Una vieja polémica
Hay una frase, escrita casi al inicio de este libro, que me parece notable porque podría esgrimirse como divisa: “el aire promiscuo de la globalización exige abrir ventanas a la alteridad”. O sea: ventanas al Otro, ventanas a lo otro, ventanas a lo diferente. Teoría transcultural de las artes visuales, de Adolfo Colombres, es una tamización, un enjuiciamiento serio del centralismo estético europeo (occidental) y de sus teorías del arte, codificadas sobre todo a partir del Renacimiento. Un libro como este, donde se describe y se subraya el poderío universal de las prácticas simbólicas de lo que ha sido denominado cultura periférica, es, en principio, un libro muy útil porque insiste en un problema cuya regencia, hoy, es genuina: cómo legitimar el arte (determinadas prácticas artísticas) y cómo validarlas y desde qué posiciones estéticas hacerlo.
El profesor Colombres alude a lo que él llama “desertificación del sentido”. Esto es importantísimo, ahora que, de un tiempo a esta parte, las viejas teorías estéticas han ido transformándose después de la célebre deconstrucción y sus secuelas, donde los conceptos empiezan a relativizarse, a convertirse a veces en sus contrarios, y cuando ciertos juegos del lenguaje de los conceptos —piruetas y más piruetas “teóricas”— no hacen más que agregar una especie de tejido adiposo al debate sobre lo artístico, la producción simbólica del arte, la validación de lo bello contra lo feo y, en consecuencia, la acreditación de experiencias artísticas de la alteridad con respecto a los paradigmas occidentales.
Cuando Colombres invita a revisar —y de hecho revisa— las coordenadas más activas de la producción artística y simbólica, lo que está proponiendo es la des-automatización del juicio acreditador o desacreditador en una doble vertiente: reestructurar el carácter ecuménico, universal, de esas prácticas, y describir la espesuras semánticas que sostienen su validez como arte. Ese es uno de los motivos por los que Teoría transcultural de las artes visuales se articula muy bien con la valentía teórica del emplazamiento.
Cuando determinadas zonas de la producción artística europea de vanguardia chocaron contra el coleccionismo de lo periférico, proveniente de la exploración geográfica y antropológica del Otro —el otro africano, el Otro asiático, el Otro americano—, se produjo una revisión crítica de la artisticidad y sus cánones. Las vanguardias eran democráticamente anticoloniales, digámoslo así, y las máscaras rituales, los escudos labrados, los diagramas de conjuración y los numerosísimos modelos del arte corporal, por ejemplo, empezaron a dialogar con el cubismo, por citar un caso, y la hipocresía colonialista fue desnudada, al menos una ínfima parte, frente a expresiones artísticas minoritarias que ya eran “cubistas” desde hacía por lo menos 500 años. Hoy lo que se manifiesta, de acuerdo con Colombres, es la necesidad de que aquella posición antropológica, donde el logos humano era centralmente europeo, vuelva otra vez la mirada crítica hacia sí misma y no hacia el Otro Periférico. Que se revise a sí misma, que reevalúe sus estéticas dominantes, más o menos adaptadas a la aceptación de las diferencias, y que renuncie de una vez a seguir ofreciendo teorías acabadas, perfectas, sutilmente impositivas, a cambio de ofrecer, eso sí, problemas, auto-interrogaciones, singularidades y espacios de interconexión, rearticulación y revalidación. Espacios donde los acentos de lo canónico y lo paradigmático se desplacen una y otra vez para elaborar un rizoma desprejuiciado.
Hay que partir de las diferencias, observa el autor de esta Teoría ..., y avanzar hacia esos principios activos que subrayan lo universalmente aceptado en la teoría del arte y en los estudios estéticos. Partir de las diferencias, de lo diferente, es hacer el camino a la inversa.
He leído este libro y he sentido una especie de gratitud. Porque he regresado a una vieja polémica que no cesa, y que suele desarrollarse por múltiples senderos de la vida, desde el mercado del arte y la elaboración de la identidad, hasta las guerras más recientes y los debates que, en varios parlamentos europeos, tratan de buscar definiciones en torno a ese callejón sin salida que es la política migratoria.
Yo, hombre de la periferia pero afincado en lo central —tal vez debería decir que soy un hombre educado en la tradición de lo central y que regresa a los márgenes, a las fronteras, para encontrarme con lo periférico—, sé que, en términos centralistas, el azul es color nocturno, lunar, del secreto, del ánima, y del sentimiento. Es el color de la emoción más fuerte y de la fortaleza del alma. El ánima, que es un principio más bien femenino y totalizador, vendría a ser como la Diosa Blanca, que representa, por ejemplo, la fuerza del Gran Amor en las cuatro fases por las que atraviesa, de acuerdo con Jung: la fase Eva (el instinto biológico), la fase Helena (el eros estético), la fase María (el eros espiritualizado) y la fase Sofía (el eros de la sabiduría y lo eterno). Pero también sé que el trébol está asociado al triskel pagano o triscelio celta —la tríada cuerpo-alma-espíritu—, y que entre los magos druidas representaba el aprendizaje del pasado, el presente y el porvenir, sin que ninguno de ellos significase la cancelación de lo anterior ni de lo posterior, porque lo más importante era el giro inquebrantable, persistente, o sea, el ahora mismo de esa hélice simbólica en el cuerpo, el alma y el espíritu. Estas notaciones, que después preparan el contexto por donde comienza la asimilación cristiana de la Trinidad, insisten en una parte (una parte hegemónica) del modo en que ciertos símbolos actúan dentro de nosotros.
He citado estos ejemplos para subrayar, como sostiene Colombres, que no es que debamos renunciar a esas notaciones, de gran poder simbólico y visual, sino que lo legítimo está en contrastarlas con la condición del Otro en el arte, específicamente en términos de integración. Y este libro propone justamente eso, una integración crítica, pero desde el presupuesto de que toda verdadera cultura posee, dentro de sí, el universo cósmico, el universo interior de los hombres que la pueblan, lo grande, lo ínfimo, lo visible y lo invisible, y desarrolla, pues, un conjunto coherente y complejo de mitos, ritos y fetiches que se diluyen o metamorfosean en el imaginario social y en las prácticas culturales más diversas. Y una proposición así, hecha en tanto punto de partida desde un estudio como este, me parece que adquiere un peso y una responsabilidad contundentes.
