Filosofía y espiritualidad en El Quijote (I)
En abril de 1905, desde Madrid, en su “Letanía de nuestro señor Don Quijote”, Rubén Darío escribía:
Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, todo fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.
¿Por qué, más de cuatro siglos después de su aparición, todavía esta empresa literaria puede congregarnos? No valen respuestas como: “este libro se publica porque ha sobrevivido durante siglos”, o porque “forma parte de los programas escolares”, ni siquiera aquello de que “Cervantes es una autoridad del idioma y a él tienen que acudir obligadamente todos los académicos de la lengua”. No. La interrogante más aguda sería: ¿Qué tiene ese libro para nosotros en nuestras circunstancias? En el mundo de hoy, y específicamente en la Cuba de este minuto, ¿por qué dedicar tiempo al Quijote?
Más allá de sus excepcionales méritos narrativos, o de la vastedad de sus aportes lingüísticos, la novela de Cervantes se ha convertido en una obra paradigmática por ser la exposición casi sistemática de una visión filosófica y espiritual propia de un humanismo activo, que jamás se desliga de los problemas inmediatos.
Alguna vez se ha dicho que El Ingenioso hidalgo… es un libro realista y sin dudas hay en él una visión elevada y dignificadora de la realidad, pero siempre en diálogo con la fantasía y con lo trascendente. Pocas veces en la historia de la novela se han encontrado libros fundacionales como este, donde una historia, al parecer simple y regocijante, se llena de tantas implicaciones, que no solo es espejo de su tiempo, sino modelo reflexivo y guía de vida para los presentes y venideros.
No es extraño, pues, que fuera esta novela la escogida para inaugurar la Imprenta Nacional en 1960, en una edición popular en cuatro tomos, que incluía los célebres grabados de Doré y un dibujo de Picasso, multiplicada en una cantidad tan pasmosa de ejemplares, que era posible comprarla, no solo en La Moderna Poesía o en las más importantes librerías de provincias, sino hasta en las bodegas de barrio. Tampoco puede resultar raro que uno de los más populares monumentos de La Habana sea este “Quijote de la Rampa”, que sigue cargando contra gigantes reales e imaginarios.
Aún antes de eso, este libro dejó huellas en importantes figuras de la literatura cubana, como Domingo del Monte, José María Heredia, Antonio Bachiller y Morales y Gertrudis Gómez de Avellaneda. Pensadores de nuestro siglo XIX, como Manuel Sanguily, Rafael Montoro y José de Armas y Cárdenas, le dedicaron páginas o pasajes oratorios memorables. José Martí, quien se apoderó del libro desde los días del colegio de Mendive, escribió en 1888 que Cervantes era “aquel temprano amigo del hombre que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la vida entre los humildes al adelanto cortesano, y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia”.
Según apunta Medardo Vitier en su “Estimación del Quijote”, en tiempos de Cervantes, había en la literatura española dos vías privilegiadas para el abordaje de los problemas existenciales: la picaresca y la mística, dos caminos extremos y, al parecer, excluyentes. Sin embargo, en la obra que nos ocupa, el escritor iba a lograr lo que parecía imposible: el hallar un camino intermedio entre ambas, el más satisfactorio para su humanismo inquieto, laico y cuestionador, más nutrido de su andadura vital que de lecturas ordenadas.
El Quijote está lleno de pícaros: unos, a rostro descubierto, como Ginés de Pasamonte; otros, ocultos bajo la capa cortesana, como los Duques. Sin embargo, el pragmatismo de unos y la falta de ideales de otros no son la corriente maestra de la novela; Cervantes puede mostrar cierta bondadosa comprensión con algunos ―los más desheredados en el plano social―, pero esta novela no es de las que hacen del pícaro un héroe, como ocurre desde El lazarillo de Tormes (1554) a La pícara Justina (1605), ni está signada por la amargura extrema que motivará la Vida del Buscón de Quevedo.
Si alguna afinidad con la picaresca encontramos en su libro mayor, es el nexo con un texto que ya por entonces venía resultando antiguo: La Celestina (1499), dada la mezcla en ambos de un idealismo nutrido por un ancho caudal de erudición clásica, contrapuesto a la vida picaresca del bajo mundo, aunque las escalas entre uno y otro orbes no están cortadas, sino que tienen sutiles o descarnadas intersecciones. Los dos libros están poseídos por el muy humano interés por asomarse a lo más alto y lo más bajo.
En Mimesis, Erich Auerbach ha realizado un importante distingo: en La Celestina, todavía hay normas fijas para juzgar lo bueno y lo malo, en El Quijote, más lúdicro, hay más interés en exponer que en juzgar, y se deja un importante componente al azar. Esto es cierto… solo en parte: el moralismo de Cervantes es menos didáctico y elemental que el de Rojas, su visión de la vida es más amplia y matizada, y sus recursos literarios, considerablemente más sutiles que los de su antecesor.
Cervantes, como Rojas, es un lector de Platón, Séneca, Virgilio, de la Biblia, conoce de poesía cortesana y de teología, pero no está encerrado en un círculo humanista; es alguien que cree fervientemente en la vida activa, en la posibilidad de modificar la realidad con obras, en su libro aparece más de una vez citada la frase bíblica: “Operibus credite et non verbis” (las palabras sin obras son vanas), lo que en el llano lenguaje de Sancho se traduce en: “bien predica quien bien vive”.
Respecto a la mística, Cervantes no es un contemplativo, pero sí alguien en quien ha dejado huellas la literatura espiritual de los Siglos de Oro. Cuando su protagonista define el ideal del caballero andante, parece tomar sus palabras de alguno de aquellos sacros prosistas, desde Fray Luis de Granada a Malón de Chaide: “ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla”. Y la caballería acaba siendo, para él, una mística, un fuego devorador y absoluto en que se abrasa. Por cierto, en este asunto hay una curiosa confluencia de Cervantes con Santa Teresa de Jesús. Confiesa la escritora abulense, en su Vida, su juvenil afición por las novelas de caballería, la cual considera casi como un pecado; sin embargo, de ellas derivará no solo ciertas imágenes como el castillo interior de diamante en Las Moradas, sino el modelo todo de su vida andariega. Nuestro autor, contrariamente, por la conciliación de las armas y las letras, llega a una altísima espiritualidad que se traduce en la fiebre del caballero andante por transformar el mundo.
