Rutas de lector, rutas de escritor
Hay rutas de lector y rutas de escritor. Pero semejante distinción es engañosa y no hace sino proponer una falsa dicotomía. Existe una sola ruta, supongo. Empecé a escribir bajo el influjo de esa apariencia. Después me di cuenta de la realidad de las cosas y hoy mi escritura es genéricamente mestiza. No hay que elegir un solo camino. Si se trata de elecciones auténticas, elegir varios caminos puede ser un acto muy liberador. A propósito: la única claustrofobia verdadera es la de nuestro cuerpo en relación con el tiempo.
Pero retomaré de inmediato los comentarios más específicos en torno a los libros de mi lista. Deberé hacer una inclusión en ella: El astillero, de Juan Carlos Onetti. Si hay un escritor, en español, que narrativiza la ausencia, el hastío y la atmósfera detenida de lo irresoluto, ese es Onetti. Y lo hace de un modo envolvente y como si no pretendiera nada de nosotros. Con Onetti aprendí a avanzar sin avanzar.
Pedro Páramo, de Juan Rulfo, constituye el equilibrio perfecto entre el mundo de la muerte y el mundo de la vida. Al elaborar un intervalo lleno de suspensiones, diminutos puentes invisibles e hilos que cuelgan delante de nosotros, las voces de esta novela nos recuerdan que toda certidumbre de realidad acaba (o se vigoriza aún más) en el reino de la mente, y que muchas cosas que atribuimos a la imaginación o lo ideal poseen una adherencia capaz de hacerlas encarnar súbitamente.
El palacio de la Luna, de Paul Auster, deja la sensación, tras la lectura, de habernos adentrado en una obra maestra indiscutible y cuyo asidero es, para decirlo de manera apodíctica, la resolución del destino en el azar, o la organización del caos sentimental en una cadena de azares (o falsos azares) donde se dibuja la identidad de un personaje. El trazo de ese dibujo, y el tipo de designios que hacen de ese trazo un trazo fuerte, nos llevan a pensar que la construcción del yo carece de orden jerárquico en el tiempo y es un proceso esencialmente inesperado.
A Jardín, de Dulce María Loynaz, tuve que dedicarle un libro con el que fui (a medida que lo escribía) comprendiendo el alcance de sus símbolos y la atadura visceral de su trama a varias tipologías de la cultura occidental. De cierto modo podría decir que, sin la lectura de Jardín, algún dispositivo de mi novela Las potestades incorpóreas no habría funcionado. Pero también leer Jardín me sirvió para apropiarme de una forma de hablar del amor, o hablarle al amor.
En Paradiso, de José Lezama Lima, hay un entendimiento sabio de la metáfora en todos sus niveles. Es uno de los pocos libros que saben cómo transfigurar la experiencia de la poesía más allá —mucho más allá— de las palabras, lo cual es un modo inútil, pero heroico, de resistir la sobrecogedora eficacia del lenguaje antes o después de enfrentarnos a su insuficiencia.
Pregúntale al polvo, de John Fante, escudriña la valentía del escritor cuando aún no es más que un iniciado, un tipo con hambre, sin dinero, solitario, deseoso de sexo, deseoso de éxito, deseoso de verse publicado alguna vez. En la mirada de John Fante hay una mezcla de compasión con objetividad herida. Al final uno tiene deseos de decirle al protagonista que muchas buenas historias, esas que él persigue incesantemente, no son sino el trasunto de ciertas historias que vivimos en la piel, en la sangre y en el corazón si las vivencias nos aproximaran al límite de nosotros mismos.
En Ficciones, de Jorge Luis Borges, la literatura resplandece como acrisolada, y este quizás sea uno de los efectos que su prosa causa en sus lectores. Las tramas, los personajes, los espacios y los objetos mismos se hallan en un estado de quintaesencia, igual que el lenguaje. Todo es o quiere ser simbólico. Y resulta posible que, si Borges se aproxima tanto al símbolo, la razón esté en el hecho de que el símbolo es una atrayente contracción donde las analogías verosímiles entre la idea y su portador o portadora tienden a desaparecer.
Running Dog, de Don DeLillo, es una novela muy norteamericana sobre un mito bizarro y preciso: la posible existencia de una película —pornográfica o desmañadamente erótica— filmada en el bunker de Hitler poco antes de su muerte. La más conocida traducción al español se titula Fascinación. Y no es para menos. ¿Cuán fascinante alcanza a ser la búsqueda de algo que, aun cuando pertenece al mundo de lo presumible, nace sin embargo en el deseo arrasador de que exista?
La primera vez que supe de The Alexandria Quartet, de Lawrence Durrell, fue en la Biblioteca Nacional. Yo tendría unos diecinueve o veinte años y la señora que me atendió me dijo que empezara por Mountolive, después Cléa, más tarde Balthazar y por último Justine. Fui obediente. Y quedé embrujado por cuatro libros que son en verdad uno solo. Durrell es un cosmopolita ambicioso de los espacios y la durabilidad: sobre el trasfondo impalpable del tiempo del sentimiento, hila una madeja volumétrica donde las relaciones son estrictamente interdimensionales. Si en un volumen narra el personaje A, refiriéndose a B y C, en otro es A el observado, el escrutado, mientras C se interesa en D, que a su vez le hará confidencias a A. Si tuviera que dar un curso sobre la teoría o el logos de la novela, me detendría en Durrell para explicar por qué el canon decimonónico es la conquista estructural más importante de la prosa de ficción.
En 1973, mientras cursaba el octavo grado en la que una vez se llamó Escuela Vocacional V. I. Lenin, participé en un concurso de literatura donde el requerimiento fundamental era la descripción, en un párrafo, de algún libro que me hubiera interesado mucho. En rigor, se trataba de un concurso de crítica y ensayo, y se llevaba a cabo en un aula, como un examen. No recuerdo qué libro escogí. Solo tengo certeza de dos cosas: gané una de las menciones (mi trabajo fue puesto en el mural) y uno de los profesores que ejercían como tribunal se me acercó y me dijo que en mí había una mezcla, muy extraña, de exaltación poética y reflexividad. Que a él le extrañara aquello no me parecía ni bien ni mal. Pero el hecho de que alguien descubriera semejante cosa en un párrafo de quince líneas escrito por un chico de trece años resultaba muy turbador. Tengo la impresión de que fue a partir de ese instante cuando empezó mi viaje —sin estar al corriente, en la oscuridad de lo ignoto, y sin sospechar que alguna vez me convertiría en un escritor— hacia Maurice Blanchot. Falsos pasos es el conjunto de ensayos de cuya forma literaria me habría gustado apoderarme.
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