Acerca de Eduardo
Querido Eduardo:
Luego de la originalidad de nacer en Moscú, allá por el año 62 del pasado siglo, y de tu primera infancia de la cual no sabemos ni probablemente necesitemos saber nada, estudiaste en la misma escuela que yo, y recuerdo que adquiriste el sobrenombre de “El Filo”. Algún día nos explicarás por qué. Más tarde, pasas a la Universidad de La Habana donde fuiste alumno de mi madre, a pesar de lo cual te graduaste como Licenciado en Historia del Arte a tus 23 años, porque no querías competir con la famosa canción si lo hacías un año antes.
Me acuerdo de los comentarios que se suscitaron cuando optabas por una plaza de profesor en dicho departamento, y del insólito hecho de que mi madre considerara que era muy buena idea tenerte allí como colega. Sin embargo, parece que todo fue un reto que una vez logrado, abandonaste pronto sin que sea necesario que aclares el porqué.
Lo primero que leí de ti, mucho antes de que te convirtieras en el escritor-guionista que eres hoy, fue un librito de 32 páginas (que empezaba por la número 3, asi que en realidad tenía escritas 29 cuartillas) llamado Criminales, y enseguida otro librito más (Virus), esta vez un poco más extenso, ambos por la Casa Editora Abril en 1994.
Ese mismo año, tuve la feliz coincidencia de coincidir contigo en la primera convocatoria de Los Pinos Nuevos, donde 23 concursantes —además de nosotros dos— ganaron el premio de ver publicados libros suyos en el medio del llamado período especial, en su opción menos cero. Tu novela Los doce apóstatas, asi como el libro a varias manos Basura y otros desperdicios, publicados por Letras Cubanas, forman parte de ese primer grupo de ediciones milagrosas, como la estática de muchos de nuestros solares centrohabaneros.
El resto de tu historia como creador de un estilo literario muy particular donde se destacan la inteligencia, la capacidad fabuladora, la mordacidad bien empleada y sobre todo, un sentido del humor realmente excepcional, es bien conocida. Ahí están tus libros de cuentos El beso y el plan, Cabeza de ratón, Obstáculo, Todo por un dólar, Unplugged, Sex Machine asi como tus novelas La clessidra de Nicanor , Tres y El Universo de al lado, para atestiguar dicha aseveración.
Has tenido éxito en muchos proyectos, pero no me lanzo a catalogarte «Un hombre de éxito» porque ya sabemos cómo acabó Évora en la película homónima de Humberto Solás. Podría referirme pero en aras del tiempo no lo haré, a tu conducción en el grupo Nos y otros, a tu participación en los festivales Aquelarre, a tu incursión en los actos del Acapulco, en la época dorada en que Doimeadiós estaba al frente del entonces joven Centro Promotor del Humor y a los variopintos espacios que has tenido para convocar a escritores, músicos y gente poco reconocida en general. No obstante, es de señalar que cuando vemos tu nombre en las pantallas, al menos varias carcajadas han sido puestas en garantía, y asi ocurrió con las películas Kleines Tropicana, La vida es silbar, con Hacerse el sueco, y asi sucede con los cortos del sello Sex Machine, en los cuales, Luis Alberto García, como Nicanor, y Néstor Jiménez, encarnando a Rodríguez, el público encuentra no solo ironía, sino el placer de ver textos escritos con profundidad, con homenajes, con altos referentes más tarde interpretados con la maestría de estos dos actores, queridos y populares hasta el tuétano. No quisiera ahondar en tu carrera como autor y director de materiales audiovisuales, ya que nos convoca la literatura, y es a partir de ella que nos reunimos hoy, frente a un público ansioso por saber de primera mano cuáles son tus planes inmediatos, y escucharte leer los cuentos que tú escojas.
Me gustaría señalar que quienes vean en ti al eterno iconoclasta, al osado escritor que dice lo que muchos quisieran y no se atreven, al tipo duro- audaz que acaba en una estación de policía, a quien convoca a trovadores medio sometidos a bajo ruido, se están perdiendo la —como se dice ahora— integralidad de tu gracia. Me curo en salud adelantando una idea acerca de ti que hace rato me ronda (no tú, sino la idea), y es que formas parte de un grupo curioso desde el punto de vista social, consistente en personas que fuimos educadas, criadas, y desarrolladas en unas creencias férreas cuyos lazos son, como el bolero, imposibles de borrar, y tu inteligencia aporta en tu creación literaria la rebeldía que también adquirimos en los años felices en que andábamos sin carnét de identidad y pensábamos que el futuro iba ser de verdad luminoso, mezclada con un compromiso visceral que te hace ver el mundo sin empañamientos ni dobles espejos. Hablo no de tus cuentos más conocidos debido a la audacia (Monte Rouge, Consejo de dirección, Senectud Rebelde) sino de aquellos fabulosa y sutilmente defensores de cierta ética, como Dissident Club, Unplugged, Los enanos de Bergman y El guerrillero, este último tan recién salido de tu horno que apenas tiene un mes de vida.
Todo forma parte de la misma moneda, en este caso nacional, pero moneda al fin. No eres un artista como esos que por desdicha abundan, aprovechado de la urgencia de montarse en el carro de lo que se vende, de la moda, del mercado emergente. Eres un escritor de los buenos, comprometido con su tiempo, a la altura de sus circunstancias y con ello creo haber dicho todo, aun a riesgo de someterme a la decepción de quienes pretendan ver sólo el costado irreverente de tu obra.
Laidi Fernández de Juan, noviembre, 2011.
