Carlos Martí: el límite y el desborde (II)
Los espacios físicos confluyen hacia la intensidad emotiva, y no a la inversa en El libro de enamorar. Es esta una tónica general: su dominante carácter centrípeto, su devoradora subjetividad, que se modela de otros modos en el cuerpo del poemario. Por ejemplo, ciudad y naturaleza, se confunden en “Love story”, por la vía de un tormento titilante:
Ya ves que nuestro amor
No tiene casa.
Lo lanzamos por la calle
Y sólo los árboles confirman el
Acontecimiento,
Nocturno y secreto, tan callado
Que apenas sé si estás sobre mi hombro,
Sin pedirme nada, tan ausente.
A falta de puertas y ventanas
Nos hemos apropiado de todas las casas
Y habitamos sus portales
Hasta consumir la penumbra incierta,
Bajo el fuego de una y otra boca,
De uno y otro beso.
Esa dirección hacia un centro subjetivo va creciendo en intensidad, hasta detonar en una altura que rebasa los ámbitos precisos del paisaje o la ciudad, para descubrir una dimensión estricta en su universo propio. El eros, como destino de logos y bregar profundo, se despliega en los más diversos intersticios del ser, destacando la unicidad total de la experiencia. La palabra lírica se revela, a la vez, como intercambio distinto del monólogo aparente: un verso entre varios, «se me quiebra la sangre de pensarte», indica la ruptura que la experiencia erótica, en su ancha dimensión cabal, provoca la expansión del poeta, su quemante necesidad de interlocutor posible. Es este el timbre fundamental. La luminosa gentileza de muchos momentos del libro —como «Muchacha inalcanzable que trasciendes / Como venus perfecta y deseada /la tímida pupila» (“Imagen trinitaria”)—, no constituye la atmósfera general de un poemario de tan hondo dramatismo como El libro de enamorar. Son destellos, sí, de sensible reverberación, iridiscente reclamo de belleza. Pero la vibración muscular por ellos complementada, apunta más allá. Incluso el recinto más recoleto del sujeto lírico, está sesgado por el sordo latido del dolor:
Porque te he buscado tanto en nuestras cosas
Que no pude hallarte,
Cuando tejías en silencio un nuevo amor,
Agazapada en mis recuerdos.
Focalizar la intimidad como sinfonía de erotismo y angustia, resulta en este libro una aventura que, pese a su vibración profunda, no logra desgajarse de un difícil entorno planetario, ominoso contorno de la apacible mesa familiar —«cocina inundada de boleros»—, que crispa amenazante a los amantes: «Repentinamente dejas tu mano / Tan crispada como una servilleta: / Preguntas si habrá guerra qué tú crees».
“Telón de fondo” asume un tono distinto, marca de la dimensión de reflexión mayor en el libro: el del conflicto mismo de la existencia. La visión de sí mismo en espacios signados por un erotismo esencial, alcanza una desnudez de márgenes y detalles: la ciudad, la esquina, la verde luz y las abejas, pierden sus perfiles propios se hacen sombra devorada por el azar y el laberinto interior. El sujeto lírico se despoja de la ceremonia y la impostura del actor: los telones decorativos se desgarran —«a pesar del aplauso infatigable»— y queda, a prima luz, la simple fuerza vital, la sed del erotismo. Esta columna semántica de El libro de enamorar atrae el eros familiar, que va punteando todo el cuerpo poético. Uno de sus momentos más vehementes se encuentra en “Como una flor”, texto no tanto de evocación, como de vivencia rescatada.
Como una flor de almíbares perdidos
Descubro la añosa cabellera de mi madre
Donde las palomas anidan su blancura.
Y en los caminos rugosos de sus manos
He visto una gaviota herida
Y le he dicho,
Como quien parte seguro hacia la vida,
Que el tiempo es un misterio
Y es el astro que transita frente a la ventana:
Le he dicho
Que los niños ya no buscan la esperanza
En el fondo de los viejos baúles donde un día
Encontré sólo el polvo milenario de leyendas.
Recuperar la vida, ese imposible afán de la poesía, es en El libro de enamorar un costado de enorme dinamismo. La dirección centrípeta —atracción del todo hacia sí— no es la única vigente en el poemario. Por el contrario, está balanceada por un movimiento contrario. El sujeto lírico se expande hacia el espacio del recuerdo, asumido como dolor —nostalgia—, impenetrable deuda de vida, marca de una desgarrada trayectoria. El erotismo de esta poesía, entonces, conduce a la introspección perenne que marca todo el poemario, desde la evocación estremecida de “Anagnórisis de Ulises”, donde las sienes se abren a la vibración de los recuerdos —«Y el laberinto de mi sed / Es el espacio efímero que habitas»—. Así, también, el erotismo deja de ser el tema estricto, se sobrepasa sus bordes y se convierte en indagación de un sujeto atormentado.
El título El libro de enamorar apunta, con engañosa cuanto letal ironía, a esos recetarios de amor, poemillas para ser copiados en función de amoríos de colegio. En su médula, entraña un opuesto letal: la resonancia de leyes que, como en el Guemará del Talmud, cada ser humano está obligado a interpretar a partir de su propia trayectoria de zozobras, de llagas y nostalgias. No es casualidad que sea un texto de la intensidad de “Talmud”, donde Carlos Martí se asome a la clave de una herida fulminante, pura ansiedad de lo vivido:
Vivir en el espacio de la diana
Que apremia al cazador encapuchado
Y tú sin manzanas que desvíen el tiro.
Resistir y cubrirte de temblor
Bajo la camisa diciendo que sí
A la historia que te mira y calla.
Morir dentro de un invernadero
Vociferando ensoñaciones y quedarte
Sobre la tarja, quieto en el envés
Del muro de tu nacimiento. Es la ley.
Mitades
De tu cuerpo y resistir o doblegarte. Es
La ley.
Es por eso que El libro de enamorar busca ensimismarse en la agonía del ser marcado por su tránsito vital —patria, paisaje, ciudad, pareja, familia—. Ecos transfigurados, el poeta se sumerge también en infinitas voces del pasado, y parece ensimismarse en un diálogo —personal y entrañable— con estremecidas palabras de Vallejo y de Escardó:
CUADRO DE FAMILIA
Mis hermanos beben y discrepan;
Se suicidan, reparten sus huesos
Y hasta me han puesto la mejor nariz.
Tienen alma de orfebres mis hermanos.
Yo los miro con los ojos que estrené
Para no quitarles los defectos,
Pero ellos me borran esos ojos
Y en la cuenca vacía creen ver
Azules aguas –me dan las piernas
Más esbeltas, mis hermanos
Con sus apellidos ya me armaron
Caballero
Y lanzan sobre mí los signos del zodíaco.
Qué haré con los bolsillos llenos de
Astrolabios
De cordajes brújulas caminos
Yo pobre sagitario pífano del rey
Algún día los voy a reunir
Para devolverles una a una las virtudes
Que nunca fueron mías, levantaré
Acta de mi entrega haré diana con los
Signos.
Cuando vista mis camisas y símbolos
Con seriedad de muerto
Chillaré al fotógrafo
Hasta perpetuar este cuadro de familia.
No es la única muestra: “Album de familia” añade al propio sujeto lírico al cuadro final: «Soy un solitario /Que ordena rutinariamente /Su álbum de familia».
El libro de enamorar, como la hierba de amor en Galicia, reclama un interlocutor atento. La selección no ha sido un acto mecánico: el poemario resultante aparece marcado por un aura de instrospección, un tono de redención de la memoria, que está por completo ausente de las colecciones que han proporcionado una parte de los textos. Es, pues, un libro marcado a la vez por el doble significado de su título. Ante todo, se encuentra en él una insistente invitación a la propia introversión del lector, como única manera de acceder a un diálogo de fibra, a la vez punzante y frondosa. Solo desde la recepción activa de quien lee, el libro alcanza su posible completamiento. Por otro, el ángulo de ironía tiene su sentido: es un libro de reglas, no para el amorío trivial, sino para enfrentar el ámbito de sombras que todos compartimos; es un libro de reglas, pero interpretadas, hechas médula febril, incandescentes y, por lo mismo, irrepetibles, enigmáticas en sus límites despiadados y la posibilidad de su desborde. Y vigentes para siempre, como la poesía, como el instante de fugaz eternidad, como el eros de aplastante fragor en la memoria.
