el autor le dedica, ni que un texto como “La agonía de Petronio” tardara muchísimo en ser apreciado en lo que valía:

Tendido en la bañera de alabastro
donde serpea el purpurino rastro
de la sangre que corre de sus venas,
yace Petronio, el bardo decadente,
mostrando coronada la ancha frente
de rosas, terebintos y azucenas
[…]

No en vano su sobrina Amelia Peláez del Casal dejó, entre sus proyectos inconclusos, la realización de un manuscrito iluminado de este poema, quizá a sugerencia de Lezama, quien comenzó a visitar su casa de la Víbora con el ansia de contemplar recuerdos y escuchar memorias de Julián.

En sus homenajes al pintor simbolista francés Gustave Moreau, colocados en Mi museo ideal, hay uno de los más felices intentos de interdiscursividad de la poesía cubana. Los lienzos de ese artista, considerado un “raro” en su tiempo y rehabilitado por los surrealistas como un precursor, ganan nueva vida en esos versos: Salomé danzando ante el Tetrarca; la cabeza de Juan el Bautista que salpica el “marmóreo pavimento” con “lluvia de sangre en gotas carmesíes”; Venus Anadyomena surgiendo de las aguas… imágenes de ensueño freudiano: sensualidad apenas oculta y, también, represión de la libido, tantalización del sexo y de la muerte.

Cuando se cumplió el centenario de su desaparición, un grupo de jóvenes poetas y ensayistas quiso homenajearlo. Publicaron artículos, hicieron peregrinaciones y hasta algún banquete, pero eran tiempos difíciles y su relectura del misterioso autor quedó en las sombras. Después, ellos se dispersaron por el mundo y el escritor ha continuado siendo un fantasma. Como escribía Rubén Darío a Enrique Hernández Miyares en junio de 1894: «conformémonos con que Casal, nuestro hermano admirable y lamentable, tenga siquiera los “treinta y seis lectores” de Barbey d’Aurevilly». ¿Los tendrá?

Por mi parte, confieso que no vuelvo mucho sobre sus versos. Prefiero recordar que en años juveniles su Museo ideal, su “Recuerdo de infancia”, sus “Rondeles”, me tocaron muy profundamente. Hoy, cuando paso cada día cerca de la antigua Calzada de Concha y veo la Estación de Cristina, pienso en el poeta que llega en uno de aquellos ómnibus de caballos, para abordar el minúsculo tren que lo lleva a Puentes Grandes, para almorzar con los Borrero. La Habana no es ―ni fue jamás― su Habana elegante. Pero él cierra la ventanilla, abre el libro de estampas japonesas y piensa, por un instante, que es feliz. Quizá lo logra.

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