El año de todos los sueños: regreso a una trepidante gesta
Los sueños alimentan, confortan, alientan. Los sueños son el sostén en medio de la vorágine, la capacidad de construir, el ejercicio de inventar mundos donde la realidad no es ajena, sino propia, pensada y amasada por nosotros mismos. Por eso, cuando un libro se nos presenta bajo el título de El año de todos los sueños, está anunciando desde el comienzo que se trata de una obra sobre la esperanza y el privilegio de formar parte de algo grandioso, la fe en el futuro, la ilusión de creer en quimeras que pueden volverse certezas.
El año de todos los sueños fue 1961. Al menos así lo afirma el autor del texto, Germán Sánchez Otero, y al escucharlo hablar con tanta pasión y fervor de lo que significó ese tiempo y la epopeya que se vivió en él, hay que reconocer que, aunque antes y después ha habido infinidad de ilusiones, las vividas en aquel momento tuvieron una fuerza estremecedora, de esas que solo pueden salir del empeño de una nación.
Ese fue el año de la Alfabetización. La Cuba revolucionaria, encausada desde 1959 hacia el rumbo de la igualdad y la justicia social, debía librar la batalla contra los rezagos del pasado, entre ellos el analfabetismo, que alcanzaba a una parte importante de la población, sobre todo en las zonas rurales del país.
Entonces correspondió a los jóvenes, en muchos casos niños, asumir la tarea de llevar el mundo de las letras y los números hacia todos los rincones de la Isla. Las brigadas de alfabetizadores partieron cargadas de sueños y armados, además de con su cartilla y su manual, con el orgullo de formar parte de un acontecimiento trascendental, que gestaba las bases de un futuro mejor.
Participante directo de la Campaña de Alfabetización, Sánchez Otero regala esta obra cuando se cumple medio siglo de la gesta, y lo hace a través de una novela-testimonio, donde la realidad emerge recreada desde los códigos de la ficción, pero donde lo fundamental son las voces de los protagonistas, miembros, como expresó el propio autor durante la presentación del texto en el espacio Sábado del Libro, del «ejército más sublime que jamás haya existido».
Publicado por Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente, uno de los principales méritos de la obra radica, según consideró Víctor Casaus, director de la institución, en ser un importante legado para las generaciones presentes y futuras, las cuales podrán acercarse a los hechos desde la perspectiva de los participantes, sin retóricas ni repeticiones frías.
Al decir de Casaus, se trata de un libro que defiende los valores éticos en medio de esa «guerra que se libra a nuestro alrededor, y dentro de nosotros mismos, entre los fantasmas del mal gusto y la banalidad, y las propuestas culturales que apuestan por la complejidad y la belleza».
«Es un buen libro de testimonio porque es una versión fiel y rica no solo de la historia de la alfabetización, sino de una serie de contextos y lugares que han ido desapareciendo de la memoria de las personas, y que es preciso rescatar para comprender aquellos años», comentó Casaus a Cubaliteraria.
Durante la presentación del texto, Sánchez Otero confesó que su participación en la Misión Robinson, de Venezuela, lo llevó a rememorar los días de la Campaña de Alfabetización. De regreso en Cuba, encontró en su casa dos libretas del curso escolar de 1961, en las cuales llevaba su diario, del mismo modo que hacían los miles de adolescentes miembros de la Brigada Conrado Benítez.
«Al encontrarlas sentí una mezcla de nostalgia y embriaguez, y tuve el placentero deseo de escribir un libro que expusiera mi aventura individual y la del grupo con el cual conviví. Para ello decidí emplear el testimonio con un empaque novelado, porque el lenguaje literario y el albedrío que ofrece la ficción me permitieron discurrir la realidad de mis andanzas y las de la generación del sesenta», explicó.
Desde el punto de vista del autor, el objetivo del testimonio debe ser contribuir a la memoria colectiva, al predominio del nosotros y no del yo, tal y como ha expresado ese grande del testimonio cubano, Miguel Barnet. «Eso fue lo que intenté», advirtió.
«En el libro encontrarán varias claves que formaron parte de aquella realidad, en un momento en que los adolescentes y jóvenes nos sentimos parte esencial del colosal emprendimiento. Fueron las personas comunes las que protagonizaron la epopeya, y entre ellas surgieron las más grandes quimeras de la Revolución. Los sueños ayudaron a resistir avatares y embestidas con el mayor optimismo», expresó Otero.
Gabriel es el hilo conductor de esta historia de la hazaña colectiva. A través de su mirada y sus reflexiones, de las emociones y sensaciones que se despiertan a partir de sus experiencias como alfabetizador y su interacción con el resto del grupo y los campesinos, se dibuja la radiografía de un momento trascendental e irrepetible.
Según Víctor Casaus, El año de todos los sueños merece una tremenda bienvenida, porque con él se enriquece el género testimonio, el cual no siempre es valorado con justeza. «El libro reafirma la capacidad del testimonio para documentar activamente la historia reciente, convirtiéndose en un sujeto de acción transformadora al transmitir acontecimientos, condiciones y sentimientos que pertenecieron a un año en que todos los sueños parecían o eran posibles».
En el prólogo de libro, Fernando Martínez Heredia expone: «Los alfabetizadores fueron al mismo tiempo alfabetizados, aprendieron a dar sus saberes y recibir otros que no están en los libros, a vencer el egoísmo y a trabajar con sus manos. Conocieron la vida real, agobiadora y dura, de los humildes, otros horizontes de su patria y las razones de la Revolución. Pasaron muy bien la prueba a la que se sometieron y volvieron más maduros, dueños de un sencillo orgullo».
Ahí radica una de las cartas de triunfo de esta entrega: en demostrar que cuando se combinan sueños y voluntad, cualquier utopía es posible. En medio de los años fundacionales de la Revolución Cubana, cuando la nación precisaba el surgimiento del hombre nuevo que preconizaba el Che, niños, adolescentes y jóvenes se sintieron protagonistas de la efervescencia del momento, y dieron lo mejor de sí a favor del porvenir.
«En muy buen momento nos devuelve este libro aquel año de todos los sueños. Esta narración hermosa milita a favor de la confianza en nosotros mismos, y nos permite constatar que las mejores realidades y las más trascendentes son las que hemos construido a partir y al calor de los sueños», apuntó Heredia en el prólogo.
Pero la mejor invitación para leer El año de todos los sueños nace de las palabras de su propio autor, quien a modo de introducción del libro escribió: «Deseo que disfruten este testimonio novelado, donde todo lo que ocurre es cierto, aunque no siempre haya sucedido del modo en que se narra. Tal vez así, sin dejar de ser mis vivencias, puedan parecerse al menos en algo a las que cada quien recuerde, en ese maravilloso proceso de revivir o imaginar, con más plenitud, cada suceso íntimo y social».
