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La pamela azul, un cuento de Caridad González

Alberto Marrero, 08 de diciembre de 2011

Una mujer fantasea con unas vacaciones en la playa en compañía del esposo y supone que —tras cinco años sin ver el agua, la arena y sentir la acariciante brisa—, su sueño se cumplirá. En síntesis, esa es la historia que nos relata Caridad T. González Sánchez (Santa Clara, 1945), titulada “La pamela azul”, y que pertenece al proyecto de libro ganador, el pasado mes de octubre, del premio Ciudad del Ché, auspiciado por la UNEAC de Villa Clara.

    Un miembro del jurado me recomendó que le solicitara a la escritora el primer cuento del original, y así lo hice. Tras su lectura comprendí, cuán justa había sido la decisión de premiar a una autora cuya obra se concentra en la poesía, especialmente la décima, género donde ha obtenido numerosos lauros. Tres cuartillas le bastan a Caridad para trasmitirnos la vida de frustraciones e iniquidades de una mujer, cuyo único deseo es disfrutar con su esposo del mar que nos rodea, romper la pesadilla cotidiana, el desgaste de una relación que se hunde; sentir que su cuerpo está vivo, todavía hermoso, a pesar de la opresión, el desinterés, la desidia, la ausencia de ternura y la más elemental fineza del hombre con el que alguna vez decidió apostar a la felicidad.

     Narrado en primera persona, la protagonista expresa con cierta ingenuidad, como justificando su infortunio, la esperanza de que esta vez todo ha de ser distinto. El desenlace es duro, casi brutal, pero de una altura humana y literaria que supera la aparente trivialidad de la historia. «Lenguaje e imaginación», como apuntara el escritor mexicano Carlos Fuentes, funcionan en este breve relato, que ojalá pronto, el público lector pueda disfrutar en formato de libro y al cual le auguro un éxito irrefutable.

Alberto Marrero



LA PAMELA AZUL

Caridad González Sánchez


¡Vacaciones! Con la falta que me hacen.

    Desde que me casé con Tito no he ido más a la playa. Todos los años es lo mismo, que no cabes, que si la capacidad es para tres y figúrate, pobrecitos mis padres, que si madrina no se puede quedar sola, que si mis sobrinas sacaron buenas notas, etc., etc. La cuestión es que me he tenido que quedar. ¡Hace cinco años que no veo el agua, ni la arena, ni la brisa!

    ¡Pero este año todo va a ser distinto!

    Mi suegra está de viaje, fue a visitar a mi cuñada al extranjero. Mi suegro aprovechó y partió para Oriente, dice Tito, a pagar una promesa al Cobre, sus sobrinas entraron antes a la beca y su madrina, la adorada madrina, se casó de nuevo y se fue a vivir al campo.

    ¿Qué excusa tendrá Tito este año para no llevarme? ¡Ninguna!

     Yo lo entiendo. Pobrecitos sus padres, las niñas de su hermano. Ellos necesitan descansar, bañarse en la playa, disfrutar un poco, ¡pero caramba, yo también lo necesito! Cada vez que Tito me dice que no puede llevarme, no pido vacaciones, total, para quedarme metida en la casa mejor me quedo trabajando. Este año no, este año estoy segura de ir.
 
     Sin que nadie lo sepa me compro una trusa nueva, azul brillante como el mar y un pareo, de esos que se usan, de bolitas blancas y fino, finísimo. Me lo pruebo cuando nadie me ve. Mi cuerpo reflejado en el espejo me devuelve una mujer hermosa. Saboreo el agua, el sol, la arena amarilla, amarilla ¡ay, qué rico!

    Para no echar a perder el viaje me hago la desentendida y espero que Tito me sorprenda. Mientras tanto, y muy feliz, cuadro todo en el trabajo, dejo arreglado los papeles, busco quien me de las clases, entrego todos los partes necesarios, pago el sindicato, y sonrío, sonrío como una tonta. Compro también un protector solar, de los buenos, bastante caro, pero vale la pena, así me aconsejaron, ah, y las gafas, quizás no me alcance el dinero, pero mis compañeros de trabajo, al verme tan embullada, me las van a regalar. Porque para ir de vacaciones a la playa hay que ir bien equipada.

    Tito se va a dar gusto cuando me vea untadita de crema, cómo me voy a divertir. Esas largas caminatas por la arena casi de madrugada me van a levantar el ego, además comer en un restaurante debe ser lo más maravilloso del mundo, ay, madre mía, no tener que cocinar, ni fregar, ni poner la mesa, ni tener que mirar a Tito cuando aún no ha acabado de almorzar y con la boca llena de frijoles me dice: ¿qué vas a hacer para la comida? ¡Ay, señor!, ¿será posible que este año se haga realidad mi sueño?

    Yo sé que Tito se esfuerza, sé también que le da pena no llevarme, pero el pobre, tiene tantos compromisos con la familia, yo lo comprendo y siempre le he dicho: no importa viejo, quince días se van volando, pero no dejo de echarme a llorar a escondidas cuando veo a mi suegra arreglar el maletín o a las niñas de su hermano, cuando alborozadas, escogen entre mis libros (que no regresan) los mejores para leerlos en la playa.

    Este año, no, este año voy a ir con Tito, va a ser otra luna de miel como la primera. Solos los dos sin nadie metido en el medio.

     Salió temprano. Seguro me dice que me prepare, que el viaje es para el lunes. Hoy es viernes, y ayer pedí las vacaciones. Ya tengo preparada la mochila, escondida como es natural para que Tito no la vea y me sorprenda. Me imagino la cara de felicidad al poderme llevar, infeliz, con lo que trabaja. Bien merecida que se las tiene. Qué sorpresa cuando me vea vestida con atuendo marinero: short, blusita descotada, gafas y una pamela azul, azul como el mar, que le pedí a Chelo, la vecina.

    Lo siento llegar. Salgo a recibirlo. No viene solo.

    —Mami, mira a quienes te traje, ¿te acuerdas de mis amigos del trabajo, si, esos mismos, Pepe, Luis y Sonia?, los pobres, este año no tienen dónde ir y como mis padres y mis sobrinas no van, los invité. Como es lógico, la reservación es para cuatro y tú no cabes, pero yo sé que no te importa, ¡ah!, y se van a quedar el fin de semana. Nosotros vamos a prepararlo todo, ahora salgo corriendo a buscar la cerveza y a pedirle la atarraya a Armando para poderte traer los pescados que tan bien preparas.  ¿Ya cobraste las vacaciones? hace falta que me des el dinero, ellos están escasos y como yo soy el que invita…

    Se despide con un beso y se va alegre, retozando con Sonia, la compañera de trabajo.

    Lo dejo ir. Un gran nudo en la garganta me impide decirle adiós. Me quedo petrificada, ida del mundo.

    Cierro la casa y como en un estado cataléptico busco la mochila debajo de la cama.  Saco la trusa nueva, el pareo, las gafas, que tan amablemente me regalaron los compañeros de la escuela, y la pamela azul, la de Chelo, la vecina y empiezo a vestirme. Termino y voy al baño. Lleno la bañadera. Registro en la cocina y encuentro el último paquete de sal. Como en un embrujo, rompo el sobre con los dientes y lo esparzo dentro del blanco recipiente. La bañadera está llena hasta arriba. Traigo la lámpara de noche y la pongo en el borde. La enciendo.

     No sé si pasaron horas o solamente algunos minutos. Despierto. Me meto dentro de la bañadera, con cuidado de no mojar la pamela. Cierro los ojos. Me siento bien, descansada, ligera, contenta.

    El olor a salitre me envuelve como una caricia, siento a mi alrededor como los peces me saludan y me dan la bienvenida. Solo me faltan las olas.

    Me hundo suave, suavemente, y con el pie, le doy un golpe a la lámpara que cae dentro del agua produciendo miles de destellos, enormes destellos como si el reverberante sol de la playa, el de las doce en punto, estallara en mi cabeza.

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