Cultura, autenticidad e ideología
Lo ideológico funciona de modo transversal en los procesos culturales de autentificación. Para reconocer, tanto la diversidad interna, como la transculturación permanente o el análisis subjetivo de la visión de sí mismo, esa transversalidad incide en la conducta individual y media sobre los comportamientos colectivos. Cuando una persona absolutiza determinado componente ideológico en su accionar, sobrepasa ese necesario carácter transversal y atrofia sus funciones. Puede ocurrir, incluso, que esa absolutización persiga objetivos nobles, necesarios, pero, al no tener en cuenta su relación de autenticidad en un contexto diverso, no le queda otra opción que acudir al dogma, no tanto como presupuesto ideológico, sino como actitud.
Por esta vía, lo identitario domina a lo auténtico, impidiendo el ejercicio dialéctico de sus funciones. Hay múltiples ejemplos en la estética del realismo socialista, mediado por un criterio de valor que, al tiempo que excluía de su propio entramado de valor toda norma que no respondiese a la ponderación absoluta de lo identitario, consideraba válida únicamente esa, su propia norma. Una visión de este tipo, que desconoce las funciones de la ideología en nombre de la ideología misma, carece de desarrollo posible y necesita, en el universo de las relaciones sociales, acudir a formas de dominio explícito, a reglamentaciones que intervengan en todos y cada uno de los procesos culturales con que se relacione.
La estética del realismo socialista no es, sin embargo, ni creadora ni propietaria exclusiva de conductas adictas al absolutismo. Hallamos ejemplos mucho más antiguos en el arte canónico religioso, que absolutiza la relación expresiva de sus iconos hasta estrechar totalmente sus posibilidades simbólicas; y modelos mucho más recientes en las estéticas de la desideologización, que absolutizan la percepción individual, para poder organizar una mediación ideológica subliminal.
La doble tendencia de entender la ideología bajo un juicio positivo o negativo polariza el papel de lo ideológico en todos los procesos culturales en que se va insertando el ser humano. La ideología, advierte Adolfo Sánchez Vázquez, “cumple siempre una función cognoscitiva, ya que proporciona cierta idea del mundo, así como de las relaciones del hombre con él, y de los hombres entre sí”.1 Tanto pretender llevar la ideología a ciencia, como desterrarla de ella, responden a una norma de comportamiento absolutista que revela trasfondos ideológicos de exclusividad donde lo identitario supedita a lo auténtico. El propio Sánchez Vázquez anota en ese ensayo que, en tanto la cultura se manifiesta sobre lo general, la ciencia reclama una expresión particular, esto es, específica, especializada y, por consiguiente, autentificada por sus propias nociones de verdad.
Ningún descubrimiento científico depende de que sus investigaciones provengan de una ideología fundamentada en nobles o terribles objetivos, como ninguno de ellos está exclusivamente predeterminado a hacer bien o mal. Con frecuencia hay denuncias, y evidencias, de que determinadas Compañías que se dedican a la comercialización de productos para el tratamiento del cáncer obstruyen o sabotean las investigaciones científicas que se realizan en el mismo ámbito científico pero fuera de su dominio patentado. En este caso, estos empresarios se identifican como comerciantes, se legitiman como monopolistas y hacen trascender la ética del comerciante. Así, como tal, se identifican, absolutizando esa manifestación identitaria sobre la autentificación de la conducta, contradictoria con la propia propaganda empresarial que predica el bien humano y la cura de enfermedades mortales y que hasta reconoce leyes antimonopólicas. Esto, tradicionalmente, no suele considerarse contentivo de ideologización.
Se produce así una especie de afasia, al relacionar metonímicamente la ideología con la práctica política cuyo objetivo se centra en el alcance del poder. Y esa afasia conduce, justamente, al doble extremo de comportamiento al valorar lo ideológico, al privarlo de la posibilidad de ser auténtico. No es, como en muchos casos, una paradoja, sino un traspaso de los límites del sentido en que estas categorías deberán funcionar en la cultura. Y tampoco es, paradójicamente, una conducta ajena a la naturaleza humana. Se trata de un riesgo inevitable. Negarlo significa negar la posibilidad de arribar a modelos de sociedad más justos, más equitativos y más capaces de extender el ámbito de libertades que el individuo puede permitirse dentro del campo de las mediaciones sociales de las cuales depende y a las cuales se proyecta.
La idea de lo auténtico se halla asociada, por tanto, a lo que se reconoce como legitimación en contextos particulares de las relaciones sociales. Para Max Weber, artífice de esta percepción ideológica, existen tipos ideales de legitimación que median para establecer, de modo más o menos armónico, el ejercicio del poder: la teocrática, la tradicional, la carismática y la racional.2 Por lejana que parezca, dice, además, el profesor Blás Guerrero, la idea de legitimidad teocrática ha tenido una importante significación en el pasado, pues, quienes ejercían el poder se valían de títulos que les permitían exigir la obediencia en virtud de su conexión con la divinidad, bien por ser ellos mismos divinidades, como en el Antiguo Egipto, bien porque disfrutan de la condición de vicarios de ellas, como ocurre con las prácticas católicas institucionales o con los monarcas absolutos europeos que gozaron de un estatuto de derecho divino.
Hoy día, no obstante su supuesta validez en el pasado, la institucionalidad religiosa actúa como mediadora del poder divino, de sus mandatos para el comportamiento social y cultural, y con frecuencia hallamos reacciones de deslegitimación y desautenficación por el uso de iconos religiosos en obras de arte e, incluso, la prohibición legal expresa de emplear la familia real en obras de carácter satírico. En fecha tan cercana como julio de 2007, un juez español emprendió un proceso legal contra la revista satírica El Jueves, por considerar que se menoscababan las figuras del príncipe Felipe de Borbón y su esposa.3
La legitimidad tradicional, para Weber, “descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos y en la legitimidad de lo señalado por esa tradición para ejercer la autoridad”. Se trata, añade el profesor Blás Guerrero a la cita de Weber, de “un tipo de legitimidad bien ajustado a sociedades agrarias atrasadas en que no solamente el poder, sino la mayoría de las grandes cuestiones que afectan a la sociedad, son resueltas por la guía de las tradiciones”. Nótese: sociedades agrarias atrasadas, frase que estatuye una desautentificación por medio del progreso civilizatorio que legitima la supeditación de prácticas tradicionales que, hoy día, se rescatan a través de la cultura, antes que a través del poder, para conservar las zonas menos erosionadas e indiscriminadamente explotadas del Planeta. El atraso de las prácticas, real desde el punto de vista tecnológico, no significa, sin embargo, un adelanto desde el punto de vista de la conservación de la especie. Esta idea, no obstante, se hallaba, y se halla, entre los estamentos que reciben la acusación de ideologizados, una vez que la hegemonía del mercado se legitima como práctica y se autentifica como éxito individual. Al absolutizar la identidad mercantil, o ecológica (“agraria atrasada”), la autenticidad deja de jugar su papel en el proceso cultural y aísla al individuo, según sea su toma de posición, según sea su sacrificio ideológico.
La legitimación carismática y su componente caudillista —explica Guerrero, citando, una vez más, a Weber—, “descansa en la entrega extraordinaria a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas”. Se trata en todo caso —acota— de “una legitimación a plazo, puesto que el tiempo someterá a ese carisma a un proceso de rutinización que terminará obligando a la transformación de este tipo de legitimación en otra de carácter tradicional o teocrático”. Y he aquí que la sucesión y el cambio dentro de la misma tradición son vistos como un proceso de supeditación por rutina de la práctica, antes que por transformaciones que parten del agotamiento objetivo de ellas. Como se valora estrictamente la cuestión del Poder en relación con una visión de la ideología asumida como la doctrina que a ese Poder sustenta, se desdibuja, una vez más, el papel de lo ideológico, crucial para establecer los mecanismos de autentificación en la cultura.
La legitimación racional, dice Weber, “…es la creencia en la igualdad de ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la autoridad”.4 De modo que es esta la que termina sintetizando a las demás y la que más se acerca a las nociones de autenticidad que majamos hoy día.
Jacques Rancière le pide justamente al arte crítico que su efecto político pase por la distancia estética, y establece dos modos para llevarlo a cabo: considerar al arte como estado del mundo en el que los opuestos actúan como equivalentes y, así mismo, se refunden en la obra, y reconocer en el arte el entrelazamiento de varias políticas que van a entrelazarse en la obra de acuerdo con la propia decisión exploratoria del artista.5 Al presentar la obra como formas de relaciones externas, en lugar de formas estéticas, advierte Rancière, esta propone una realización anticipada del efecto. Es decir, que la obra que reconocemos saturada de presuposiciones ideológicas, o de absolutizaciones dogmáticas de la ideología, en verdad, necesita crear, sugerir e imponer el mundo que dice reflejar, o que pretende interpretar.
Hay, pues, una visión que pretende mediar sobre la percepción social, para diseñar un juicio y, sobre todo, para legitimar las restricciones que ese juicio entraña, asociadas tanto al sentido identitario del punto de vista de la enunciación, como a los elementos que puedan autentificarlos. Es un proceso que se define en la cultura, en su nivel más amplio en sociedad. Por ello, a la práctica cultural del mercado como éxito le es más fácil establecer su norma práctica que a otras proposiciones que dependen de cambiar el estatuto social de supervivencia, sin poder cambiar aún los elementos que determinan las bases de ese mismo estatuto. De ahí las diferencias generalizadas en los patrones de opinión entre el realismo socialista soviético y la libertad de expresión burguesa que dominó el siglo XX.
De modo que, mientras lo identitario y lo auténtico actúan en estrecha relación dialéctica, intercambiándose el carácter auxiliar y la principalidad, la ideología se coloca entre ellos mediante dispositivos sistémicos de transversalidad que la cultura pone en uso. Si no se aprehende, en su carácter transversal, a lo ideológico, se convierte, casi sin excepción, en un mecanismo de absolutización de los procesos culturales, se ejerzan estos tanto en los micro como en los macroniveles. Desde el uso y la adquisición cotidiana de bienes culturales, hasta la creación expresa de obras para figurar en el arte, reciben la incidencia de la ideología. Hasta hoy, como lo observaba Marx, es más propicio, para la dominación, direccionarla como “falsa conciencia” —legitimación del dominio externo—, que como ideal emancipador susceptible de ser llevado a la práctica.
Notas:
1- Adolfo Sánchez Vázquez: “La crítica de la ideología en Luis Villoro” (pp. 510-530), en Ensayos a tiempo y destiempo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 522.
2- Cf. Andrés Blás Guerrero: “El Poder como elemento del Estado”, en Carlos Cabrera Rodríguez (comp.): Selección de lecturas de Sociología Política, t. I, Editorial Félix Varela, La Habana, 2004.
3- El punto 2 del Artículo 491 del Código Penal español vigente establece: “se impondrá la pena de multa de seis a veinticuatro meses al que utilizare la imagen del Rey o de cualquiera de sus ascendientes o descendientes, o de la Reina consorte o del consorte de la Reina, o del Regente o de algún miembro de la Regencia, o del Príncipe heredero, de cualquier forma que pueda dañar el prestigio de la Corona”.
4- Ibídem.
5- Jacques Ranciére: “Las paradojas del arte político” (pp. 65-91), en Criterios, nro. 36, 2009, p. 91.
