Cultura y autenticidad
Lo auténtico debe desempeñar un papel esencial en el punto de intersección con las manifestaciones productivas de la identidad; le corresponde poner en juego una serie de relaciones sintagmáticas vinculadas a normas de la conciencia, individual y colectiva, que deben modelar los paradigmas estables en los niveles de conducta. Es decir, pasa por las mediaciones ideológicas para su propia manifestación. La autentificación de un suceso en la cultura depende de cierta aceptación convencional sustentada en los campos de la ética y la estética, disciplinas que son trasfondo insoslayable de cualquier gesto, por específico o global que nos parezca, que sea capaz de proyectarse en sus series semiósicas internas.
Si, al ser entrevistados en un programa de TV, una familia de músicos niega la herencia cultural de sus canciones, abdica de los valores de la tradición y cada uno de ellos se declara en exclusivo y cínico interés mercantilista, argumentando que usan los ritmos simple y llanamente para la popularidad, los juicios éticos convencionales les negarían su carácter cultural y, por consiguiente, su autentificación, para identificarlos como sujetos pragmáticos de plausible habilidad para triunfar en sociedad. Serían, en ese caso de negación cínica, reificados por el resultado de su propio comportamiento. Con demasiada frecuencia hallamos estrellas de la música que responden a este tipo de patrón mercantilista, aunque siempre cubriéndolo con un aura de buenas intenciones, de apego a la tradición, sobre todo, familiar, y, como fórmula “infalible”, apelando al elogio, adulación y contubernio con la masa. Necesitan, pues, de un consenso de autentificación que les permita camuflar sus intenciones de mercado.
En cambio, el juicio ético convencional no retira jamás a intelectuales como Jesús Orta Ruiz y Onelio Jorge Cardoso su autentificación cultural, aun cuando ellos simulen no interesarse por pensar de manera compleja.1 El rasgo identitario admite, entonces, la simulación, en tanto el autentificatorio se vale —y, en alto grado, depende— de la asimilación de los significados sancionados como estables en el marco social de recepción. Si la familia de músicos fuese un conjunto que el programa aprovecha por su reconocimiento, más allá de su cerco de acción, con presentaciones, pongamos, en Eurovisión y otros sitios afines, el juicio ético (ante la supuesta declaración de cinismo mercantilista) intentaría anular sus valores artísticos mediante el castigo de la no-recepción, pero no extendería la “censura”, o rechazo simbólico, hasta negarles el mérito que artísticamente se han ganado. Incluso, si en lugar de ser un programa de nuestra televisión —marcada por los rasgos profundamente ideológicos del socialismo que, por extensión, tacha la ganancia económica de los referentes explícitos de éxito—, se tratase de uno de esos programas de farándula en que se ensalzan las cifras adquiridas y el costo de las prendas que exhiben, habría muy poco de reproche en ese caso.
La expresión popular, más que el texto artístico o el resto de los exponentes en tal categoría declarados, muestra que, en efecto, existe un doble universo de emergencia sígnica, cuyas diferencias serán establecidas de acuerdo con el valor de uso de los códigos en marcha. El caso del visitante de aspecto “rústico” que aplaude con vehemencia es tomado con insistencia por la cámara porque, desde el propio nivel de realización “artística” del programa, actúa un metasistema de autentificación del comportamiento que ya se ha desmarcado como citadino y, además, discriminatorio del que en el campesinado hallamos.
Mientras que la identidad acumula una serie de paradigmas para establecer su curso sintagmático, la autenticidad establece una interrelación sintagmática para seleccionar los paradigmas que la identifican. Se trata de procesos de complementaria semiosis: en virtud de uno, el otro se hace auxiliar. Auxiliar no significa prescindible; por el contrario, ambos necesitan de ese ejercicio dialéctico-semiósico para manifestarse. Pero ambos, según sea el ámbito privilegiado de manifestación, deben refuncionalizarse en sus niveles jerárquicos de significación.
Pongamos que, en lugar de la familia de músicos, aparece en el programa tipificado como campesino una familia de cultivadores de tabaco, con récord de producción para el año evaluado, medalla de oro en foros internacionales, cuya autentificación queda de plano establecida ante tanta etiqueta institucionalizada. De momento, el proceso no deja ver qué significados entraña el ejercicio de elección en una zona de consumo no-campesina ni, siquiera, las concesiones de identificación a que cedieron los cultivadores para el reconocimiento y la retribución, sino el valor denotativo del cultivo que es capaz de ocupar un escaño en la semiosis colectiva. No se trata solo de que el medio masivo presupone el concurso de la comunicación, sino, además, de que solo un segmento cultural específico, autentificado a tal punto, es capaz de concederle su imagen ilusoria de exclusividad y, por consiguiente, un resultado simbólico que detiene en instantánea única —para el consumo diseñada— los vínculos dialécticos de significación. Desde el mismo punto de partida del concepto, entrevemos cuántos aspectos componen la semiosis nutricia de lo específicamente cultural y hasta qué extremo ese intercambio de relaciones crea abundantes pasarelas de perenne contraste entre el fenómeno visto en los niveles sincrónicos o apreciado después en los niveles diacrónicos. Imprescindible se hace, para quien piensa y define la cultura, no perder de vista qué papel juega cada uno de estos aspectos mediante la concreta función significante en la que se vislumbran, pues sus instancias de significación profunda, más allá de sus índices diagnósticos, contienen el rango preciso de definición.
Debe tenerse en cuenta que, aunque lo auténtico aparece en el nivel paradigmático del concepto de cultura, presenta un fuerte desplazamiento sintagmático en su operatividad. Así, para la comprensión semiótica de una autenticidad cultural, es necesario tener en cuenta:
1. El reconocimiento de una diversidad cultural interna en zonas en cuya prioridad de valores culturales ignoran o sintetizan en extremo esas segmentaciones.
2. Los procesos de transculturación, tanto en los macroniveles como en los microniveles.
3. La conciencia analítica y el pensamiento metadiscursivo de sí mismo.
La noción tradicional de cultura, y, sobre todo, la de grandes culturas y civilizaciones, ha insistido en priorizar series de valores, dados estos a partir de los rasgos redundantes que componen la identidad, por encima de otros, poco advertidos pero detectables e importantes si se les conceden miradas menos apresuradas y superficiales, propios de etnias, minorías, grupos sociales, o aquellos que —geográfica o intelectualmente— se manifiestan de manera más cerrada, en marcos estrechos, no por ello desdeñables. Es un llamado que nos hace la condición de popular que se le otorga a numerosos eventos culturales que, no obstante, y sin dejar de ser esencialmente populares, merecen una atención que revele su verdadero alcance epistemológico. Lo auténtico apunta precisamente hacia la diversidad, hacia nuevos procesos identificatorios que apoyen la operación de esos valores internos como subsistemas y, en los casos en que el valor de uso de esa autentificación comience a insertarse en la noción aprehensiva de cultura y logre permanecer a pesar de la tradición de ignorancia que la relegaba, les permitan operar como metasistemas.
Comprender los procesos de transculturación que se operan dentro de los sistemas y subsistemas internos, destinados a automodelar la cultura misma, es vital para reconocer los problemas que atañen a la autenticidad. Los niveles de conducta, y las manifestaciones culturales que desde el comportamiento mismo se erigen, se establecen gracias a series de relaciones de tipo sintagmático, como las prácticas rituales, que conservan su carácter religioso y son portadoras de paradigmas internos ignorados o en extremo sintetizados en el transcurso de los procesos de autentificación del sistema cultural que los engloba. En cada proceso de transculturación son puestos en juego elementos de diferente significado en favor de una nueva significación que reabsorbe los elementos antes validados para trascenderlos. El resultado se consigue por una relación de semejanza cuyo fin no es él mismo, sino la posibilidad de operar con ese resultado como un componente de la nueva línea de vínculos con el metasistema en el cual habían actuado, acaso sin identificarse.
La idea de transculturación se expresa a partir del resultado lógico de un proceso de sincretismos; por ello, se torna imprescindible aplicarla, tanto atendiendo a los macroniveles como a los microniveles, en interrelación dialéctica inmediata, en permanente transformación. Cuando dos series paradigmáticas análogas descubren su unidad sintagmática, estos sincretismos son explícitos; mientras que, en tanto las series paradigmáticas puestas en relación se articulen en los más altos niveles de las series sintagmáticas y determinen la incidencia retroactiva de los discursos y sistemas en los sistemas y discursos exteriores al plano cultural, los sincretismos serán implícitos.
Para que en la cultura se cumpla la automodelación de lo auténtico es preciso, además, que aparezca una conciencia analítica capaz de usar y producir los fundamentos de autovaloración. En este punto culmina el proceso y, muy importante, se define la instancia cultural de ese trabajo que se realiza a partir de las normas del proceso civilizatorio para diferenciarse de la instancia social. La sustentación de lo auténtico se halla, mayormente, en la producción metadiscursiva que busca instaurar los juicios de valor que, tanto desde sectores “élite” como desde la masa, se van cristalizando. Sus contenidos expresan la intencionalidad y los preceptos programáticos de los agentes portadores de la cultura. Contrariamente a lo que, por lo general, se piensa, estas formas expresivas no se establecen únicamente en el arte, el pensamiento, la literatura o las ciencias, para emplear solo ejemplos evidentes, sino también, y respaldadas por procesos de cristalización de actitudes y acumulación de tradiciones, en los sectores habitualmente vistos como de cultura espontánea, iletrada incluso. El éxito de las tendencias que someten al consumo económico los juicios culturales se debe, justamente, a que lograron copar, desde la masa, los juicios de autovaloración de los sectores creadores que abiertamente se entregaron al pragmatismo inmediato de la compra-venta, aboliendo del todo el precepto de larga duración.
Nota:
1- Cfr. Para este y los siguientes ejemplos, ver mi artículo anterior, “Cultura e identidad”, en esta misma columna.
