Estaciones de Padura a la carta
Los ritos de la comida en las novelas de Leonardo Padura fue uno de los más sugestivos espacios literarios que, por lo particular del título y por el poder de convocatoria que ejerce sobre el público lector el autor de El hombre que amaba los perros, tuvo lugar en el Bulevar de San Rafael, a propósito del Festival del Libro y la Lectura, celebrado el pasado sábado en esa área de la capital.
El coloquio cobró cuerpo con la voz de la máster Gertrudis Ortiz Carrero, profesora de la Universidad de La Habana, a quien acompañó el escritor protagonista en la presentación del proyecto de lo que será su libro "Cuatro estaciones a la carta", cuya inspiración ha estado en el hallazgo de recetas culinarias aparecidas en la sonada tetralogía del novelista (Pasado perfecto, de 1991; Vientos de cuaresma, de 1994; Máscaras, de 1997, y Paisajes de otoño, de 1997), y en La neblina de ayer (2005).
«En el 94 —rememora Ortiz— cuando era promotora literaria en los preuniversitarios de Camagüey, descubrí que en 16 escuelas de ese sistema de becas los estudiantes estaban leyendo la novela Fiebre de caballos, de ese escritor. Se pasaban el libro de unos a otros, anotaban fragmentos en sus libretas. Eso me llevó a Padura».
Además de las muchas virtudes que la autora pudo hallar en la prosa seductora del escritor, llamaba su atención la singular permanencia en las narraciones de recetas que acompañaban, casi como un personaje más, la trama argumentativa.
La futura entrega contiene todo un aparato teórico donde asoman textos como El Popol Vuh, La Biblia, El reino de este mundo… a la par que demuestra cómo la cultura puede advertirse en las comidas que el hombre elabora y consume. Una sintética biografía que recoge lo más trascendente de la vida del escritor al que califica como “gourmet” —persona entendida en gastronomía o aficionada a las comidas exquisitas— y un grupo de entrevistas a destacados chefs, son otros de los atractivos que contiene el volumen catalogado por su autora como un libro de cocina, si bien no un recetario —aunque tenga recetas, que «aparecen como un recurso de la memoria colectiva que hay que guardar, conservar y recordar».
«La presencia de esas recetas en las novelas —comentó Padura— tiene más que ver con un juego literario que con una necesidad de expresar un aspecto de la realidad cubana. Como había esa carga de necesidades expresivas con respecto a la prioridad, la comida era como un oasis dentro de esta intención de reflejo y me permitía lograr una relación en un nivel distinto entre los personajes.
«Las novelas se empiezan a escribir desde el 90 y termino en el 98, pero las historias se ubican en el 89, en sus diferentes estaciones, en un momento en que en Cuba no había una crisis.
«La comida siempre fue la parte del sueño de lo posible y de lo imposible en estos personajes. Yo buscaba las recetas de Nitza Villapol, buscaba las más complicadas y las hacía más imposibles aún de realizar en un período de escasez.
«Me di cuenta de que a través de las comidas se podía expresar una expresión cultural. Ya en la última de esas novelas y en La neblina del ayer hay un tratamiento más cuidadoso del tema gastronómico y entonces revelo que el personaje de Josefina saca estas comidas de la imaginación».
Más de una veintena de los platos recreados como todo un ritual por el escritor, en esta etapa narrativa que vio la luz en la década del 90, fueron exhibidos en la velada gracias a la cortesía de la Empresa de Gastronomía, para ser degustados más tarde por un público que pudo constatar, con su propio paladar, las maravillas del recetario cubano concebidas a modo de literatura por el aclamado narrador en las cuatro estaciones del año.
