La «Isla», de Alberto Acosta Pérez
«Yo te amo», el poeta deja un espacio en blanco (un silencio) y dice: «isla». La figura tutelar de Gastón Baquero ha dejado una huella inicial: un verso citado: «Yo soy quien vela el trazo de tu sueño». Y lo primero que topamos en el poema es la recurrencia de un sujeto lírico bien marcado en primera persona del singular, que se propone cantar al modo de la oda. El poeta Alberto Acosta-Pérez (1955) ofrece de entrada una declaración de amor, porque el poema no va a versar luego sobre un idilio, nada que tenga que ver con el erotismo. Ese amor encuentra en seguida un «aunque»: «aunque seas un límite tejido y destejido gravándome la sombra». La falsa reminiscencia de «La isla en peso», de Virgilio Piñera, pareciera despertarnos una curiosidad: «y te padezco en mi memoria y me presiento libre…» El amor va a ser también un padecimiento, la isla que se ama no es un nido de rosas.
«Isla» es un poema plenamente antológico dentro de la mejor tradición del canto insular cubano. De construcción sobria en palabras, lujosa sin embargo. Lujo del entrecruzamiento lexical que desea ser sencillo y directo, pero se prende a él un barroquismo de esencia que se manifiesta en recursos tropológicos como símiles metáforas, metonimias, o elegancias del lenguaje que vienen a calzar un qué decir complejo, un amor que se precipita y se eleva, que es pasión sublime y dolor.
Dentro de la enseñanza de la cubanía que nos ofreció José Martí, en una tradición en que la Isla es gozo y pasión y dolor, el poema de Alberto se yergue como un pequeño monumento de palabras a la belleza de ese amor. «Mi patria es dulce por fuera / y muy amarga por dentro», decía Nicolás Guillén en un decir que no ha perdido su vigencia, a pesar de la transformación difícil que ha vivido la patria desde 1959. Alberto ama a la isla «aun cuando el sueño me obliga a disolverte / escanciando arena entre nosotros / aun cuando las cuerdas inventadas donde sobrevivo se deshacen / y dejamos de ser esos dos personajes de una misma película». La isla se torna un ser como el poeta: «dos seres que yo siento ahora como una vocación extraña y definitiva».
Aun se ha de complicar más ese amor, Alberto ha sentido otro peso diferente al de Piñera:
Yo te amo isla
espía de mi esfuerzo y de mi vida
porque ríes en la luz amarilla del espejo
y me haces recordar que he sido amenazado por un gesto superviril
que me he perdido en una red vacía
que estoy enfermo de flores ácidas
que así responde un niño ante un trampa o una marca.
Como si Emilio Ballagas siguiera el poema, dice: «Yo soy un silencio de voces reunidas / de muertos amigos repitiendo la turbia indiferencia…», o Julián del Casal: «soñando siempre la belleza de algún lugar remoto / algo como París o la irrealidad...» Pero Alberto calza su hic et nuc de una forma brillante, a la manera de Baquero: «he creído verte uniendo los dedos en una orquídea o en un Cristo adolescente / que escribe nombres a lo largo de la costa…» El poema se torna reunión de poetas en un poeta, canto a la isla en un esfuerzo inusual de amar al suelo donde se ha padecido. El poeta está aquí, no canta desde un exilio más o menos asumido, sino desde un ahora penetrante, y también voraz. No hay tiempo para el «yo», y sin embargo es ese pronombre el que sostiene el discurso, el tono conversacional, el supuesto diálogo que es, como en Piñera, monólogo. Lezama fulgura en «los hipocampos y los jardines invisibles / y los rumores enemigos tiemblan en su origen», vuelve Piñera cuando «estoy en ti sepultado bajo el bello peso de tu cuerpo», y vuelve a ser Alberto pleno cuando quiere «perderme en el aliento de tu cielo / sentir la sombra de tu ángel / ser tu criatura gemidora / los ojos inventados una tarde sobre el mar / el gigante que te mira a la cara fijamente / y te levanta febril sobre la muerte».
Esta apoteosis lírica pareciera tener un tono dramático, si no fuera por esa reiteración del «Yo te amo». Es el amor redentor quien ilumina el poema, vuelca su potente iluminación sobre esas sombras que a veces enturbian el ¿paisaje? de un poema que no deja de conceder espacio a un romanticismo trazado con hilos de plata. Es el paisaje interior de un hombre amante, de un niño que habita en el hombre que clama despacio, sin grito, como si suspirase. El amor por la isla es liberador. Perdona y abre espacio, contempla y habita. La isla es posesora, posesiva: «haciéndome sentir que nunca me abandonas», y es ella la fiel, la siempre fiel Isla de Cuba.
«Yo soy un silencio de voces reunidas», dice Alberto, y por eso en el poema se dan citas poetas que han alabado a la insularidad desde una intimidad transida. Alberto no quiere un poema patriótico a la manera de un himno, ni una loa de héroes y de victorias, ni una elegía que se precipite sobre el dolor del fracaso. Él alcanza un modo personal de ver, contemplar, admirar y dolerse por su isla. Y ella es patria y es ensueño. Lo complejo entonces está en la vocación de amor y el rechazo insólito: «Yo te amo insula / ruiseñor ensimismado en la vigilia / arrasado en la nube crujidora / pero quisiera que me miraras como si no existiese…»
¿Biografía? Sí, pero sublimada. Nada de testimonio, ni siquiera de tono confesional. La vida vivida, la historia de vida subyace en el amor y las metáforas o símiles con que se expresa. Él no dice aquí sufrí por esto o por lo otro, dice: «Yo nací deshabitado». Y también la sensualidad reclama su espacio: «en las raíces jinetes de los muros / en la ciudad que recorren los cuerpos fosforescentes…», se desarrolla también, y culmina, la historia compartida: él y la isla, ¿o son uno los dos?: «Yo soy esa historia tan serena de ser dos / de ser lana y niño maldormido…», porque en definitiva, dicho entre paréntesis como una confesión, un susurro, algo al oído: «Soy un poeta de la mano izquierda / y esa noticia partirá mi memoria en dos pedazos».
Alberto Acosta-Pérez tiene poemas tan intensos como «Libertad», «La balada de Jack y Ennis», «California», «Alabanza del sueño», «Lamentación», un conjunto poético que harían vibrar de orgullo por su poeta a la cantada Isla. Como quería Antonio Machado, hay que escuchar su voz, «entre las voces una». Su plenitud de poeta no es la de un cantor de lo exquisito, ni de un inventor de fábulas líricas, ni un contemplador barroco que quiere volcar el cántaro de la noche. Alberto quiere mostrar la experiencia de su amor: vivir intensamente es mejor que vivir larga y despasionadamente. «Isla» revela esa pasión. El poeta vive una pasión, de modo que la poesía, sus poemas, van siendo estaciones de un supuesto viaje hacia el Calvario, el suyo. Por ello es difícil el análisis de «Isla» como un poema aislado, fuera del contexto de un concepto de la poesía donde se interrelacionan la poética del dolor martiano y el embellecimiento del lenguaje, fruición y desazón.
«Isla» es uno de esos poemas que nos dejan vibrando. Vibración de amor, y desazón de vida. Alberto no es un poeta «pesimista», su poesía posee la complejidad de la reflexión, y esta a veces puede parecer llena de complejidad anímica. En esto consiste la vibración de sus textos, no complacientes, no dados al lector para ofrecerles solo un goce estético, sino también un conjunto de ideas bellamente organizadas, dichas con los dones propios de la poesía. Su conversacionalismo resulta comunicación, el poeta asume interés de trasmisor emotivo por medio del intelecto. La conjugación de tan denso discurso lírico ofrece poemas (este «Isla» es un buen ejemplo) que no permiten una lectura rápida o no comprometida. La «Isla» de Alberto posee, además, dosis de desarrollo hermético, no todo está dicho con explicitez, porque el valor comunicativo no implica que el poeta renuncie a las sombras, a la imagen que puede tener varias connotaciones, al misterio de un qué decir en el que no sabemos siempre bien la última definición de lo dicho: «!Ah isla vine a contemplarte mientras persistes como un dios en cuyo cuerpo / se olvidan esos juegos de luces contra natura donde yo sé que existimos!»
Así concluye el poema: ¿un elogio, una elegía, un texto dramático, una visión oscura del devenir insular, un sentimiento de destino personal marcado por sus costas, por sus límites marinos? Ahí nos deja el poeta su texto para la diversidad de lecturas, para el lector múltiple que reviva su letra y la incorpore como un reto. Queda constancia: el poeta ama a su isla aunque ella sea «un límite tejido y destejido gravándome la sombra».
