Alberto Acosta: «Valgo lo que doy, es decir, todo»
Mañana escogerán las flores que llevará mi tumba, por favor no olvides que también muero por unos tulipanes amarillos.
Alberto Acosta Pérez
Alberto Acosta Pérez se ha marchado definitivamente, de la misma manera silenciosa y discreta con la que escribió su obra.
Como todo autor que se respete, Alberto tuvo la necesidad de ser reconocido, respetado, halagado pero se cuidó muy bien de no evidenciarlo de manera explícita. Tal vez en muchas ocasiones sintió deseos de autopromoverse, o presionar para ser editado, invitado a eventos, homenajeado, pero se abstuvo de hacerlo públicamente.
Todo cuanto tuvo, y no mucho por cierto, siempre menos de lo que se mereció como el sólido escritor que era, fue el resultado de su tenacidad, de imponer su calidad a base de dedicación y constancia, él le dejó a otros la tarea de reconocer y promover su poesía, y ahora que ya no está, estoy convencido de que alcanzará la estatura que su creación poética reclama, y seremos nosotros, sus lectores y amigos, quienes no permitiremos que lo devore el olvido.
El mejor amigo es la memoria
Es la memoria que hace palabras
y revisa los cuerpos
Es la memoria quien llena las manos vacías
la que nos hace abrir los ojos únicamente adentro
de nosotros mismos
para saber que nada puede morir.
La memoria es el pan,
nuestro despertar a la vida al polvo
y al delirio,
es el árbol que nos une al cielo y a la tierra.
Parecen proféticas estas palabras y otras muchas que escribió a lo largo de su vida, como si se preparara para la inmortalidad, esa que nos hace palidecer o temblar cuando leemos sus versos, sentencias que nos hacen pensar en lo premonitorio de toda su poética, su quehacer literario y su modo de vida.
Alberto fue siempre transparente y cabal, no trató de esconder sus defectos, ni siquiera de enmascararlos, porque jamás perdió la perspectiva de su condición humana y por ende, imperfecta y variable. Se equivocó y acertó como todos. Se arrepintió. Fue inflexible llegado el momento. En resumen, vivió con la certeza de que sufrir es también, a ratos, inevitable. Fue un gran compañero y un excelente amigo y se mantuvo apegado a sus principios hasta el último de los días: «Lo que llevo perdido me define aún mejor que mis señas de identidad».
No cabe duda de que el presente y el futuro inmediato será menos llevadero sin tu presencia, amigo entrañable.
Mi esposa echará de menos tu voz, tu sonrisa constante, tu amabilidad cuando llame al Gran Teatro y nadie le responda, o le digan: «lo siento, señora, no hay asientos para Ud». Nadie la mimará o hará lo imposible por servirle. Entonces estará más triste que hoy cuando le he dado la noticia porque se percatará, en ese momento, que el solo hecho de hablar y bromear contigo, Alberto querido, ya no será posible, al menos en esta dimensión del tiempo que conocemos.
Por esa y otras muchas razones, escribo estas pocas líneas a manera de homenaje que siempre mereciste y nunca te hice en vida. Estoy conforme porque se que te bastó con nuestra amistad, respeto y cariño, y eso nunca te faltó de nuestra parte. Recuerdo que solías decir, y con estas tus propias palabras cierro este modesto tributo a tu memoria: «Valgo lo que doy, es decir, todo».
Un abrazo hermano, espero que nos veamos en la posteridad.
Pablo Vargas Guast, 2 de enero de 2012.
*Los fragmentos de poemas corresponden a Música vaga (Letras Cubanas, 2002).
