Ramón de Palma y Romay, peregrino entre letras
En el seno de una familia de ilustre apellido, vino al mundo Ramón de Palma y Romay el 3 de enero de 1812. La Habana fue la tierra que acogió sus primeros instantes de existencia, la que brindó cobijo a sus travesuras de infante y donde sus ideales se forjaron al amparo de los claustros del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, templo de erudición para los cubanos que cimentaron, en obra y pensamiento, los valores de la nación.
En el colegio de altos estudios se consagró con entera dedicación al aprendizaje de la Filosofía, el Latín y la Jurisprudencia. Una vez egresado, y entendido su período formativo como una deuda ante la sociedad, dedicó los próximos años de su vida a la enseñanza. El esfuerzo fue coronado al ser nombrado director del colegio La Empresa de la ciudad de Matanzas, cargo que desempeñó entre 1837 y 1841. Nuevamente, ávido de conocimientos e indetenible en sus ansias de superación, ingresa en la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo, de donde sale titulado en Leyes.
La ciudad y sus tradiciones calaron hondo en el recuerdo de este habanero, para quien el peregrinar de la villa de San Cristóbal de sur a norte y el acto fundacional representado en la primera misa y el primer cabildo, eran, más que nada, sinónimos de ceiba. Del místico árbol apuntó: “Si se hubiese conservado, habría sido el monumento más hermoso y memorable para La Habana”.i
A otro emblemático símbolo de la urbe y estrechamente relacionado con la ceiba dedicó algunos apuntes: “Los monumentos componen una parte muy esencial en la historia de los pueblos; pero serían mudos y sin vida, o por lo menos no los comprendería el vulgo, si antes no se hubiese ilustrado su razón con las noticias de la historia escrita. En la isla de Cuba no hay viejas historias que referir, ni góticos y carcomidos edificios que copiar, pero la sencilla construcción de cuyo origen me ocupo (El Templete), aunque no sea una maravilla del arte, tiene la virtud de haber sido erigido por el impulso espontáneo de la piedad (…).”ii
No siempre su magistral pluma retrató las visiones más placenteras de la capital cubana. Sobrino del insigne médico Tomás Romay, Ramón de Palma con sus obras El cólera en La Habana y el poema El cólera morbo en 1883, testimonió y legó a la posteridad la crudeza de la primera irrupción de tan grave epidemia en la sociedad habanera de entonces.
Palma y Romay es autor de uno de los primeros intentos de narrativa de ficción en Cuba, mérito que comparte, entre otros, con el novelista Cirilo Villaverde. En el caso de Palma y Romay se trató de una leyenda indigenista que llevó por título “Matanzas y Yumurí”, aparecida en El Aguinaldo Habanero, en 1837.
A su incansable quehacer creativo se deben otras dos novelas de ficción, Una pascua en San Marcos y El ermitaño del Niágara, que aparecieron en forma de folletín en Diario de La Marina. Estas obras le valen el reconocimiento de la crítica como uno de los iniciadores de la narrativa en las letras cubanas.
Muy vinculado a la prensa, se le recuerda como fundador en 1837, junto a José Antonio Echeverría, del ya citado Aguinaldo Habanero, al que seguiría, un año después, la creación de El Plantel.
La poesía de Ramón de Palma y Romay también anuncia el pensamiento político de su autor, quien se resiste al tutelaje colonial sobre su patria, pero en ese afán separatista elige el sendero del anexionismo y así lo expresa en alguna que otra de sus composiciones: “Tú sola marcharás. Senda de estrellas, /la gran constelación americana/abre su cielo a tus brillantes huellas…”.
Precisamente su adherencia al movimiento anexionista del general venezolano Narciso López, terminado en desastre, le costó ser enviado a prisión, como elemento desafecto a la metrópoli. Por esta razón, hubo de escudar su identidad tras el seudónimo de Bachiller Alfonso de Maldonado, bajo el cual publicó un cuaderno de Poesías en 1834. Su bibliografía incluye varios títulos más: La prueba, o La vuelta del cruzado (drama, 1837); La peña de los enamorados (leyenda en tres cuadros, 1839); Aves de paso (poesía, 1841; Melodías poéticas (1843); Hojas caídas (poesía, 1844). Súmese Una escena del descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón, de 1848, oda sinfónica musicalizada por el maestro italiano de Giovanni Bottesini.
Ramón de Palma y Romay murió el 21 de junio de 1860. Hombre de sugestiva personalidad, lamentablemente, el inexorable paso del tiempo ha sido demoledor para su permanencia en la preferencia de los lectores. En el 2012, justo en el bicentenario de su natalicio, recordar, releer o simplemente acercarnos por primera vez a su prosa y lírica es, quizás, el más modesto de los homenajes que podamos tributar a la memoria y obra del literato cubano.
********
i Ramón de Palma y Romay: “El Templete”, en El Álbum, La Habana, 1838, t. IX, p. 81.
ii Ídem.
