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Jesús David Curbelo: «Es muy difícil para un poeta»

Racso Morejón, 20 de enero de 2012

¿Será Jesús David Curbelo (JDC) el poeta cubano que crece –cuece- entre el mito y realidad la biografía personal? ¿Dónde buscar el acertijo del ser humano, en las mentiras de la ficción o en las evidencias y mutaciones de su poética? Estas fueron -al menos las dos primeras- preguntas que me hice tras haber transcrito la entrevista que me concediera el poeta JDC  el pasado octubre en el espacio Informalmente formal que desde hace cinco años conduzco en la Casa de la Poesía.

Sostener una conversación con él, en torno a su quehacer intelectual, sobre poesía, crítica literaria, o literatura en sentido general, ya lo dije en el acto de presentación, es revalidar que le tiene cogida la temperatura, el estado de ánimo  y la fuerza de las vibraciones a buena parte de lo más granado de la literatura cubana y universal, con estratificados asentamientos conceptuales sobre los oficios que desempeña y desde una proclive inclinación al salto cualitativo de sus lecturas, de las circunstancias y el empeño por aprehenderlas.

Jesús David Curbelo, (Camagüey, 1965) Poeta, narrador, crítico literario y traductor. Licenciado en Filología por la Universidad Central de Las Villas. Director del Centro Dulce María Loynaz y profesor adjunto de la Universidad de La Habana. Premio David de Poesía en 1991 por Salvado por la danza, es un poeta de la persistencia sobre el aliento de la palabra, su vigor o robustez en franquicia con la carga semántica de su textualidad, un (su) detonante de lo simbólico. Plural y heterogéneo vienen siendo afinidades en este autor para quien la literatura en tanto destino es una estocada con la que trasgrede su actualidad.

La literatura, entiéndanse (en ella) la manía de descongestionar la realidad de su propio gravamen, de su consustancial lastre,  había dejado de ser una traumática invención del Ser para escapar de la sombra de lo desconocido. Impresionante inquietud o inquietante impresión del espíritu. Una encrucijada a la que el hombre se vio avocado y, —la encrucijada es  una frágil carpa que cubre los insomnios, como declara en un verso Jesús David Curbelo—, en ese intento por sofocar su ansiedad deambula el hombre, hasta el ser-poeta que le inviste, sobre todo cuando un golpe de salterio bien pudiese abolir las destrucciones.

A esa capacidad para el diálogo que tiene el poeta —citado— confié esta entrevista, a su ineluctable bondad y conocimiento y a la pericia de enseñante que podemos encontrar dentro y fuera de sus versos, sus ensayos, sus lecciones y charlas, su periodismo cultural, sus relatos y novelas, sus traducciones, en fin su ejercicio filo-lógico. Así, desde la Literatura —a su asimiento— y para ella se estrechan estas respuestas.


¿Qué evocaciones se adueñan de ti si te pregunto sobre las peñas literarias de la Facultad  de Filología de la Universidad Central de Las Villas y el taller de poesía de Alfaro, el profesor de Latín?; o si te dijera, por ejemplo, Carlos Galindo Lena ¿cuáles serían tus recuerdos más inmediatos?

Bueno, eso fue un periodo  en la Universidad Central de Las Villas. Alfaro era un personaje muy especial, un tipo que enseñaba latín y le gustaba la poesía de José Ángel Buesa. (Risas) No se rían, a mí también me gusta cierta zona de la poesía de Buesa, he escrito incluso a favor de Buesa, tengo un  ensayo que publicaré algún día sobre José Ángel Buesa, sobre lo que yo creo que son sus méritos y sus problemas, pero fue un período muy interesante porque coincidió con lo que después cierta zona de la crítica literaria cubana llamó «el despuntar de la poesía del centro», algunos de los protagonistas,  o uno de los principales protagonistas de ese momento de la llamada  poesía del centro, es Heriberto Hernández, poeta que hoy vive en EE.UU, estudiaba en la Universidad Central de Las Villas, era mi colega en esos asuntos de experimentar por los talleres vinculados a peñas literarias.

Fue un momento que antes, quizás, no se había producido, al menos en esa Universidad, o llevaba tiempo sin producirse, fue el que logró fundir cierta zona del claustro universitario y de los alumnos con lo que estaba pasando en ese mismo momento en la vida cultural literaria de Santa Clara.

Normalmente las academias tienen el problema de estar unos pasos por detrás de la vida cultural, y en ese caso fue muy interesante porque estaba Berta Calú, que también era parte de este alumnado, fuimos compañeros de curso, al menos durante un año y tanto y logramos hacer que pasaran por esas peñas los poetas que en ese momento estaban haciendo propuestas más desenfadadas, más audaces, Frank Abel Dopico, Jorge Luis Madero, Norge Espinosa, que en ese momento era un joven de 16 o 17 años, para mí fue muy importante porque de alguna manera ese fue mi debut, no como escritor, yo en ese momento no me consideraba un escritor, sino una persona que tenía ciertas inquietudes literarias y que las canalizaba en esos espacios.

Carlos Galindo Lena, es un nombre que a mucha gente puede que no le diga nada, porque es ese tipo de autor, o fue (ya está muerto) que no hizo una vida literaria demasiado activa, al menos en un periodo de su vida, por razones a veces culturales, coyunturales, políticas, no porque fuera desafecto  de la política de la revolución ni mucho menos, sino porque le tocó quizás una época aciaga, de mucha intransigencia gratuita y tuvo ciertos encontronazos con determinadas políticas culturales y oficiales, eso lo que creó en él fue una profunda frustración que lo hizo retirarse de la vida cultural y dedicarse casi exclusivamente a la docencia, ni siquiera universitaria, enseñaba literatura en el pre de Santa Clara; claro, estamos hablando de una época en que todavía el pre era una institución cultural de relativa importancia en la formación de un estudiante.

Él tenía una vocación pedagógica muy profunda, entonces a través de él, en un período en que las lecturas de los poetas cubanos, digamos de una tradición, Galindo la facilitó, o al menos me facilitó, a mí y a otros también, lecturas de poetas que en ese momento eran como misterios. Poetas bastante raros como el lituano Milot, no el Premio Nobel, sino el otro, o cosas así que realmente eran, contra canónicas con lo que se tenía por las lecturas oficiales de la poesía cubana que tenían que ver con el conversacionalismo, con el coloquialismo.

Gracias a Carlos Galindo yo leí de una manera a Orígenes que quizás no los hubiera leído igual sin su ayuda, sin su consejo, incluso me vinculé con cierta poesía de la generación del 50, él mismo, Francisco de Oraá, Roberto Friol, no personalmente, me vinculé leyéndolos, a Cleva Solís, si se pudiera considerar que en  este caso es de esa generación, o sea, esos autores que no eran, paradigmáticos dentro del discurso de esa generación y que sin embargo después el tiempo ha ido demostrando que, efectivamente, tenían una voz peculiar, una forma personal de entender la poesía, tan válida como la que en ese momento se consideraba la norma.

Entonces Galindo me ofreció todas esas cosas , era un lector muy exigente y normalmente me prestaba libros, yo los leía, conversaba con él y de algún modo me enseñó algunas maneras, o me hizo algunas propuestas para leer la poesía que no eran exactamente las que hacían en las aulas de la universidad.

Yo tuve la suerte, siempre lo digo, que en la Universidad Central de las Villas había un claustro lo suficientemente bueno como para que esas propuestas también resultaran interesantes, dos o tres personas como Arnaldo Toledo, Camil Sotolongo, Juan Ramón González, Fernando Enegas, el propio Alfaro, personas que les interesaba la literatura con pasión y eso siempre es de agradecer.

Curbelo, la primera pregunta que me asalta, después de leer tu ficha de autor, está relacionada con el tiempo, el justo tiempo físico al que «ajustas» tu quehacer intelectual. ¿Cómo lo  acomodas para cada una de tus responsabilidades?

Visto  así parece mucho, pero es el resultado del trabajo sostenido durante 20 años; trabajo que en una época de mi vida fue muy intenso, de entusiasmo por la poesía, por la escritura de poesía; ya no lo es tanto, he tenido períodos en que no escribo casi poesía, lo que hago es traducir, que es quizás el centro, el imán de toda esa producción, porque me permite, como se dice en el beisbol, ir calentando el brazo, ir mirando desde adentro las poéticas de algunos autores que me parecen importantes.

En el caso de la narrativa, viene por el mismo camino; hay asuntos, temas, que necesitan acercamientos con prosa de ficción, un cuento, una novela, y no con poesía, con lo que tradicionalmente se entiende como poesía, a pesar de que en este momento, los géneros se intercomunican, se contaminan, difuminan sus fronteras, lo cual me parece interesante y, al menos en la prosa, casi siempre trato de buscar esos libros híbridos que  puedan estar a medio camino entre el libro de ensayos, el de testimonio, la crónica, la novela.

Yo digo siempre en broma que vivo de la literatura, pero no de la que yo escribo, sino de los campos aledaños, la docencia, la crítica literaria, la traducción, de ese tipo de cosas que siempre tienen la doble utilidad de que me permiten organizarme, reflexionar. Todas esas labores se complementan, porque unas calzan a  las otras, y todas tienen un eje que es el asunto de la literatura. El tiempo y el quehacer intelectual se van complementando, sencillamente.

Según Manuel Sosa, eres un filólogo que cito ejemplifica el posible ideal filológico: abraza lengua y literatura, análisis y entendimiento; sabe leer y por qué se lee; sabe desarmar el andamiaje lexical y calar intuitivamente su mensaje. Y calla más de lo que dice, por insinuar con elegancia. Consideras que estas son visibles claves para tu desempeño como crítico literario, y por otro lado ¿qué importancia le imprimes al silencio en función del texto poético y de ese «insinuar con elegancia»?

En el caso específico de esto que él habla allí, de esta sección , fue un experimento complicado, porque empezó siendo una columna de periodismo cultural, pero la fui convirtiendo en una onda de corte más ensayístico, más analítico; eso tenía la virtud de que me obligaba a  reflexionar y el defecto de que me obligaba a reflexionar muy de prisa. No es demasiado humano poder producir un ensayo coherente a un nivel en el que estén parejos el análisis y el manejo de la prosa cada 15 días.

Eso dio un volumen, que conserva algunas virtudes, pero también tiene muchos defectos que yo quisiera subsanar; entonces lo que he tratado de hacer es usarlo como cantera para escribir otros ensayos, sobre todo lo relativo a poesía cubana; aunque la utilicé también como un pretexto para reflexionar sobre asuntos generales de la poesía o sobre la repercusión de obras de poetas universales en la literatura cubana, que es realmente lo que me interesa. Yo no entiendo la historia ni el devenir de la poesía cubana como un asunto cerrado, en ese diálogo es donde está la riqueza y el posible crecimiento de esa poesía.

El silencio en el acto poético para mi tiene un peso que lo he ido entendiendo a medida que pasan los años, aunque mi primer libro se llama Apología del silencio, y se publicó muchos años después, es un título más bien irónico; sí me he dado cuenta de la importancia del silencio como pretexto, o sea, no como motivo, sino como algo anterior y posterior al  texto y al poema, en fin,  todo lo que eso implica para la maduración y la asimilación de una obra poética.

En el ensayo prefiero otro tipo de variante, la insinuación, efectivamente, la ironía, esos son textos cargados de doble sentido, de sarcasmo, de mueca, de guiños intertextuales, a veces coyunturales, pero tratando de que no se convierta el texto en un galimatías que no pueda leer quien  no conozca las claves. La función del ensayo es más bien mover el pensamiento que asentar determinadas verdades supuestamente sacrosantas.

Recientemente leí que tus ensayos y críticas matizan el tejido literario contemporáneo sacudiendo la pereza intelectual del medio que le rodea. Me gustaría saber si en verdad consideras que existe un cierto estado de somnolencia y que expusieras algunas de tus valoraciones sobre ese particular desánimo que amordaza a la literatura cubana, específicamente la crítica literaria.

Para mí es bastante visible. El clima literario cultural cubano es terrible para hacer crítica literaria, casi nadie logra asimilar que cuando tú hablas de lo que crees que son las virtudes o problemas de un libro, no estás mentándole la madre bajo cuerda al autor, sino tratando de establecer un conjunto de conexiones con determinadas maneras de entender la literatura. Durante años hubo -que tampoco creo que se haya resuelto del todo- escasez de espacios donde publicar esa crítica, pero también me imagino, o sé, que lo que más les cuesta casi siempre a las revistas literarias es armar su sección de crítica. Nadie quiere asumir ese complicado rol.

La crítica, por lo general, juega a establecer determinadas estrategias de jerarquización, de homologación, de publicidad encubierta, y a veces ni siquiera encubierta y también a veces tiene que ver con la ausencia de variedad de críticos.
 
¿Cómo se da eso?

Hay un tipo de crítico bastante usual en Europa o en EEUU, que habla con todo el peso de la tradición, los llamados críticos guardianes, como los define Constantino Bértolo, los tipos que dicen «bueno, este libro no entra en la tradición», Harold Bloom y otros de ese nivel. Hay otros que son los críticos tribunos, que representan los intereses de un grupo, se dedican a hacer ese tipo de publicidad encubierta y de validación, unas tendencias en detrimento de otras; y están los que son críticos eventuales, los catadores, los que dicen: “me gusta, no me gusta”. Los más raros son los guardianes, requieren más trabajo, llevan una preparación, un sustrato cultural que no siempre está a disposición de todos y a veces las personas que lo tienen no lo emplean.

En Cuba es bastante usual el crítico  proveniente de los medios académicos, tienen otra manera de ver la literatura. Con lo de «críticos provenientes de los medios académicos» no quiero decir que usted sea graduado de la universidad y ya eso lo convierte en un crítico, sino que usted ejerza, por lo general, desde la academia. Estos críticos trabajan con determinados procedimientos de análisis, pero trabajan con verdades no conflictivas, casi nunca ejercen interferencias en el canon, evitan todo tipo de fricción conceptual, estética, y van más bien a autores más o menos canónicos; mientras a los que yo les llamo críticos no profesionales, que son básicamente escritores, se inclinan más por ese otro tipo de propuestas contra canónicas, de subversión de determinadas maneras de leer o de entender la literatura.

La otra fatalidad ha sido la obsesiva manía de la crítica literaria cubana de estar buscando a Rimbaud. Siempre hay una propuesta, este es el niño genio de esta promoción –o la niña-, eso distorsiona mucho las cosas. Al final es más fácil entender que la literatura es un tejido en el que está Rimbaud, pero también está Víctor Hugo. Es mucho más cómodo entenderla así, desde la multiplicidad, que desde esa autocracia del criterio que le ha hecho muchísimo daño  a la crítica literaria cubana.

Tú ahorita mencionabas al español Constantino Bértolo, y esa manera suya tan curiosa  de parcelación de los críticos que él realiza. Estamos hablando de los críticos catadores, los guardianes y los tribunos. Si tuvieras  que sentarte en una de esas banquetas a cultivar tu ejercicio crítico, ¿en cuál de ellas te sentarías?

No sé… una mezcla, uno  siempre dice «me gusta o no me gusta», lo del tribuno es lo que menos me llama la atención, no es una pose, yo comulgo con varias estéticas al mismo tiempo, aunque ninguna sea la mía, pero un crítico es más creíble mientras más flexible alcance a ser. Hay propuestas que no me convencen, pero no me convence la calidad con que es resuelta, según lo veo, pero la propuesta en sí misma puede ser muy interesante.

Igual, no necesariamente tengo que cultivar una forma de entender la literatura para que esa forma me pueda cautivar. Yo no tengo mucho que ver, en apariencia, con lo que hace un poeta como Omar Pérez y me parece un poeta muy interesante; o lo que hace un poeta como Juan Carlos Flores, que también es un poeta muy atrayente, y no tiene que ver con lo que yo hago, en apariencia digo, en el fondo quizás hay cosas que se toquen, y así, digo dos poetas considerados de vanguardia, experimentales, por ejemplo.

¿Hasta qué punto es tu propio testimonio pasto de la literatura que generas?

Como todo el mundo, o sea, considero que mi vida es más o menos aburrida, que uno haya cometido algunos excesos en su vida no significa que eso sea entretenido, mi vida comparada con la de Marco Polo es sumamente aburrida. Un escritor excesivamente autobiográfico puede correr el peligro de trabajar contra la imaginación, y la imaginación es un arma imprescindible para un escritor. Entonces he tratado de mezclar ambas cosas, de resolver determinadas carencias en mi biografía con las mentiras de la ficción. Llega un momento en que ni yo mismo podría discernir qué es verdad y qué es mentira.

De tu desempeño como traductor has declarado: Salgo bastante edificado espiritualmente de cada proyecto terminado y, por si no bastara, lleno de inquietudes estéticas por resolver. ¿Cuáles serían esas inquietudes estéticas por resolver  y cómo sueles canalizar esas preocupaciones?

Eso depende del texto a traducir o del autor. Cuando traduje Vida nueva, de Dante, tuve que leer minuciosamente a Dante, y  ponerme a pensar si tenía sentido traducir eso que ya había sido traducido; y si tenía sentido, por qué lo tenía, cuál era la cosa que hacía que Dante fuera un poeta que todavía podría interesarle a alguien.

Es un acto de aprendizaje rudo, porque por lo general cuando traduces grandes autores, al menos a mí me enseñan mucho, en el sentido de imaginar cómo esos tipos pudieron llegar ahí con lo fácil que parece hoy cuando uno lo ve y sin embargo, ¡qué cadena de razonamientos, de estudios, de observaciones de las cosas los llevaron a esas soluciones!, eso me crea determinados retos que después trato de extrapolar a mis poemas. Sin conseguirlo la mayoría de las veces.

Al final he terminado por creer que la poesía es una sucesión de fracasos absolutos, y si vamos a hablar de economía, la poesía es absolutamente un fracaso de concepción, también puede ser un fracaso cognoscitivo, porque son verdades tan efímeras, subjetivas y transitorias que a veces son de consumo absolutamente personal.

Para el diario digital Juventud Rebelde declaraste en una ocasión: «La poesía es también, como la entiendo, un continuo acertijo ético-estético». Vista así, ¿Cuál sería para Jesús David Curbelo la utilidad que le imprime virtud a la poesía, sobre todo en estos tiempos donde impera la antipoesía con delimitados matices globalizadores?


No creo que la poesía pueda tener una función de saneamiento social a nivel colectivo, pero sí puede jugar un papel importante de saneamiento individual.
La época en que la poesía jugaba un papel importante en la política, en la ideología colectiva, pasó hace mucho tiempo. La utilidad que pudo tener la poesía entre los griegos, los aztecas, los incas no creo que hoy se pueda conseguir, al menos con lo que entendemos por poesía en el sentido más estricto del término.

La utilidad de la poesía está muy venida a menos porque ha salido bastante de los programas de estudio de las escuelas y las universidades. La poesía  contemporánea es difícil, muy intelectiva; buena parte de ella cuesta trabajo recepcionarla, bien valdría la pena que regresara a los programas de estudio del preuniversitario. Incluso esos poetas complicados, difíciles, porque Quevedo es un poeta difícil, pero es un poeta del Barroco. Y esas carencias uno las puede notar en los libros destinados a la educación primaria, casi toda la poesía que está, aunque alguna proviene de grandes autores cubanos e hispanoamericanos, tiene un importante valor desde el punto de vista formativo, ético, patriótico, pero no siempre eso va en consonancia con los valores estéticos de ese poema y termina por lacerar el gusto de las personas por la poesía.

Si le sumas a eso que en las universidades cubanas, en las que se estudia literatura básicamente, los programas están más cargados de teoría literaria y narrativa, la gente se gradúa alegremente de filología sin haber leído a William Blake y a Fernando Pessoa, que no están en los programas de estudio, o a T.S. Eliot, Ezrra Pound o Paul Celan. Es muy difícil pedirle a un supuesto profesional que tiene esas carencias que logre trasmitir pasión.

Eso de los acertijos ético-estéticos lo decía porque siempre he creído que los mejores poetas son aquellos que cambian, que mutan de poética. No quiere decir que un poeta que sea más bien inmutable no pueda tener cimas; de hecho hay poetas que tienen una obra bastante exigua y son poetas monumentales porque no les dio tiempo, vivieron poco o escribieron poco y lograron cimas de una forma determinada, pero esos poetas que tienen una vida más bien larga y se mantienen casi siempre haciendo el mismo tipo de poesía, llega un momento en que ven desde la retórica, desde el agotamiento de su propio mundo.

Según Borges hay dos formas extremas de ser poeta: el poeta que vive en pasión y el poeta que vive en un mundo verbal. Si tuvieses que acogerte a uno de los dos extremos, ¿cuál elegirías para reconocerte?

Es muy difícil para un poeta, como yo lo veo al menos, escribir poesía solo con la inteligencia; hay quien lo consigue y hasta le quedan buenos poemas, pero aún en esa inteligencia tiene que haber pasión, pienso en un poeta como Valery, por ejemplo, es un poeta en apariencia muy frío, muy intelectual, muy matemático, muy calculador; pero en ese cálculo hay pasión, atendida pasión como entusiasmo, fe, amor por una cosa determinada. Yo tengo una mezcla de ambas cosas.

¿Qué ausencias temáticas, ideológicas, ontológicas no te permitirías para escribir tu poesía, y si me lo permites cuáles también para escribir tus ejercicios de criterios?

No hay ningún tema que me resulte inútil, ajeno. Hay algunos que me interesan más que otros, mi obsesión fundamental es el individuo en su relación con el tiempo, con la historia, con determinadas ideas de la divinidad, ya sea presencia de la divinidad o ausencia de ella, o crisis en sentido general de la fe.
Esos son los temas que más me llaman la atención a mí como escritor. Ahora, no siempre llego a esos temas a través del tema directamente, la literatura también es parabólica, o sea, uno puede escribir una novela pornográfica y estar hablando de Dios, parece raro pero por ahí va la cosa, cuando digo pornográfico estoy usando la palabra en un sentido punzante, pero la pornografía es pornografía, claro. Ahora, un autor como el Marqués de Sade aunque supuestamente es furioso habla mucho de Dios, porque un ateo no deja de hablar de Dios, lo que propone es que no cree en eso.

Te han propuesto una nueva responsabilidad profesional al frente del Centro Cultural Dulce María Loynaz. ¿Cuáles son tus expectativas y cómo asumes este nuevo rol? ¿Tiene puntos de congruencias con tu visión de la realidad y de la poesía dirigir una institución que por lo regular, se suele pensar, mata al creador?


Bueno, es posible, pero igual es un desafío. Yo he terminado por asumir cualquier tipo de trabajo como un complemento de mi compromiso principal que es este alrededor de la literatura. Esto me va a dar la posibilidad de seguir haciendo algún tipo de trabajo de este corte y como cualquier empleo es finito, o sea, tanto porque yo no dé la talla, como porque a mí no me convenga. Es un lugar que, supuestamente, puede ser muy potable para mí, o no, pero igual tengo que ir descifrandolo a medida que voy metiéndome en él, cosa que todavía no he hecho.

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