Carta para el humorista Carlos Fundora
Amigo mío:
Tal vez al leer tus cuentos de forma independiente, uno a uno en aisladas publicaciones, no se nota el parecido que ahora, cuando es posible disfrutarlos en la suerte de antología personal que acaba de publicarse por la Editorial José Martí, se hace evidente.
Tu libro Humorplagio y otros vicios (agosto 2011), segundo de la colección A reír de la citada casa editorial, guarda similitud con el clásico Decadencia y caída de casi todo el mundo (EMECÉ EDITORES, 1955) del genial Will Cuppy . No creas que resulta fácil establecer semejante comparación. Entenderás que se corre el riesgo de cometer el disparate de considerarte su heredero en cuanto a genialidad (no hay que exagerar). Cuppy, hombre peculiar en su trabajo intelectual y en su vida personal, además de haber sido notable caricaturista, dedicó, como es sabido, dieciséis años de su existencia a la investigación de los personajes históricos que más tarde satirizara en su extraordinario libro. Hasta donde conozco, tú careces de la posibilidad de vivir en el aislamiento espiritual y geográfico que Cuppy consiguió, y no te destacas en el humor gráfico sino en el televisivo.
No se trata de hacer paralelos comparativos entre dos escritores humorísticos; sino de llamar la atención en cuanto a los tópicos escogidos, a los referentes históricos que contextualizan tus narraciones, y a las preferencias intelectuales. De eso se trata: del gusto (que a la postre es quien rige y manda), por épocas antiguas y por figuras reales o imaginarias cuyas leyendas se remontan a siglos atrás.
El propio Will Cuppy consideraba que la Historia se había detenido en el siglo XVIII, y consagró sus investigaciones a lo más remoto que le fue posible. El resultado es que no existe libro más exacto y original que su Decadencia... para conocer de forma sucinta quiénes fueron y porqué se destacaron Enrique VIII, Luis XIV, Cleopatra, Carlomagno, Lucrecia Borgia y Nerón, por mencionar sólo seis de los veinte personajes que seleccionó para su monumental obra.
Como dije, no estoy comparando ni remotamente tu libro con aquel, sino que observo tu gusto por la antigüedad, tu refinada manera de mostrar conocimientos históricos siendo a la vez gracioso e instructivo. En Humorplagio y otros vicios aparecen recreados personajes que varían desde Stanislavski hasta Sheherazada, desde Calígula hasta Penélope, de Newton a Cupido, de Alejandro Dumas a Paris, de Poe a los dos Ulises e incluso la deliciosa Encuesta que estimula conocimientos de la cultura universal, que ya habíamos disfrutado en el primer número de la revista La neurona intranquila, publicación que merecería la larga vida que por desdicha no ha tenido.
A diferencia de Cuppy, obsesionado por la exactitud de las microbiografías que regalaba, tú das vueltas y más vueltas a las historias, de forma que se sitúan de cabeza. Es un riesgo, amigo mío, jugar con cuentos que se conocen de toda la vida, pero ciertamente es un gran logro desde el punto de vista de originalidad y de gracia.
Así, el clásico cuento infantil Los lobitos se transforma en un desencuentro entre la madre y los cachorros (habrá que ver si a los niños les complace que la loba muera), a Sheherazada le cortan la lengua (versión polémica para las feministas) , y en la narración Encuentro cercano, dialogan nada más y nada menos que Polifemo y un molino de El Quijote.
Por otra parte, en historias más cercanas a nuestra realidad, se destacan la fina ironía de Los nuevos músicos de Bremen , y la alusión a tu pasado personal en Libreto de viaje, donde aparece el homenaje al grupo humorístico La leña del humor del cual fuiste fundador. Al esquivar el humor cotidiano sumergiéndote en anécdotas que según tu punto de vista pueden haber sido como cuentas y no como otros han dicho, logras, sin duda, inscribir tu Humorplagio y otros vicios en la lista de libros peculiares, que sobresalen por el aura de una erudición puesta al servicio de cuantos creemos que el humor no es sólo un conciliante y divertido camino, sino una manera aguda de practicar la inteligencia humana.
Laidi Fernández de Juan, dic 2011.
