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Ochenta y cinco años de La zafra, de Agustín Acosta (I)

Luis Álvarez Álvarez, 06 de septiembre de 2011

Publicado en 1926, La zafra fue, desde el instante mismo de su aparición, reconocido como un poemario trascendental en la literatura cubana, y motivó en el momento de su aparición tanto elogios apasionados —y, a la larga, pesó considerablemente en la designación de Agustín Acosta, en 1955, como Poeta Nacional por el Congreso de la República de Cuba—, como también una reflexiva crítica de Julio Antonio Mella, quien no vaciló en considerarlo un gran poema político, bien que advirtiendo, desde su perspectiva marxista, una serie de limitaciones —en particular de carácter temático, por lo que Mella juzgaba como una incapacidad de Acosta para  captar el rostro ideológico de los campesinos y obreros de la industria azucarera— en la perspectiva desde la cual se había trazado el panorama general de la principal actividad agrícola cubana. Lo cierto es que este poemario consagró la popularidad de Acosta como poeta que abordaba en esos versos un tema de enorme trascendencia para Cuba.1 Unos treinta años después, Cintio Vitier consignaba en Lo cubano en la poesía:

El acierto de Acosta es doble: de oportunidad y de fragancia. Ese libro había que escribirlo del año 20 al 30. Todo él vibra de una emoción nacional que se había acumulado lo bastante como para merecer el testimonio poético, y que era todavía lo bastante joven e ingenua para que ese testimonio no saliera forzado y marchito. Pero además Acosta no reduce el asunto de La zafra a su aspecto de lamentación patriótica y prédica social, sino que tiene el acierto de entrar con sus sentidos francos, simples y abiertos, en la atmósfera campesina del tema.2

¿Qué nos aporta La zafra ochenta y cinco años después de su aparición? La primera cuestión es que se trata de un poemario de una singularidad absoluta, sean cuales fueren las críticas que hayan podido dirigírsele ya desde el punto de vista temático-literario, ya desde el de una perspectiva sociológico-política. En efecto, un área en la cual se contraponen de un modo impactante la poesía y la prosa nacionales, es la del empleo de símbolos del imaginario popular cubano. Mientras el tema del azúcar llena algunas páginas memorables de la narrativa —Marcos Antilla, por ejemplo— y sobre todo de la ensayística cubana —desde la época colonial, hasta obras de tan ancho aliento como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, de Fernando Ortiz, y El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals—, de modo que en estos géneros de escritura la caña de azúcar encarna períodos fundamentales de la historia patria y se convierte en uno de los signos emblemáticos de la cultura cubana, en cambio la poesía, desde el siglo XIX —de Heredia a Martí—, focalizó como símbolo a la palma, de modo que podría uno imaginar como un muy paladeable estudio futuro de estos dos elementos que, en verso y prosa, conforman dos esferas complementarias del imaginario literario cubano. La presencia de la caña azucarera en la poesía ha sido excepcional, bien que haya alcanzado estatura trascendente en dos obras: el poemario de Agustín Acosta, y la Elegía a Jesús Menéndez, de Nicolás Guillén. Pero es el libro de Acosta el que, además de resultar su primer momento de poetización intensa en las letras nacionales, hace de la caña el tema central del discurso lírico —mientras que en la elegía de Guillén resulta, más bien, un trasfondo— en la medida en que resulta el punto de partida para trazar una valoración poética de toda la historia del país. De este modo, La zafra sigue siendo piedra miliar en el tratamiento del tema.

Una segunda cuestión tiene que ver con la lectura misma que nuestra contemporaneidad puede realizar de este libro. Las peculiaridades de la vida de Acosta y su creciente participación activa en la política y el gobierno cubanos a partir de la década del treinta —actividad en la cual influyó, en alguna medida, la difusión de La zafra3, luego su salida de Cuba hacia Estados Unidos en la década del setenta —a los 87 años de edad—, fueron motivo para incrementar un relativo olvido en torno a su obra. Este silencio desafortunado, típico de los años setenta, obliga ahora, so pretexto de los ochenta y cinco años transcurridos, a una re-lectura. Es del mayor interés advertir que Acosta fue considerado por algunos críticos —por ejemplo, por Juan J. Remos—,4 el gran poeta del modernismo en Cuba. El propio Vitier subraya su diferencia con figuras trascendentales del modernismo cubano, como Boti y Poveda:
 

Lo esencial está para mí en la abertura y franqueza de la voz de Acosta, tan distinta de la conceptuosa y vigilada dicción que sentimos en Poveda y en Boti; ese modo de decir las cosas sin ningún resguardo, en la pura visibilidad de la intemperie, sin que se interpongan más que algunas ingenuas estilizaciones o algunas ideas muy sencillas.5

La peculiaridad de entonación que advierte Vitier, es ratificada por Denia García como una incorporación —posiblemente inconsciente— de las búsquedas poéticas de las vanguardias: “Lo vanguardista en la poesía cubana no hay que buscarlo en la aceptación y asimilación de determinados «ismos», más o menos canonizados, sino en la voluntad de resquebrajar valores establecidos no solamente en el discurso, sino en el tema escogido”.6 Y, en efecto, La zafra está tejido sobre un lenguaje en lo esencial modernista, pero con frecuentes irrupciones de un modo diferente —más directo, prosaísta y atrevido en sus imágenes— que se percibe en proximidad de las experimentaciones de las vanguardias, en particular en pasajes en que el contenido mismo del verso se vincula con una renovación. Así, el ingenio moderno de la década del veinte, es descrito como sigue:

Gigantesco acorazado
que va extendiendo su imperio
y edifica un cementerio
con las ruinas del pasado…
!7

El poema que abre La zafra, “Pórtico”, es un panorama general de la actividad azucarera y, en última instancia, de una patria agostada, donde la independencia política es más aparente que real, “[…] una alegre quimera / que se burla de un hastío”.8 Se trata, pues, de un primer mural, al cual sigue el poema “Preludio”, ahora concentrado en el poeta mismo: es, en buena medida, una auto-justificación del escritor modernista por abordar un tema tan distante de los frecuentados por la tradición de su movimiento lírico: “Poeta: hay algo tuyo / que quiere ser cantado”.9 Es significativo que el libro presente dos preámbulos: uno, para presentar el abigarrado espacio nacional de la producción azucarera —mescolanza de agricultura e industria—; el otro, para aludir, en síntesis estremecida, a la obligación de enfrentar ese tema en un lenguaje peculiar: “Poeta: el canto es fuerte / y el verso debe ser ligero y musculoso”.10 Luego Acosta tenía una conciencia profunda de la singularidad de su libro, al menos en el conjunto de la producción poética del momento. Hay, además de esta actitud declarada, una voluntad de historiar la patria, que Acosta considera necesario explicitar todavía en el Canto I, “La aurora”: “Así podremos ver en nuestra historia antigua / sin deslumbrarnos. Niebla del presente, compacta”.11 El Canto II, “Mediodía en el campo”, comienza con una visión bucólica del paisaje mismo, en una voluntad de quintaesenciar la belleza natural que se diría resonancia del paisajismo de la poesía cubana de las primeras décadas del s. XIX, si no fuera porque el lenguaje es, de modo palpable, el de la atormentada centuria del poeta:

Huele a caña de azúcar. Sobre el verde
oleaje de los cañaverales
hay un temblor de sol, un rizamiento,
una vibración impalpable
que tuesta el estuche pajizo
de los erectos frutos.
            El almagre
de la tierra, reseco por la falta
de lluvia, muestra huellas imborrables
de ruedas de carretas, de pezuñas bovinas,
que son pozos de sangre…
12

 

1 Cfr. Lo que escribe al respecto, en 1945, Juan J. Remos en su Historia de la literatura cubana. Cárdenas y Compañía. La Habana, 1945, t. III, p. 222.
2 Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía. Úcar, García, S.A., La Habana, 1958, p.296.
3 Cfr. El abarcador ensayo de Denia García Ronda, “Agustín Acosta, el poeta de La zafra”, que aparece como prólogo a: Agustín Acosta: La zafra. Sociedad Económica de Amigos del País. La Habana, 2004, pp. 7-32.
4 Cfr. J. J. Remos, ob. cit., t. III, p. 219.
5 Cintio Vitier: ob. cit., p. 297.
6 Denia García Ronda: ob. cit., p. 20.
7 Agustín Acosta: La zafra, ed. cit., p. 39.
8 Ibídem, p. 41.
9 Ibíd., p. 43.
10 Ibíd.
11 Ibíd., p. 45.
12 Ibíd., p. 47.

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