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Filosofía y espiritualidad en El Quijote (V)

Roberto Méndez Martínez, 11 de noviembre de 2011

La relación de actos de Sancho en su efímero gobierno en la Ínsula no parece seguir al pie de la letra los consejos de su señor. Su conducta, guiada por esa cultura popular a la que ya nos hemos referido, subvierte los mecanismos de poder, espanta a los cortesanos, desarma a los eternos litigantes y confunde a los letrados. Como siempre mira al poder desde abajo, viola continuamente la “letra” de la justicia, pero se atiene a su espíritu. Cervantes parece guiñarnos el ojo: la justicia debe tener algo de la ética de los sabios, pero también mucho de los reclamos de los eternos desposeídos.

Sin embargo, el asunto no es tan sencillo: no basta con la recta intención ni con la solidaridad, ni siquiera con saber descubrir el mal. A veces la buena voluntad agrava las cosas o crea efectos inesperados: las amenazas a Juan Haldudo empeoran la suerte de Andresillo; la libertad a los galeotes, ni es agradecida por ellos ni mejora su conducta. Cervantes ha vivido en carne propia la injusticia, no cree en jueces ni en inquisidores, hay abundante amargura en su visión de los descalabros del héroe, pero cree que hay que seguir aspirando a la paz y la justicia, a la edad de oro y al orden evangélico. Y aunque alguna vez su optimismo parece ponerse en crisis —“estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos”—, hay una capacidad de persistencia ejemplar a lo largo de sus páginas.

Para la libertad son los mayores elogios del libro. A los guardianes que llevan a los galeotes, se les advierte que es “duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”; y el cautivo de Argel asegura que “no hay en la tierra, conforme a mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida”, antes de regalarnos su elogio mayor en la segunda parte de la novela: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Sobre estos tres valores se afinca el humanismo de Cervantes y, más aún, una altísima espiritualidad que cimenta esa que hemos llamado “vía intermedia” en su libro. Vía platónica y estoica, pero también cristiana, de un cristianismo nuevo, con un algo anticlerical y un mucho de laical y evangélico.

Mucho se ha repetido que el novelista, como otros en su tiempo, procuró ocultar sus opiniones sobre los asuntos religiosos, temeroso de la Inquisición. Eso, en parte, es cierto; pero no pudo evitar, en la vastedad de su empresa narrativa, el poner en solfa nada menos que a los frailes dominicos que van de viaje con ridículos antifaces y quitasoles y huyen cobardemente ante el avance del caballero, y se despacha, por boca del protagonista, en los denuestos al clérigo que sirve en casa de los duques. Toda la obra está llena de alusiones a la visión estrecha de los dignatarios eclesiásticos, a sus apetitos e ignorancias.

Sin embargo, la obra está preñada de frases evangélicas y en ella se unen el viejo ideal caballeresco con la moral cristiana, en el sueño de una espiritualidad humanista que, como la de Vives, parece marcada por huellas del erasmismo. No se olvide que Erasmo fue el autor no solo de una parodia: el Elogio de la locura, que debió ser grata a Cervantes, sino de un Enchiridion del caballero cristiano, que pudo ser un referente posible para el personaje central de su obra. Cervantes es hombre de fe humanista, reformista, como la de ciertos círculos clandestinos de su tiempo que por entonces fueron tachados de proclives al protestantismo. Su fe es no institucional, algo heterodoxa, pero muy apegada a la Escritura.

En 1949, en el número 24 de la revista Orígenes, Fina García Marruz publicó “Nota para un libro sobre Cervantes”, en el que comentaba un texto de Mirta Aguirre aparecido en 1948 en las Ediciones Lyceum: "Un hombre a través de su obra: Miguel de Cervantes Saavedra”. Aunque Fina reconoce ciertos valores en la obra, polemiza con el punto de vista materialista de la autora, quien niega la existencia del alma y solo concibe la redención en el plano social. Con sencillez y, a la vez, con notable firmeza, la comentarista expone la que considera la más honda verdad en El Quijote; vale la pena citar in extenso:

¿Un libro desengañado? Un poco sí, del mundo, como el propio Cervantes, pero “sin moraleja y sin veneno” desengañado no de “aquella” realidad sino de aquello en que todas las realidades se parecen, pero un libro creyente también del que se desprende más fe que de ningún otro en la perennidad del bien y del alma. ¿Es que acaso la justicia es irrealizable? En el mundo sí, parece decir la tristeza y cordura de Don Quijote, pero no en el alma. Pues una vez curado Don Quijote de empeños redentores en la historia, se vuelve a la soledad de su alma. Sabe que si no se acierta siempre a vivir bien, se puede siempre, al menos, bien morir. Don Quijote vuelve de la historia, va a su alma. De las soledades viene y a las soledades va, pero estas últimas ya no le fallan. Como Cristo, puede decir el impresionante “no ruego por el mundo”, pero todavía queda un poco de tiempo para pedir que rueguen por su alma. La solución del libro me parece cristiana. Y lo cristiano es partir de la persona, creer en la salvación personal. No en la salvación social. Pero renovado el individuo, renovada su circunstancia, y renovada desde allí no puede ser ya alterada, renovada desde adentro. La revolución social va a los efectos, la renovación cristiana a las causas, o a lo que es más profundo que las causas, el origen. Don Quijote se vuelve al verdadero campo de batalla, donde no hay desproporción entre el vencedor y el vencido porque son uno y el mismo.

Pero creemos que la verdadera lección de Cervantes es aún otra. No la de dar un punto de vista más sobre el hombre o las cosas, sino la de amar ese margen de misterio que todo fanatismo tiende a borrar. Margen que es lo cervantino por excelencia, que podemos encontrar en esos trazos “sobrantes” de su realismo y de su humorismo, por el que se escapa siempre a la reacción esperada y por tanto inevitable, a lo mecánico, que es lo único triste de veras. Ese margen también con el que no vivimos sino que nos vemos vivir a nosotros mismos, que es la “punta” misma del alma de que hablan los místicos, corriente silenciosa de la vida que no es agotada por nuestros actos o nuestras ideas y de la que brota en Cervantes esa peculiar alegría que ve lo perenne humano detrás de su necesaria máscara, que ve al hombre Alonso Quijano detrás de la locura y la tristeza de su representación. Y si al principio diferenciábamos a Cervantes de Ortega, acaso lo hacíamos pensando en esta zona del alma que no participa de su quehacer y que al filósofo que definió la vida como quehacer o historia parece interesarle tan poco. Y que —con independencia del criterio de nuestra autora, cuyo libro en otros aspectos nos ha enseñado y conmovido tanto— es el sitio eterno.

Por la audacia de sus síntesis, por su voluntad utópica, Cervantes es el fundador de una espiritualidad caballeresca, militante, activa y laica, cuya enorme actualidad nos sigue impresionando y, más aún, iluminando en estos tiempos que, como hace un siglo, cuando Darío forjó sus versos, nos hacen invocar, no al buen Alonso sumergido, a su pesar, en las tinieblas de la falsa razón y muerte, sino al gran loco de don Quijote, incansable por los caminos del mundo, donde hay tanto entuerto por desfacer. Repitamos con Darío:

Ruega generoso, piadoso, orgulloso,
ruega casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues ya casi estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.
[...]
Ora por nosotros, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
¡que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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