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La poesía de Zoraya Manso Morales

Tropos, 18 de agosto de 2011

La poesía de Zoraya Manso Morales nace de las mismas entrañas: es un examen implacable realizado por la persona dentro de sí misma. La veracidad de lo que se plasma está fuera de duda, y la necesidad de plasmarlo de igual modo. Esto le proporciona al texto cierto aire inevitable, de comunicación que debe producirse sin falta. El lector agradece esta autenticidad, porque lo auténtico es el reino propio de la lírica. Lo lírico no es sólo lo metafórico, o lo meramente subjetivo, más bien es el acta eficiente que se levanta por una persona muy tensa y lúcida a la vez, de lo que arremolina su mundo interior pidiendo vertimiento y expansión, como un medio de ejercer un soliloquio que no se desvanezca en pura ensoñación íntima en diálogo definitivo con nuestra propia alma. Los textos de Zoraya Manso conmueven, porque tiene sobrada autenticidad a simple vista, y cuando se aguza el ojo en el consumo de los mismos, también se aprecia la misma autenticidad en el fondo del fondo. Este es el secreto para que la literatura se levante de la literatura y se convierta en un hecho humano. Vale decir, no sea puro arte, sino vivencia humana directa. El lector disfrutará en las siguientes piezas ese raro don de la genuina poesía.

ROBERTO MANZANO

ZORAYA MANSO MORALES (Camagüey, 1970). Licenciada en Letras. Asesora literaria. Museóloga. Curadora y Promotora de Arte. Vive en Estados Unidos donde trabaja como traductora y profesora de español en diferentes instituciones de corte académico.

CAMBIO DE OFICIO

El día que Dios cambió las rutas de mi vida también cambió sus
señales.
Un sentimiento de extrañeza comenzó a invadirme,
mas no llegué a desconfiar.
¿O quizás si?

El tiempo se ha estirado hasta el aburrimiento.
Deshago las horas de la misma manera que arranco los hilos de
una pieza de ropa.
Mato las mañanas, mas no olvido el café oscuro del amanecer.
La tarde me alcanza y la noche, a pesar de su Luna, ya no moja
mi cuerpo.

Voy perdiendo el don de rastrear a los poetas,
ese don perruno capaz de identificar sus olores.
Voy notando que cada vez van siendo menos los poetas,
que cada vez nos cuesta admitir cuánto nos plaga el dolor.
Voy olvidando el aroma de los versos,
lo voy sacando de los poros
de la misma manera que espanto el polvo de las manos,
de la misma manera que lavo las manos, las propias manos.

Debo esforzarme ahora por aceptar a Dios,
sus leyes, sus misterios, sus notas de prensa.
Y debo esforzarme porque quiero estar aquí un poco más,
en este nuevo y mejorado mundo,
en este mundo de metáfora ausente
o de ausente vocación por la metáfora.

Y se me hace difícil, mas no imposible,
vaciar de dentro de mí toda vocación,
toda extraña fisura, todo ritmo antiguo.
Pero quiero estar un poco más aquí,
en las fauces, en el brillo, en la hojarasca.

CARNAVAL

Hoy, al despertar, sentí que la tierra temblaba bajo mis pies.
Pensé que sería un sismo en una zona del mundo
donde no suelen ocurrir los sismos.
Ya casi todo es posible en estas latitudes, pensé.
Pensé en morir.
Morir joven con cientos de cosas pendientes,
y a miles de millas de distancia de esas mismas cosas.
Miré al trozo de cielo que se aventaba por mi ventana,
miré al pájaro azul que, azul, saludaba el rojísimo amanecer.
Escuché su trino tibio, su inmutado canto.
Y a mí sólo me quedaba morir, pensé,
y en mis pensamientos descubrí que no había pánico,
sólo el aturdimiento que provoca el caos
y su aceptación irremediable.
Y noté que los granos almacenados en mi cocina se desplomaban
al suelo
cubriendo mi cuerpo desnudo y recién amanecido
de sales y arroces y aromático polvo de café.
Y sentí desde mi cintura el canto mismo de la Pachamama,
su voluptuosa caricia, su danza indomable.
Y bailé.
Quedó atrás el pensar
y sin máscaras ni disfraces me dejé llevar por el ritmo,
ritmo que habitaba todo mi cuerpo y la pequeña geografía de mi
habitación,
y al sonido de campanas alrededor de mis caderas recibí el día del
fin del mundo,
y morí, aquel día, como mismo murió el planeta.
Y al notar al día siguiente al pájaro azul en mi ventana,
que, azul, contrastaba con el rojísimo amanecer,
me convencí que existía la vida después de la muerte,
y que esa muerte solía vestirse de andanzas de mujer.

VEJEZ

He visto la amargura del tiempo y la felicidad del tiempo,
he visto las dos caras de una misma cosa,
esa cosa que se nos avienta sin misericordia.
Hoy me miro al espejo y aún veo los jugos de una mediana
juventud,
mañana habré acumulado otras veinticuatro horas en mi
esqueleto.
Al corazón llegarán nuevos pesares
y con las líneas del día y la noche
una más gastada honestidad me retará.
No será la dermis triste la que me preocupa,
aún admitiendo que la belleza me provoca y me retiene,
mas no será la flácida sábana de piel,
la opaca luz de una cubierta sin luz.
Será, en cambio, la debilidad del alma,
la amargura del tiempo alojada
en un falso estado de solitude,
en una solitude de ternura ausente,
de vocación por la quietud del gris,
de un rostro reticente al rosa pálido, al brillo.
No serán los pellejos del cuerpo los que me llenarán de pánico,
pues ya ando con éste.
No será la falta de voluntad del cuerpo a estar presto y alerta,
pues ya voy percibiendo su sabor.
Será la ceguera hacia el brío,
el mutismo estéril hacia el bullicio,
el epílogo soso que se niega a reconocer lo que viene,
aún cuando eso que viene pueda ser lo que nos azote,
pero que, de cualquier manera, ha de ser bello.
He de trabajar para sostenerme,
no para llevar el pan a la mesa,
no para cubrir de sal el mantel.
He de trabajar para que el pan me siga sabiendo noble,
para que la sal me siga endulzando el vientre.
He de buscar adentro lo que aún me ha de salvar,
aquello que ha de devolverme la risa intacta,
no importa si esta risa se rasga al estallar,
pero que sea risa, no más.

LLUVIA

Me gusta la lluvia,
andar bajo ella,
sentir la pared líquida de su cuerpo
sobre mi cuerpo líquido.
Me gusta la lluvia,
dejarme adivinar por su cintura lisa,
por su infalible talón.
Ando bajo la lluvia y es que de lluvia nací,
en ella no hay espanto o regocijo,
no hay premura o cansancio.
En ella soy,
húmeda y brutal como el rayo que a veces la acompaña.
En ella habito,
tierna e indomable como la luz que a veces mata.
Me gusta la lluvia,
y es mirarme al mágico espejo de su alma
que mi propia alma se restaura y no perece.
Me gusta la lluvia,
y en ese gustar de tiempo, arboleda y canto,
en ese antiguo pasadizo de lluvia,
ando.

PARA CUANDO LA NIEVE HA DE CAER

A las dos mujeres más importantes de mi vida:
mi madre y mi abuela.

Cada mañana la niña se sienta y mira las nubes pasar.
Espera la caída de la nieve, la niña.
Sabe que la nieve existe porque lo ha leído en sus libros de
cuentos,
los mismos libros que leyera su madre cuando era niña,
cuando era niña su abuela no pudo porque no sabía leer.
Así esperanzada crece la niña
y la esperanza se torna nieve en sus cabellos
como mismo sucedió con su madre y abuela,
pero eso vendría con la llegada de un distante futuro.
Mientras tanto la niña crece y espera
y sueña con la llegada de la nieve,
con la nieve que ha de abrazar el alféizar de su ventana,
con la nieve que ha de librarla de tanto verde,
y de tanto verde,
y de tanto verde.

Cada tarde la niña suspira y en cada suspiro
se alberga una infantil esperanza.
Sus manos se alistan para tocar el copo helado
y su corazón salpica,
y el centro del pecho se torna hielo.

Cada noche la niña alza sus ojos
y la duda asume la forma de múltiples puntas,
y cada punta se esmera en brillo y borde,
en brillo, borde y filo,
en ese mismo filo que rasurara, un día,
la espera milenaria de su madre y su abuela,
esa espera que se confunde con esperanza,
esa esperanza que se confunde con retorno.
Ese retorno sólo ocurre
en la ilusoria realidad de una niña
posada en el alféizar de una ventana.
Esa espera de esperar que la nieve brote
como mismo brotara
miles de años atrás para su abuela,
para su madre miles de años atrás:
miles de años atrás, la niña espera.

MASCARADA

Se me ha vaciado el corazón y ya no me salen pájaros por mi

lengua.
De mis venas antaño corrían lagunas de historias,
ahora un diluvio de sangre, mortal, aparece.
Vuelvo al bosque cada noche y cada noche el bosque me devuelve.
Llevo sandalias que sacadas de un libro de historia antigua
aprietan mis tobillos.
Llevo una larga túnica que ayuda a cubrir mi esencia,
la esencia del bosque, que es la ruta de donde vengo.

Las pisadas en el polvo poco me importan,
como poco me importa cubrir de lodo las perlas que heredé.
Siento hoy el cansancio dejado por Eva,
un cansancio que no acaba, que no purga.

Con un velo teñido de brebaje amargo,
trato de esconder mis ojos. Canto.
Este par de ojos convexos que sin piedad me delatan.
Este par de ojos convexos que el sosiego me arrebatan.

Atrás quedaron mis gatos, mi perro muerto, mi vino agrio.
Mis amigos no quedaron porque se me adelantaron.
Mis amores decidieron mirarme pasar.
Mi familia envejece o muere,
y el temor a la soledad me paraliza, me ahuyenta.

Nunca hubiera escrito dos versos si no hubiera tenido algo que
decir.
Nunca, teniendo algo que decir, se lo hubiera confiado a unos
versos.
Esto que escribo no es sino puro alfabeto,
puro pretexto que se hace palabra,
puro dolor hecho mascarada.

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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