En un parque de La Habana, mientras el mundo seguía andando…
No es una figura de primer orden mundial. Es decir, no es –como él mismo afirma- ningún Chaplin, ni Stefan Zweig, ni Winston Churchill… Pero el parque Fe del Valle, en un extremo del habanero bulevar de San Rafael, se llenó de gente para conversar con el escritor uruguayo-cubano Daniel Chavarría y adquirir su volumen de memorias, Y el mundo sigue andando.
El encuentro se efectuó este sábado último durante el Festival del Libro y la Lectura, auspiciado por el Instituto Cubano del Libro. Desde el Prado hasta la calle Galiano, San Rafael fue, aun a pleno sol, un largo oasis para los bibliófilos y, en general, para toda la familia.
El último Premio Nacional de Literatura de Cuba contestó preguntas del público y contó algunas de las peripecias que sazonan su libro, lanzado por la Editorial Letras Cubanas hace unos años. Chavarría refirió que al principio fue reacio a la idea de escribir un texto autobiográfico. A fin de cuentas, pensaba, eso estaba reservado a personalidades de magnitud universal. Sin embargo, a instancias de sus editores italiano, griego y cubano, terminó por convencerse de que si bien no era un personaje celebérrimo, en cambio, sí había tenido una vida “rara”: militante del Partido Comunista del Uruguay y perseguido en Brasil; buscador ¿enfebrecido? de oro en el Amazonas; mil oficios en la vieja Europa; estudioso de culturas antiguas y políglota resucitador de lenguas muertas; un avión secuestrado; finalmente, autor cubano de éxito hasta el punto de no poder esquivar la redacción de unas divertidísimas memorias sobre su “rara vida”…
Fue cosa de unos cinco meses, dijo Chavarría. Ya en total posesión del oficio de narrador (alrededor de treinta años) y con todo el argumento en la cabeza, la escritura fluyó con una vertiginosidad inusitada, aun para este sagaz urdidor de tramas neopoliciacas.
Cerca del mediodía, concluido el intercambio con los lectores, fue inevitable una larga cola de gente que llegaba casi hasta la calle. Todos querían llevarse un ejemplar, como si se tratara de una completa novedad editorial en la Isla. O tal vez porque los congregados intuían que así entraban en las páginas no escritas, pero igualmente inexorables, de aquel argumento que por el momento continuaba, allá adelante, en la cabeza de la cola, con un Daniel sudoroso que firmaba libro tras libro en un parque de La Habana, mientras el mundo seguía andando…
