Invitación a la lectura que desafía el calor y la lluvia
Dos enemigos tienen las tardes camagüeyanas, enemigos que, al mismo tiempo, forman parte de ellas mismas: el sol abrasador que nos torna maldicientes, y la lluvia, imperiosa, con rayos y centellas, que obliga a recordar, tan súbitamente como los primeros goterones, a Santa Bárbara. Pero más que de las tardes, el sol y la lluvia parecen querer llevarle la contraria a las actividades literarias.
O sea, en Camagüey, ir a una tertulia a las cuatro de la tarde implica un arrojo sobrehumano, recurrir a lociones solares y sombrillas, gafas y capas, pues de buenas a primeras la lluvia sucede al sol, o este a la lluvia, y uno llega a su destino hecho una sopa y lanzando improperios. Aun así, los osados desandamos calles sinuosas en pos no ya de la literatura, pues a ella podemos llegar con apenas estirar la mano y tomar al azar un libro de nuestras bibliotecas personales. Buscamos algo tan impreciso y necesario que ni siquiera merece el rimbombante nombre de vida literaria: buscamos, quién sabe, la rara comunión lograda por las mejores tertulias, ese instante, leve y entrañable, que hace lucir más gratos a los amigos, más atractivos los temas y que nos descubre, en nosotros mismos, meditaciones hasta entonces dormidas.
Así me sucedió, no hace mucho, con “El arco y la lira”, acaso la más joven peña de las tantas que mantienen muy activo el café La Avellaneda, ubicado en la librería Antonio Suárez. En esa ocasión, viernes de lluvia amenazante, José Emilio Hernández invitó al poeta y ensayista Yoan Manuel Pico para conversar sobre la obra de Cintio Vitier, ocasión que tuvo mucho de homenaje y nos dejó a todos la certeza de su méritos poéticos y de cuán iluminador puede resultar, para la indagación en nuestro presente, la renovada lectura de sus páginas ensayísticas.
Otro viernes, de sol imperturbable, fue Martí la causa de mi larga caminata. El poeta y narrador José Rey Echenique y el profesor Manuel Castro, amigos ambos, míos y entre sí, parecieron confabularse para mirar a Martí desde aristas muy nuevas y propiciar ese momento de silencio tan necesario. Sí, porque a veces se cree que, en eso que llamamos la vida literaria, la algarabía es provechosa. No digo que alguna que otra vez no lo sea, pero yo —es mi derecho— prefiero esos raros instantes de plática sosegada y, sobre todo, el silencio, el mío, que sobreviene después, cuando de regreso a casa redondeo ideas y hago renacer la charla abandonada minutos atrás.
Este viernes, por ejemplo, revoloteaban en torno mío la forma un tanto desusada en que Echenique presentó a Manuel, a quien, según dijo, le gusta la literatura más allá de lo académico. Porque siempre, lo queramos o no, cuando el invitado es un profesor de Literatura, la plática, en algún que otro momento, trata la desidia con que es enseñada la literatura, la falta de pasión de los maestros, la no inclusión en los programas docentes de obras recientes y la acritud con que los estudiantes se acercan a los libros, si es que se acercan. Tratándose de Martí el asunto es asaz pertinente: los dialogantes coincidieron en la necesidad de mostrar, en el aula y en los medios de comunicación, al hombre de carne y hueso, y no la tan socorrida estatua que impide calibrar su grandeza. La charla también siguió otros caminos. Sucede que Manuel ha dedicado varios años, como parte de la preparación de sus tesis de maestría en Cultura Latinoamericana, a estudiar cómo abordó Martí el fascinante mundo de la cultura china. Gracias a su proyecto, merecedor de la beca de pensamiento Ernesto Guevara de la Asociación Hermanos Saíz, supimos que sus reflexiones sobre la cultura china son más profundas que las referidas a otras culturas orientales y que las mismas pueden ser enmarcadas en las propias miradas en torno al cosmopolitismo de la cultura estadounidense, muy en particular en lo concerniente a las formas de interacción de lo chino con otras culturas y etnias. Son magníficas las crónicas en que Martí describe un funeral, una boda y el teatro chinos, tal como los vio en Nueva York. La mirada martiana, sin embargo, no siempre es aquiescente. El gran humanista que era no pudo menos que confesar su descontento, por ejemplo, con las ansias imperiales de China y con la deificación del emperador.
Echenique formuló una interrogante bien provocadora. Recordó a un amigo italiano que, deslumbrado por la cantidad de estudios sobre Martí, le preguntó en cierta ocasión si en Cuba más nadie había pensado, o lo que es igual, si ninguno de nuestros grandes hombres y grandes escritores merecería igual atención. Pregunta filosa, la que nos hacen desde la otredad, y por eso particularmente atendible. Manuel la respondió, y segura estoy que cada cual, a solas, lo hizo y posiblemente haya coincidido con él: es, nos dijo, el que más en grande ha pensado, con una visión dialéctica y humanista. Su vocación periodística puede muy bien ser descrita como vocación por aprehender el mundo para luego transmitirlo en textos formidables.
Manuel nos sorprendió, además, con textos de Un asunto personal, novela del escritor japonés Oe Kenzaburo, y con poemas de Paul Eluard, pues en su peña Echenique invita al agasajado a leer fragmentos de obras de su preferencia.
Esa tarde, por suerte, no llovió. Volver a casa era tener estas ideas en mente y la imagen de la pequeña Ana Isabel, la bebita de Manuel, la que desde su coche, con ojos agrandados, nos miraba. Nada entendió, por supuesto, mas estoy segura, por su tranquilidad, que sintió la buena atmósfera, la calidez y calidad de esta Invitación a la lectura que, de mes en mes, nos invita a otras muchas cosas, todas buenas y reconfortantes.
