Narrativa de... Ernesto Pérez Chang
.jpg)
La narrativa de Ernesto Pérez Chang está provista de historias inquietantes, cuyos personajes se muestran aprendidos por situaciones límites; en ocasiones rayan el absurdo y siempre dejan escapar una veta filosófica.
En El arte de morir a solas1 (Premio Alejo Carpentier 2011) se reúnen 14 cuentos donde espacios míticos, circunstancias ominosas, a veces surrealistas y la muerte como tema recurrente, se entrecruzan para reflexionar sobre la existencia.
Del conjunto mayor de este volumen ofrecemos tres cuentos breves, los que en el destino de sus protagonistas, aportan esa idea de locura y soledad con que está ceñida la literatura del prosista.
Osmán Avilés
***
Aislada
Quería morir aislada. Para lograrlo cavó un refugio bajo los cimientos de la casa. Un túnel profundo adonde no llegaban los sonidos ni las luces de ese mundo exterior que había comenzado a detestar desde que alguien le confesara que las tarjetas postales, que en alguna ocasión recibiera, no eran de un enamorado sueco desconocido, sino una broma que el vecino había comenzado hacía diez años.
Sin despedirse de nadie, envuelta en las sombras de su tristeza y repitiendo con una voz casi imperceptible: «aislada», «aislada», se ocultó para siempre; y aunque los hijos levantaron un pozal para bajar provisiones y extraer los desechos que a la larga terminarían por ahogar a la enclaustrada, se negó a aceptar algo de aquello, pues —hizo saber mediante gestos y gruñidos— comería las raíces que encontrara en el pozo, el musgo y el liquen que la humedad y los desechos dejaran crecer sobre las piedras y el agua que lograra lamer del fondo húmedo de su celda.
Miedo
Lo peor no era lo que intuía sino lo que se le avecinaba lentamente pero que, a pesar de la parsimonia, pronto le saltaría sobre el cuerpo y lo acompañaría a todas partes como si fuese su propia sombra. Era una especie de maldición que alguien había exhalado muy cerca de él, pero que en realidad no le tocaba padecer en ese instante. «Todo en su momento», le repetía el viejo sentado a su lado mientras le pasaba la mano por la cabeza como para tranquilizarlo. Era una extraña caricia entre la compasión y el desprecio. Sentía que el corazón se le salía del pecho, lo tenía en la punta de la lengua, y lejos de mantenerlo con vida le hacía tanto daño como el peor de los tumores y ya todos comenzaban a reparar en su cobardía. Sudaba a chorros y cuando se quedaba medio dormido en el banco soñaba con que caía en la oscuridad del vacío. De inmediato, despertaba agitado pidiendo perdón no sabía ni por qué. No lograba recordar lo que transcurría en sus sueños mucho antes del salto al vacío. Tan solo la sensación de horas y horas descendiendo por los espacios tupidos de maldad, una maldad pura que sabía él que su cuerpo segregaba según caía. También el viejo trataba de convencerlo de que todo lo había imaginado por las malas influencias de los hospitales: los olores penetrantes, los quejidos, las luces intensas, la muerte al acecho del más débil. La había visto varias veces dormir a sus pies, le decía el viejo, pero esas confesiones no aliviaban sus miedos porque nada tenían que ver con la muerte, ni con la enfermedad, mas no hallaba el modo de explicarle eso a un ser que persistía en sus raptos de ambigua deferencia.
Dulces sueños
Soñó que el menor de los hijos le cortaba la mano izquierda y que, más tarde, un aparato lo destrozaba, al maniobrar sobre su cuerpo como por sobre una parcela. El dolor y el ruido producidos por la máquina, junto a los gritos de júbilo de la esposa que lo contemplaba en su agonía, lo despertaron, pero en la habitación nada sucedía. Aún era de noche y la casa estaba en silencio por lo que bebió un sorbo de agua e intentó volver a dormir, con lo cual consiguió soñar otra vez con lo mismo, incluso que, muerto pero consciente de su estado, avanzaba por una estera, mientras los hijos y la mujer, cómodamente sentados a los lados de un pasillo, a ratos de un matadero, a ratos de un hospital, blandían escarpelos y tajaban su cuerpo hasta dejarlo en carne viva. Esta vez ni el dolor ni los gritos le bastaron para salir del sueño, de modo que murió mientras dormía para el consuelo de su familia apenada.
***
Ernesto Pérez Chang (La Habana, 1971). Narrador y editor. Ha publicado los libros de cuentos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000), Los fantasmas de Sade (2003), Historias de Seda (2003) y Variaciones para ágrafos (2007). Ha sido distinguido con el Premio David 1999, el Iberoamericano de cuento Julio Cortázar 2002, el Nacional de la Crítica 2007 y el de La Gaceta de Cuba 1998 y 2008. Sus relatos se han traducido a varios idiomas, entre ellos el inglés y el francés.
1Ernesto Pérez Chang: El arte de morir a solas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2011.
