Zenea: ni un sauce ni un ciprés
Mensajera peregrina,
que al pie de mi bartolina
revolando alegre estás,
¿de do vienes, golondrina?
Golondrina, ¿a dónde vas?
Hace exactamente 140 años, el 25 de agosto de 1871 fue fusilado por las autoridades coloniales el poeta Juan Clemente Zenea. El Foso de los laureles de la Fortaleza de la Cabaña presenció aquella descarga de fusilería que arrebataba la vida a uno de los más importantes poetas románticos cubanos, de quien escribió José Lezama Lima:
Su musa vespertina no brota de la tierra, sale del mar, hay como un reflejo impresionista de sus estados de ánimo. Sus sentidos refractan como el prisma y parecen preludiar la frase del corno dibujando las nubes con las vacilantes ninfeas en el fuego de las mareas siguiendo los consejos lunares. Lo vespertino, la vacilación, la noche que se niega en sí misma y el día rendido a las lentas evaporaciones. Es un estado de sensibilidad en la manera de ser de un hombre.
Hay poetas de los que uno no llega a tener una imagen completa: se les conoce por un poema, un verso aislado o por una escena de su existencia ―que generalmente pasa ante nuestros ojos rapidísima, como esos fragmentos que nos quedan del cine mudo―. Para mí, Juan Clemente Zenea es uno de ellos, solo que más que un texto o un pasaje de su trayectoria vital, lo asocio con un sabor, vago, demasiado difícil de explicar, como ocurre con los fenómenos más sutiles del gusto, pero fácilmente reconocible dondequiera que lo encuentre.
A diferencia de otros autores ―Heredia, La Avellaneda, Casal, Martí― no llegó hasta mí de una vez, sino por pequeñas oleadas, y nunca como un ser histórico, dotado a la vez de vida y obra. Creo que la primera vez que supe de él fue en mi infancia, por un grabado en un texto escolar de Historia que representaba, de modo más o menos confuso, el fusilamiento del poeta. Me parece ver todavía a aquel hombre que se advertía pequeñísimo en comparación con los árboles del fondo, doblado por la descarga de fusilería, pero sin que unos enormes espejuelos se le cayeran de la cara. Era como si, todavía después de la muerte, quisiera seguir interrogando al mundo, porque ni siquiera aquel tránsito brutal a otra existencia venía a aclararle muchas cosas. El libro, que era un manual harto esquemático, apenas comentaba, debajo, que se trataba de un poeta cubano, apresado por los españoles, quienes lo fusilaron por patriota. ¿Qué había escrito que le costara la muerte? La maestra no me lo supo explicar.
Para mi padre, las cosas no estaban mucho más claras. Zenea era el autor de “Fidelia”, una de las elegías más hermosas escritas en Cuba ―según él―, pero el poema parecía que contenía una clave: Fidelia no era la muchacha que parecía, sino la propia Cuba; por tanto, era un poema patriótico secreto. Yo recuerdo haber repasado las estrofas y no hallar en ellas tales misterios. Evidentemente los servidores del Conde de Balmaseda veían fantasmas. Por aquellos días, con motivo, creo, de un cumpleaños, una tía me regaló la Vida y escritos de Juan Clemente Zenea de Enrique Piñeyro, recién publicada por la Editora Nacional, pero era un libro de aspecto algo severo, que resultó denso para mis ocho o nueve años, y no creo haber pasado de las primeras páginas.
Pocos años después, dos circunstancias, diferentes pero contiguas, comenzaron a formar en mí el “sabor Zenea”: la primera, un documental que vi en el cine, sobre el Museo Romántico de Trinidad; allí, mientras la cámara recorría cuadros, porcelanas, relieves, una voz femenina musitaba aquellos versos de “Fidelia”:
Baja Arturo al Occidente
bañado en púrpura regia,
y al soplar del manso Alisio
las eolias arpas suenan;
gime el ave sobre un sauce,
perezosa y soñolienta;
se respira un fresco ambiente,
huele el campo a flores nuevas;
las campanas de la tarde
saludan a las tinieblas,
y en los brazos del reposo
se tiende naturaleza…
Aquella voz en la penumbra me fascinó. Descubrí los versos y, con ellos, el sabor de ese romanticismo crepuscular, ese aire de “arpa eolia” que era más resistente a la muerte que todos los objetos que pudiera atesorar el museo trinitario. Poco después ―estábamos en 1969―, cuando Cintio Vitier dio a la luz sus Poetas cubanos del siglo XIX, descubrí allí aquella afirmación de Lezama de que esos versos eran una transcripción para flauta de otros, más enfáticos, de Juan Nicasio Gallego. Arpas y, ahora, flauta: Zenea llegaba a mí, ya apasionado oyente de Mozart, Gluck y hasta Satie, a través de una sinestesia que hubiera encantado a Huysmans: la melodía y el timbre que del oído llegan a la boca y se hacen sabor.
Confieso que en mis años de bachillerato, y aún en los de la universidad, no hice mucho por leer a Zenea; yo vivía la fascinación de los grandes autores: Lorca, Rilke, T. S. Eliot, y también Lezama, Baquero, Diego. Sin embargo, ahora eran otros versos de Zenea los que, sacados de su contexto, me repetía con frecuencia, como un gustoso enigma:
Entonces dan los ánades un grito
Que repiten los ecos, y parece
Que hay un Dios que responde en lo infinito
Llamando al hijo errante de la mar.
¿Qué era ese grito que podía asociarse con una llamada de Dios? Y ese “hijo errante de la mar”, ¿era simplemente un modo de nombrar a los marineros, o se refería al propio poeta, o a todos nosotros? Creo que no hay en la poesía cubana estrofa que yo me haya repetido tantas veces, sobre todo, si se tiene en cuenta que el resto del poema, titulado “Recuerdo”, no me interesaba.
Tendría que pasar casi una década para que yo asistiera al ciclo de conferencias que Cintio Vitier dictó, en noches sucesivas, en la Biblioteca de la Casa de las Américas, ante un público no demasiado numeroso. Era la reivindicación del Zenea hombre ante la historia. Con habilidad de jurista, el autor de Lo cubano en la poesía logró echar a un lado o desmentir los juicios adversos de aquellos que infamaban la memoria del mártir y que seguían pesando sobre la evaluación de su quehacer poético. Después, leí con detenimiento las conferencias cuando se editaron en un texto, desempolvé el libro de Piñeyro y traté de entender. La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, la pieza teatral de Abilio Estévez, hizo también lo suyo.
De todos modos, confieso que con Zenea me sucede como con otros autores: siento que su obra, grande o pequeña, pesa mucho más que su ejecutoria humana. Ignoro cuánto de culpa haya en esa desafortunada “Misión Zenea” en la que lo manipularon políticos que no se hubieran arriesgado a entrar en la Isla, con salvoconducto o sin él. De todos modos, en la vida del escritor, este pasaba de una campaña a otra: del panfleto sobre la Virgen, que casi le cuesta una excomunión del Obispo habanero, a la propaganda anexionista en Nueva York, antes de pasar a las filas del separatismo, en medio de una emigración dividida, para, por fin, ser emisario apaciguador de una especie de “autonomismo” temprano. Creo que, simplemente, comprendía poco de esas cosas y su inocencia era semejante a la de Plácido ―cuya “Plegaria a Dios” tradujera al inglés―; ambos fueron víctimas desprevenidas de fuerzas encontradas. Las dos muertes fueron absurdas porque, ni eran libremente aceptadas como remate de un ideal, ni servían a causa alguna. Solo eran la advertencia de que, en tiempos de violencia, ni siquiera la poesía está a salvo.
Siempre que voy a la fortaleza de La Cabaña, siento un escalofrío al mirar el Foso de los Laureles. Creo que voy a escuchar de nuevo aquella descarga. Así como, cuando recorro esos espacios abovedados, de techo bajo y aura siniestra, no puedo dejar de recordar aquellos versos melancólicos de sus días finales:
Si el labio tuyo jamás me nombra,
y a Dios descanso por mí no pides,
del otro mundo vendrá mi sombra
para rogarte que no me olvides.
Sin embargo, prefiero recordar a Juan Clemente Zenea de otro modo. Verlo en su juventud, paseando con esa enigmática actriz, figura circense y hasta escritora, Adah Menkhen, por la Plaza de Armas. Ambos son felices por un momento. Escuchan la banda militar que toca allí al atardecer y, entre temas de ópera, valses y mazurcas, se desplazan en medio de los arriates de flores y los árboles. Quizá se besan un poco más allá, junto a los muros grises del Templete. Todavía no han llegado los días del destierro, ni la hora de la desesperación en que pida al Cielo “otra patria, otro siglo y otros hombres”.
El concierto ha terminado y, en medio de las sombras, Zenea ayuda a la muchacha a colocar el pie en el estribo del coche y, luego, la ve perderse por la calle O’Reilly. Su expresión es tan desamparada como la que años después le dieron a su figura en el modestísimo monumento a inicios del Prado. El sabor Zenea está ahí y no en los legajos de los archivos:
No busques volando inquieta,
Mi tumba oscura y secreta.
Golondrina ¿no lo ves?
En la tumba del poeta
No hay un sauce ni un ciprés.
