Una coruñesa conquista a la intelectualidad cubana
El excelente poeta, sagaz y sistemático crítico, Juan Clemente Zenea, escribía en la revista El Almendares, del año 1852:
Innecesario sería que yo dijese quién es Felicia: en toda la isla de Cuba se sabe que es la folletinista de la Gaceta de la Habana, y todos le rinden el culto que merece la aristocracia del talento. Sus hermosas novelas, hijas distinguidas de la escuela francesa, están colocadas en los elegantes tocadores de nuestras damas, sobre las mesas de muchos literatos y en todas partes donde suspiran las almas sensibles, ¿Quién ignora cómo se llama esa jardinera que nos presenta todos los domingos un «ramillete» de flores perfumadas y bellas? ¿Quién no conoce a la que preludia una vez cada semana el arpa misteriosa de las pasiones? [...] En la república de las letras cubanas ocupa Felicia un lugar digno de envidia y su nombre vivirá eterno en las páginas de nuestra historia.
Desafortunadamente, el autor de Fidelia se equivocó. También erraron en sus apreciaciones Felipe Poey, Fernando Pie y Faura y otros críticos del momento.
¿Quién era Felicia? Se trataba de Virginia Felicia Auber de Noya, nacida en La Coruña en el año 1825, hija del francés Pedro Alejandro Auber y de Walda de Noya, gallega. La figura y la obra de su padre desplegada en Cuba no pueden pasarse por alto. La familia llegó a la isla en 1833, cuando Virginia tenía ocho años de edad. Pedro Alejandro traía una larga experiencia como científico especializado en matemáticas y, sobre todo, en botánica. Pronto ganó — por oposición— una plaza en la Universidad de La Habana para dar clases en la primera de las disciplinas citadas, pero, simultáneamente, se solicitó su presencia en el Jardín Botánico, del cual llegó a ser, primero, director, y luego, director propietario. Falleció en la capital cubana en 1843
Además de dedicar estudios a nuestra flora, publicados en varias revistas, fue de los primeros en abogar por la construcción de un «camino de hierro», nombre que se le daba por entonces al ferrocarril, inaugurado en 1837, en su primer tramo, comprendido desde la capital hasta Bejucal, y poco después hasta Güines.
En tanto, Virginia cursó los estudios de rigor en esa época, pero su padre le enseñó francés, y viendo su disposición para la literatura, la encaminó por buenas lecturas. Entre 1843 y1844 ya Felicia, pues ese fue el nombre literario adoptado por ella, publicaba, en dos tomos, cuatro novelas: Wilhelmina, Un aria de Bellini, Leoncio y Un casamiento original. La segunda de las citadas fue muy bien recibida por el público y gozó del privilegio—inusual para la época— de tener rápidamente una segunda edición. En los siguientes años vieron la luz, de manera consecutiva, sus novelas El castillo de la loca (1844), subtitulada «Tradición siciliana»; Mauricio (1845); Una falta (1846), en tres tomos la titulada Una venganza (1850); Una habanera; caprichos del corazón (1851); Perseverancia, Algunas páginas de la vida de un gran poeta (1853), una de carácter histórico; Otros tiempos (1856) y Ambarina y Historia doméstica cubana (1858), con una segunda edición en 1915. A ella se debe también una pieza de teatro, Una deuda de gratitud (1846), comedia en un acto, y Ramillete habanero. Verdades (México, 1875), donde recogió sus folletines novelísticos.
Al repasar algunas de esas novelas, atadas al romanticismo entonces en auge, percibimos cuán distante estaba la coruñesa de los logros estéticos que en esos mismos tiempos alcanzaba la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, en igual género, en cuya revista Álbum cubano de lo bueno y de lo bello (1860), Auber colaboró en la sección «Revista de modas». Sin embargo, la lectura de Ambarina, nos dejó más satisfechos, no por la trama, ingenua, pueril, ni por el manejo de los personajes, la mayoría carentes de fuerza, sino por la recreación de una Habana percibida por ella a través de sus calles, de sus establecimientos, de sus fiestas, bella y armoniosa en las zonas alejadas del tumultuoso centro. Allí leemos descripciones atinadas acerca del «fresco verdor» que produce un paseo por la Alameda de Isabel II, la suntuosidad del Teatro Tacón y los edificios aledaños, el movimiento de los carruajes, el modo de vestir de las cubanas ricas, la forma de construir las viviendas y así, todo un verdadero fresco de esa ciudad colonial que, al parecer, ella conoció y disfrutó a sus anchas. Sin embargo, los esclavos no asoman en estas páginas de tantos prolijos detalles, ni siquiera para dar una nota folclorista.
Posiblemente su facilidad para las descripciones fue decisiva para que José Agustín Miralla, entusiasta animador de la cultura, en especial del teatro, la invitara a colaborar en Los pintados cubanos por sí mismos (1852), la primera antología costumbrista publicada en nuestro país, ilustrada por el espléndido grabador español Víctor Patricio de Landaluze y por José Robles. Colaboraron también José Victoriano Betancourt, Federico Milanés, José María de Cárdenas y Manuel Costales. En el prólogo a la obra se hace notar que había sido escogida porque «el talento de esta era tenido en alto aprecio», criterio también enarbolado por revistas como Ofrenda al Bazar (1864) y la coruñesa Revista Quincenal (1860), que periódicamente publicaba sus trabajos.
El esplendor literario de Felicia llegó en 1854, cuando aceptó escribir para el Diario de la Marina, a cambio de un generoso salario para la época, folletines novelísticos, aparecidos cada domingo en entregas por capítulos. La sección se extendió, ininterrumpidamente, entre ese año y 1873, cuando se estableció, primero en Milán, y después en París y Madrid. Desde esta última continuó sus colaboraciones para el Diario de la Marina, ahora con una sección titulada «Cartas íntimas». Murió en la capital española el 20 de marzo de 1897.
Entre los cientos de títulos dados a conocer en sus folletines se pueden citar Los dos castillos, Leyenda alemana, Teresa, Una historia bajo los árboles, Un amor misterioso y Episodios de la Revolución Francesa de 1793. El escritor Francisco Calcagno advertía en estos textos «un estilo fluido y correcto su lenguaje, sus argumentos sencillos y llenos de moralidad».
Marcada por el concepto de que la literatura debía cumplir un fin «utilitario», sus folletines están pautados por el afán de presentar y, a la vez, corregir, vicios y defectos, aliviar con buenos consejos «la amargura de la humanidad doliente» y ofrecer lecciones de moralidad y buenas maneras.
Un sonámbulo, seudónimo desconocido, escribía en 1865 en la revista habanera Camafeos:
A Felicia se le juzga con frecuencia por sus folletines, pero en nuestra opinión no debe juzgársele por ellos solamente, toda vez que ha dado a luz obras que requieren condiciones diversas y otro mérito que el que se necesita para escribir un artículo de periódico; a la par que algunos defectillos, nótase en ella viveza, talento y perseverancia, descripciones fáciles, bellas pinceladas y atrevidas imágenes, claridad y erudición.
La sección «Cartas íntimas» tiene, obviamente, un carácter más cerrado. Cada epístola dirigida a sus lectoras se basaba, al parecer, en experiencias propias o ajenas, y aunque generalmente encerraban un consejo que invitaba a la reflexión, en otras trataba asuntos más triviales, como la moda europea, la distinción femenina, al usar sombreros con velos, o el cuidado de la piel.
La sociedad habanera recibió siempre con beneplácito los escritos de la coruñesa Virginia Felicia Auber de Noya, que en Cuba, donde residió por espacio de cuarenta años, realizó una vasta obra literaria, plasmada en libros, y también en la prensa, lo cual no dejaba de ser una novedad, pues en esos años eran pocas las mujeres que se dedicaban a mantener espacios fijos en nuestros periódicos.
A diferencia de la Tula, no fue una artista transgresora de los convencionalismos de su época. Comedida, laboriosa, atenta a las buenas maneras y presta a dar el consejo que entendió adecuado, se volcó a la literatura más por placer que por apremios económicos, aunque siempre fue bien remunerada.
Felicia y sus libros. Ella, innombrada. Ellos, esperando lectores desde los estantes de las bibliotecas. ¿Valdrá la pena rescatarla y rescatarlos?
