El teatro en el cine
Las salas oscuras de la capital cubana proyectaron un ciclo de materiales audiovisuales de factura nacional y foránea, cuyos ejes centrales giran alrededor de las artes escénicas extrapoladas al campo del séptimo arte.
En esta crónica, analizaré solo dos de ellos: el cortometraje La última campanada, dirigido por Jorge Aguirre, y donde —durante quince minutos— intelectuales y artistas como Esther Suárez Durán, Eduardo Robreño, Ramón Espígul y Nelson Dorr, Candita Quintana, Luis Verdeja y Roberto Delgado, reseñaron el surgimiento, desarrollo y características específicas del teatro vernáculo.
Para el doctor Robreño, ese género gozó de gran aceptación por parte del público cubano, a tal extremo que las crónicas periodístico-literarias de las obras llevadas a escena desde el siglo XIX y hasta la década de los 70 del XX, y publicadas en la prensa nacional, les servirían a los historiadores para re-construir —desde una óptica objetivo-subjetiva por excelencia— las épocas colonial, republicana y parte de la revolucionaria.
Las sedes principales del teatro vernáculo en la Ciudad de las Columnas eran los emblemáticos teatros Alhambra y Martí, donde se cultivó el género bufo por parte de actores y actrices, quienes les prestaron piel y alma al «gallego», al «negrito» y a la «mulata». Dichos personajes, que gozaban de marcada preferencia popular, utilizaban la sátira y la ironía como armas políticas para criticar lo mal hecho en cualquier esfera de la sociedad cubana.
En ese contexto audiovisual, también se exhibió el filme Los siete contra Tebas, de Enrique Álvarez, y basado en la obra teatral homónima del laureado escritor y dramaturgo Antón Arrufat, Premio Nacional de Literatura 200.
En esa cinta, de 70 minutos de duración, el también Premio Nacional de Teatro plantea un problema que, al margen de las disímiles lecturas e interpretaciones tergiversadas de que pudo —y puede— ser objeto por parte del espectador y de la crítica, tiene absoluta vigencia desde que los hombres decidieron odiarse en vez de amarse…, sin importarles un ápice los vínculos consanguíneos o afectivos que los unían.
La acción dramática se desarrolla en la antigua ciudad griega de Tebas, donde la manzana de la discordia la produce la ambición de poder que lleva a una lucha fratricida entre hermanos.
El soberano Teocles y el desterrado Polinice, quien aspira a ocupar la posición privilegiada que —según su percepción personal— le fuera arrebatada por Teocles.
En el combate frontal que entablan los dos hermanos, estos se aniquilan mutuamente y el pueblo de Tebas queda descabezado, lo cual evoca en el espectador un pasaje del Evangelio de San Mateo: “todo reino dividido en dos bandos está perdido, y toda ciudad o familia dividida se viene abajo” (Mt. 12,25).
Ese es, en mi opinión, el mensaje bíblico que —por vía subliminal— nos transmite Antón Arrufat en su polémica obra Los siete contra Tebas, que cayera en los tentáculos del «marabú mental» que paralizara el desarrollo de la cultura cubana en el tristemente célebre quinquenio gris (1971-1976). Posición dogmática que tanto daño le hiciera no solo a la producción intelectual y espiritual de los escritores y artistas insulares, sino también a la política cultural trazada por la Revolución, y defendida —contra viento y marea— por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que en el 2011 está celebrando su quincuagésimo aniversario.
